Los incendios forestales encienden el debate político en Turquía

Por Ekin Kurtiç para MERIP Middle East Research and Information Project

Zona rural en Turquia [Bill B / Creative Commons]

En el verano de 2021, uno de los incendios forestales más grandes en la historia de Turquía destruyó más de 333.000 acres —unas 135.000 hectáreas— de bosque y mató a ocho personas junto con miles de animales. 

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 La conflagración no fue inesperada. Los bosques mediterráneos son ecológicamente propensos a los incendios, y el verano es la temporada de incendios en esta región. Semanas antes del incendio forestal, la Dirección General de Meteorología pronosticó una ola de calor para finales de julio y los primeros días de agosto. Además, la sequía extrema fue una gran preocupación durante todo el año. Dadas estas condiciones, los expertos forestales habían estado informando al público y a los funcionarios estatales sobre la probabilidad de grandes incendios forestales.

Los incendios son a la vez fenómenos sociales, políticos, históricos y ecológicos que arrojan luz sobre las luchas de clases, la discriminación y la desigualdad, las cambiantes relaciones hombre-naturaleza y las políticas de producción de conocimiento ambiental. [1] A medida que las llamas se extendían por los bosques mediterráneos de Turquía, las fisuras políticas más amplias se pusieron de manifiesto en las narrativas etnonacionalistas que culpaban de los incendios al sabotaje de los miembros del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (Partiya Karkerên Kurdistanê, PKK), y a través de las críticas públicas a la respuesta del Estado a los incendios.

Los incendios del verano pasado también dieron lugar a un nuevo e importante debate en torno a la cuestión de la restauración de los bosques. Los expertos forestales turcos y el público cuestionan las soluciones convencionales, como plantar árboles, que prometen una recuperación rápida y conveniente después de los incendios forestales. Por lo tanto, los conflictos políticos sobre el medio ambiente en Turquía, no se centran únicamente en cuestiones de destrucción y degradación —problemas que se intensificaron y extendieron especialmente bajo el gobierno del Partido Justicia y Desarrollo (PJD)—, pero ahora también giran en torno a cuestiones de restauración y recuperación de paisajes dañados. El rechazo de los expertos forestales y los científicos ecologistas pusieron en entredicho la imagen ecológica del gobierno. Los nuevos debates sobre la recuperación ecológica también abren espacio para un cuestionamiento más amplio del enfoque antropocéntrico dominante de la naturaleza, como un objeto pasivo que debe ser restaurado a través de la acción humana intensiva y rápida. 

La política de los incendios forestales y la rehabilitación forestal

Los incendios forestales del verano pasado comenzaron el 28 de julio en el distrito de Manavgat de la provincia sureña de Antalya, encendiendo simultáneamente los paisajes material y político. Era la semana más calurosa del año, y la sequía extrema era una preocupación vital desde los meses de invierno. En unos pocos días se detectaron 299 incendios en 54 provincias, el mayor de los cuales se extendió por las regiones del Mediterráneo y el sur del Egeo. Ante la expansión del fuego, una de las primeras narrativas que circuló ampliamente en los medios sociales y tradicionales fue la posibilidad de que los incendios fueron provocados deliberadamente como sabotaje o ataque. Estas afirmaciones se referían principalmente al prolongado conflicto armado entre el PKK y el ejército turco.

Por ejemplo, en los primeros días de los incendios, el exalcalde de Ankara Melih Gökçek del gobernante PJD, compartió un video popular en Twitter que afirmaba mostrar incendios forestales provocados por drones y escribió: “los traidores están provocando incendios con drones”. Borró rápidamente su tuit después de que una organización de verificación de hechos revelara que el video no se filmó en Turquía y mostraba la implementación de la quema prescrita como una práctica de manejo forestal. Los medios de comunicación tradicionales y progubernamentales se unieron a esta ola de culpar de los incendios al “sabotaje terrorista”. La agencia de noticias Demirören, propiedad de un holding que apoya abiertamente al gobierno del PJD, informó que dos miembros del PKK habían sido arrestados mientras exploraban un bosque con el objetivo de prenderle fuego. Cuando la gobernación de la ciudad correspondiente anunció que no había pruebas de los vínculos de los sospechosos con los incendios forestales, la agencia retiró la noticia de su sitio web.

Casi al mismo tiempo, el periódico Yeni Akit, progubernamental publicó un titular que decía: “Los que critican al gobierno y los que provocan incendios comparten la misma mentalidad”. Mientras reproducía la atribución de los incendios forestales al PKK, este artículo elevó las afirmaciones a otro nivel al afirmar que quienes critican la gestión de incendios del gobierno tenían la intención de proteger a los verdaderos culpables. Además, como señala de manera crucial el sociólogo político Gülay Türkmen, el enfoque nacionalista y securitizado de los incendios forestales también apuntó a un nuevo grupo: los refugiados afganos que habían llegado recientemente a Turquía a raíz de la retirada de Estados Unidos y la toma de control de su país por parte de los Talibán, etiquetándolos como los pirómanos responsables de los incendios de verano.

Otro debate político se intensificó rápidamente en torno al tema de las capacidades y equipos de extinción de incendios de Turquía, lo que generó críticas sobre el nivel de preparación del gobierno frente a la intensificación y proliferación de incendios. Los miembros del parlamento del partido de oposición, el Partido Popular Republicano (PPR), fueron fundamentales para llevar este tema al centro de la atención pública. Su crítica giraba en torno al hecho de que el Ministerio de Agricultura y Silvicultura no tiene sus propios aviones y helicópteros de extinción de incendios, sino que tuvo que adquirirlos mediante un contrato de arrendamiento anual basado en licitaciones. El bajo número de aviones fue un tema candente desde el primer día de los incendios. El 29 de julio, la Asociación Aeronáutica Turca —que fue durante mucho tiempo uno de los principales proveedores del ministerio— declaró que habían arrendado tres aviones y 17 helicópteros a la Dirección General Forestal para combatir los incendios. Sin embargo, pronto se hizo evidente que esos aviones eran los que la propia Asociación había alquilado a Rusia y que los aviones pertenecientes a la Asociación se mantenían sin usar en los hangares. Mientras que el gobierno y los funcionarios estatales señalaron la incapacidad de los aviones de la Asociación para funcionar correctamente, las voces críticas de los partidos de oposición y el público cuestionó por qué no se proporcionaron los servicios adecuados de mantenimiento y reparación para estos aviones. En resumen, los acalorados debates sobre la capacidad de extinción de incendios aéreos de Turquía se enmarcaron en preocupaciones más amplias sobre la disolución de las capacidades y la eficacia institucionales, debido a los procesos de neoliberalización y al creciente autoritarismo en el país.

Mientras continuaban los debates sobre el origen de los incendios y la falta de preparación del gobierno para combatirlos, surgió un nuevo tema: la regeneración de los bosques quemados. Dado que los incendios forestales se expanden o retroceden en el transcurso de días, semanas y, a veces, meses, los debates polifacéticos sobre cómo prevenir y combatir el fuego tienen lugar al mismo tiempo que los debates sobre la restauración tras el incendio. Los debates del verano pasado llamaron la atención de los expertos en silvicultura y ecología que cuestionan los métodos convencionales de restauración tras los incendios, como la reforestación, que se basan en la noción de la naturaleza como un objeto pasivo que necesita una intervención humana rápida e intensiva para regenerarse. Según esta concepción dominante, reverdecer los bosques quemados mediante la plantación de árboles es una cuestión de orgullo y resiliencia nacional y transmite una sensación de gestión medioambiental dirigida por el Estado y asumida públicamente. Al cuestionar la necesidad y el beneficio de la repoblación forestal tras el incendio, las críticas de los expertos en silvicultura y ecología apuntaron a una noción radicalmente diferente de la recuperación y la restauración que pone en primer plano la complejidad y la vitalidad de los paisajes ecológicos.

Lo que revelan y ocultan las campañas de ecologización

Sólo unos días después del inicio de los incendios, el 30 de julio, la Fundación Turca para la Lucha contra la Erosión del Suelo, la Reforestación y la Protección de los Hábitats Naturales (Fundación TEMA), de carácter no gubernamental, lanzó una campaña de donación de árboles con el lema “Haremos que la vida vuelva a ser verde”. Hizo un llamado a cada ciudadano a donar un arbolito y ser parte del esfuerzo nacional para regenerar no sólo la vida, sino también la esperanza colectiva para el futuro. Varias otras organizaciones e instituciones anunciaron su contribución a las campañas de donación de árboles jóvenes ya existentes o la organización de otras nuevas. El Ministerio de Agricultura y Silvicultura y la Dirección General de Silvicultura hicieron un llamado a los ciudadanos para que donen a la campaña existente Geleceğe Nefes (Aliento para el futuro). Esta campaña se lanzó en 2019 con el anuncio de un Día Nacional de Plantación de Árboles, que se celebra cada 11 de noviembre con festivales a nivel nacional, dirigidos por el Estado. Durante los incendios forestales, se agregó una nueva ventana emergente al sitio web de la campaña que yuxtaponía la imagen de un bosque envuelto en llamas con un paisaje forestal verde y exuberante. En ella se invitó a los ciudadanos a donar y adoptar un árbol joven para cultivar “aliento para el futuro” en las áreas afectadas por el fuego. En consecuencia, el acto de reforestación fue visto como una forma de revivir no solo los bosques, sino también la esperanza patriótica y el orgullo por la administración ambiental. En marcado contraste con las campañas nacionales de reforestación, otro esfuerzo colectivo —la campaña en las redes sociales Ayuda a Turquía que instó a la comunidad internacional a enviar equipos aéreos de extinción de incendios— fue criminalizado por el gobierno como “humillante para el Estado turco”.

Las campañas de donación de árboles jóvenes son importantes, no sólo por lo que revelan sino también por lo que ocultan: corren el riesgo de eclipsar las responsabilidades del gobierno y las instituciones estatales y desviar la atención de los problemas estructurales que provocaron los incendios forestales en primer lugar. Los actores gubernamentales e institucionales guardan silencio —si no niegan activamente— sobre los problemas políticos y socioeconómicos subyacentes que contribuyen al creciente número de incendios forestales anuales en Turquía. Según el profesor de silvicultura Cihan Erdönmez, en una reunión virtual organizada por el Partido Verde de Turquía a raíz de los incendios forestales del verano de 2021, mostró las estadísticas forestales oficiales visibilizando un aumento considerable en el número de incendios forestales, que pasó de unos 500 incendios anuales en 1937 a más de 3.000 en 2020. Simultáneamente, existió una disminución en el área total de bosque quemado anualmente. Desde 2019, sin embargo, esta disminución se revirtió. Los fenómenos que directa o indirectamente afectan el creciente número e intensidad de los incendios forestales en Turquía incluyen el cambio climático; la falta de presupuesto, personal y equipo dedicado a la prevención y manejo de incendios; la despoblación de los pueblos de la selva que condujo al crecimiento excesivo de vegetación altamente inflamable; la asignación de bosques a los sectores de extracción, turismo y construcción y políticas forestales que prioricen la producción de madera. Todas estas actividades humanas están dirigidas por políticas gubernamentales y aumentan el riesgo de incendio.

Al poner en primer plano las campañas de donación de árboles jóvenes, las organizaciones estatales y de la sociedad civil ocultan los problemas estructurales que se encuentran en el centro del problema. Pero también aprovechan los significados pasados ​​y presentes, políticamente enredados, de la plantación de árboles como una práctica de construcción del Estado-nación moderno en Turquía en beneficio del partido gobernante. Los festivales de reforestación fueron eventos comunes desde la fundación de la República Turca. Tomados del período otomano tardío, están destinados a combatir la deforestación en Anatolia. Estos festivales estaban imbuidos de nociones de modernización y progreso; se convirtieron en sitios de articulación y representación del nacionalismo, la autoridad estatal y la civilización a través del acto de reverdecer el paisaje y proteger el suelo. [2] El legado político de considerar la forestación como parte integral de la modernización y el nacionalismo convirtió a la plantación de árboles en una de las actividades ambientales incuestionables en Turquía. A pesar de este largo legado, los debates del verano pasado sobre cómo restaurar los bosques afectados por los incendios despertaron críticas sobre la plantación de árboles como el último acto ecológico.

Repensar la rehabilitación ambiental

Si bien las campañas de donación de árboles rápidamente ganaron popularidad ya que brindan a las personas una manera fácil de participar en la curación de los bosques heridos, los profesores de silvicultura se opusieron a la idea de plantar árboles jóvenes en las áreas quemadas. El día en que TEMA lanzó su campaña de donación de árboles jóvenes, se difundió ampliamente en las redes sociales una entrevista periodística con el ecologista de plantas y fuego, Çağatay Tavşanoğlu. El título de la entrevista, publicada originalmente en 2019, dice: “La movilización para plantar árboles conduce a un desastre ecológico”.  En la entrevista, Tavşanoğlu subrayó la necesidad de prestar atención a las características ecológicas particulares de los bosques quemados, y planificar el proceso de restauración con cuidado en lugar de saltar rápidamente a prácticas populares pero equivocadas, como la plantación de árboles.

Los bosques mediterráneos estuvieron sometidos durante mucho tiempo a los incendios y desarrollaron mecanismos de adaptación eficaces que les permiten regenerarse durante y después del fuego. Por ejemplo, Tavşanoğlu explicó que la especie Pinus brutia (pino rojo turco), nativa de la región mediterránea, mantiene algunos de sus conos maduros cerrados y en las partes superiores de las ramas, más cerca de la copa. De esta forma, los conos quedan protegidos durante un incendio. Unas semanas después, los conos se abren ya que el calor inducido por el fuego derrite la resina que normalmente los mantiene cerrados. Las semillas protegidas dentro de los conos luego caen sobre el suelo, que ahora gracias al fuego está lleno de sol y rico en nutrientes, para germinar con la próxima lluvia.[3] Además, algunas matas y arbustos mediterráneos conservan sus semillas o raíces bajo la tierra, que les sirve de cubierta protectora y aislante durante un incendio, y encuentran en el bosque quemado un entorno propicio para brotar tras el incendio. Por lo tanto, como explicó Tavşanoğlu, en los bosques mediterráneos, la diversidad de plantas tiende a aumentar significativamente en los primeros años posteriores a los incendios. Todas estas adaptaciones demuestran que, más que un desastre a extinguir, el fuego forma parte de la ecología forestal mediterránea y estimula la regeneración —siempre y cuando el cambio climático no altere la frecuencia e intensidad de los incendios. Tavşanoğlu, junto con muchos otros ecologistas y silvicultores, enfatizan que intervenciones como la plantación de árboles interrumpen y distorsionan el proceso de recuperación ecológica estimulado por el fuego en bosques maduros de Pinus brutia, aquellos de más de 15 años.

Mientras que las advertencias contra la donación de árboles jóvenes y las campañas de plantación de árboles ganaron fuerza en los medios sociales y tradicionales, el presidente de la fundación TEMA admitió que en lugar de dejar que las áreas quemadas se regeneran solas, la presión pública conduce a la rápida implementación de prácticas de reforestación. Esta presión pública proviene de las demandas y expectativas de los ciudadanos de que las áreas afectadas por incendios sean protegidas de la invasión de proyectos de desarrollo y extracción. En Turquía, donde los bosques son una de las principales zonas fronterizas para la expansión de los sectores de la minería, la energía, la construcción y el turismo, la reforestación inmediata e intensa de las áreas afectadas por incendios se utiliza para protegerse contra la invasión neoliberal apoyada por el Estado. Un ejemplo sorprendente que parece confirmar la legitimidad de las preocupaciones del público ocurrió cuando una enmienda legal publicada el primer día de los incendios en 2021 otorgó al Ministerio de Cultura y Turismo la autoridad para asignar bosques a la inversión y construcción turística. La ley se promulgó mientras los incendios continuaban, lo que provocó fuertes críticas sobre las implacables políticas estatales que allanan el camino para el saqueo de los bosques, incluso durante los incendios forestales más grandes de su historia. Especialmente en las últimas dos décadas, los cambios en las leyes y reglamentos llevaron a una mayor asignación de bosques a las industrias de la energía, la minería y el turismo. En las primeras semanas de 2022, el hashtag #OrmanlardanEliniÇek (#SacaTusManosDeLosBosques) circuló por Twitter para concienciar y protestar contra un decreto presidencial que levantaba la designación de bosque a un total de 1 millón de metros cuadrados de bosque en cuatro provincias.

El profesor de silvicultura Cihan Erdönmez reconoce las razones de la preocupación pública y la desconfianza en el gobierno, ya que la deforestación por invasión industrial fue uno de los problemas ambientales fundamentales de Turquía. Sin embargo, en una entrevista de podcast, Erdönmez aseguró a los oyentes que los bosques destruidos por incendios en Turquía están protegidos por la Constitución y que no pueden usarse para ningún otro propósito que no sea la reforestación; un artículo de la ley que hasta el momento no fue violado. Por lo tanto, no existe necesidad de que el público presione al Estado para que plante árboles con el fin de restaurarlos rápidamente para impedir la invasión. Explicó que permitir el tiempo y el espacio necesarios para la auto-regeneración de los bosques mediterráneos no los dejaría expuestos a una mayor amenaza de las actividades industriales, ya que en Turquía los bosques saludables ya están sujetos a la invasión capitalista gracias a las políticas gubernamentales que hacen que estén disponibles para la minería y otras actividades. De hecho, argumentó, la reforestación a través de la plantación de árboles puede hacer más daño que bien. La erudición crítica delineó los fracasos de los programas masivos de plantación de árboles en la realización de sus promesas sociales y ecológicas. [4] La antropóloga Shannon Mattern escribió que iniciativas populares como la campaña One Trillion Tree Campaign, (Campaña de un billón de árboles,) que alienta a todas las personas a plantar un árbol para luchar contra la crisis climática, ejemplifica el “pensamiento mágico, una forma de soluciones tecno-vegetal de origen colectivo, y como tal una distracción de las transformaciones sistémicas a gran escala que se requieren para contrarrestar los impactos del calentamiento global”. [5]

Las narrativas de la degradación ambiental, así como las prácticas de restauración propuestas, son íntimamente políticas, muchas veces anidadas dentro de procesos de colonización y desposesión. El cambio climático y la aceleración de los desastres naturales están obligando a los académicos y al público interesado a repensar cómo se desarrollan los proyectos de restauración, para quién y por quién se llevan a cabo y de quién son las vidas y los medios de subsistencia se ven afectados. Por ejemplo, la política de recuperación posterior al incendio en Turquía se hizo evidente cuando Cengiz Holding, una gran empresa con estrechos vínculos políticos con el gobierno, anunció su donación de 50.000 árboles a la campaña de TEMA. El anuncio fue recibido con una gran reacción en las redes sociales, encabezada por activistas ecológicos y acompañada por ciudadanos comunes. Acusaron a Cengiz Holding de ecocidio —incluida la deforestación severa— por sus numerosos proyectos de construcción y extracción de gran envergadura. La decisión posterior de TEMA de rechazar la donación de Cengiz Holding fue una clara victoria en la lucha de larga data de los movimientos ecológicos, no sólo contra la destrucción ambiental sino también contra el lavado verde.

Si bien las campañas de plantación de árboles destacan el acto de reverdecer, oscurecen el hecho de que los bosques son paisajes de vida y sustento más allá de la mera existencia de los árboles. La disminución del número de personas que viven en los bosques y sus alrededores es un factor que contribuye a la escala y frecuencia de los incendios forestales. En la mayoría de los casos, los habitantes del bosque son los primeros en notar un incendio e intervenir rápida y eficazmente, dado su profundo conocimiento del paisaje. Además, la disminución de la presencia de personas y ganado en los bosques y sus alrededores, conduce a un aumento de la vegetación, especialmente de la que es altamente inflamable. Los planes de restauración que simplemente se enfocan en la regeneración de árboles ignoran el bosque como un ecosistema complejo que también está habitado por humanos y el ganado, las abejas y otros animales que lo acompañan.

El presidente Recep Tayyip Erdoğan declaró en televisión el verano pasado que los aldeanos serían compensados monetariamente por la pérdida de ganado y aves de corral. Un enfoque que reduce la restauración de la vida después de un incendio a una cuestión exclusivamente económica. Los debates recientes sobre las prácticas forestales en Turquía también ilustran cómo las políticas de restauración ambiental aparentemente ecológicas, como la plantación de árboles, sirven como lugares de actuación del poder político y desconocen la compleja vitalidad de los paisajes ecológicos.

[Se prohíbe expresamente la reproducción total o parcial, por cualquier medio, del contenido de esta web sin autorización expresa y por escrito de El Intérprete Digital]

Ekin Kurtiç es Neubauer Junior Research Fellow en el Crown Center for Middle East Studies de la Brandeis University.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por MERIP el 6 de agosto de 2020.

REFERENCIAS: 

[1] Mike Davis, “The Case for Letting Malibu Burn,” Environmental History Review 19/2 (1995). Timothy W. Collins, “The Political Ecology of Hazard Vulnerability: Marginalization, Facilitation and the Production of Differential Risk to Urban Wildfires in Arizona’s White Mountains,” Journal of Political Ecology 15/1 (2008). Marien González-Hidalgo, Iago Otero and Giorgos Kallis, “Seeing Beyond the Smoke: The Political Ecology of Fire in Horta de Sant Joan (Catalonia),” Environment and Planning A 46/5 (2014). Timothy Forsyth, Critical Political Ecology: The Politics of Environmental Science (Abingdon: Routledge, 2004).

[2] Hande Özkan, “Cultivating the Nation in Nature: Forestry and Nation-Building in Turkey,” (Unpublished Dissertation: Yale University, 2013).

[3] Çağatay Tavşanoğlu, “Kızılçam (Pinus brutia) Ormanlarının Yangın Sonrası Doğal Onarımı ve Ormanların Geleceği İçin Öneriler,” Orman ve Av, 4/99, (July/August 2021). [Turkish]

[4] Eric A. Coleman et al., “Limited Effects of Tree Planting on Forest Canopy Cover and Rural Livelihoods in Northern India,” Nature Sustainability, (2021) and Forrest Fleischman et. al., “Pitfalls of Tree Planting Show Why We Need People-Centered Natural Climate Solutions,” BioScience, 70/11, November 2020.

[5] Shannon Mattern, “Tree Thinking,” Places Journal, September 2021.