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El Interprete Digital

La crisis económica en Líbano: una tragedia en los hechos

Por Amer Bisat, Marcel Cassard y Ishac Diwan para Middle East Institute

Un hombre y una mujer en frente del Puerto de Beirut tras la explosión del 9 de agosto de 2020. Crédito a Dar al Mussawir. [ONU Mujeres/Creative Commons]

Durante los últimos 18 meses, Líbano se ha estado recuperando de una desgarradora crisis económica. Este ensayo descifra el origen de la misma, describe la coyuntura actual y reflexiona sobre los resultados probables en el futuro próximo.

[Se prohíbe expresamente la reproducción total o parcial, por cualquier medio, del contenido de esta web sin autorización expresa y por escrito de El Intérprete Digital]

¿Cómo llegamos aquí?

En retrospectiva, la crisis económica era predecible. Cuando estalló en octubre de 2019, la economía enfrentaba cuatro desafíos extraordinarios. En primer lugar, la deuda del sector público había alcanzado niveles tan elevados que el default era sólo una cuestión de tiempo. En segundo lugar, el sector bancario, que prestó las tres cuartas partes de los depósitos al gobierno, quebró y cada vez tenía menos liquidez. En tercer lugar, la economía productiva no experimentó prácticamente ningún crecimiento durante toda una década, un desarrollo con graves implicaciones sociopolíticas.

Finalmente, y quizás lo más importante, el país no tuvo rumbo político: no hubo presidente entre 2014 y 2016, además existieron múltiples y prolongados retrasos en la formación del gabinete, y las elecciones parlamentarias de 2018 se llevaron a cabo, pero solo después de cinco años.

El gobierno de Hariri que estaba cuando estalló la crisis en 2019 se volvió impotente hasta tal punto que carecía de poder para cumplir con cualquiera de las reformas requeridas como condición para el apoyo extranjero.

La crisis

Para octubre de 2019, la ciudadanía había vivido suficiente. Sintiendo una crisis que se avecinaba y frustrados por la absoluta falta de acción de la clase política, cientos de miles de personas salieron a las calles exigiendo un cambio político radical.  El gabinete dimitió, arrojando al país a una crisis política.

Como era de esperar, las entradas de capital se detuvieron rápidamente. Los bancos, ya insolventes, experimentaron una fuerte contracción de liquidez, lo que los obligó a declarar un ‘feriado bancario’ y establecer severas restricciones a los retiros. Tras ello, surgió un mercado informal de divisas y la moneda nacional, la sira, se despreció bruscamente. A su vez, la inflación se disparó y los salarios reales y el poder adquisitivo de las personas colapsaron.

Además, como si todos estos males no fueran suficientes, la grave crisis producto de la pandemia de Covid-19 golpeó al país. Lo más trágico fue la devastadora explosion que se produjo el 4 de agosto y que arrasó con un tercio del centro de Beirut.

La confluencia de estos grandes choques negativos condujo a la implosión de la economía: se estima que el PIB se contrajo un 25% en 2020, con un pronóstico de caída adicional del 10-15% para 2021. Cuando se mide en USD, la economía libanesa puede terminar reduciéndose de USD 60 mil millones en 2018 a USD 15 mil millones en 2021.

Como consecuencia, se está produciendo una forma extrema de destrucción de riqueza con los libaneses perdiendo de facto la mayoría de sus ahorros bancarios. Mientras tanto, cuatro de cada diez libaneses están sin trabajo y la mitad de la población está por debajo del umbral de la pobreza.

Pero lo que estos números no revelan son las cicatrices estructurales. El capital humano se está erosionando rápidamente debido a una fuga masiva de cerebros jóvenes y capacitados. Igualmente, preocupante es la pérdida de capacidad productiva física resultante de cierres de empresas generalizados.

Mucho más alarmantes son las consecuencias para la seguridad de la implosión económica. La historia sectaria del Líbano está plagada de conflictos. Un colapso como el experimentado proporciona un hábitat perfecto para el regreso de la violencia.

¿Lo que se está haciendo?

Frente a estos golpes traumáticos, la clase política libanesa estuvo lamentablemente desaparecida en acción. Se formó un nuevo gobierno en enero de 2020 y, para su mérito, trabajó con un consultor internacional en un programa económico de emergencia e inició las negociaciones con el FMI. Este instrumento detalló el tamaño de las pérdidas financieras y pidió a todas las partes interesadas que compartan la carga, comenzando por los acreedores, accionistas y bancarios.

Desafortunadamente, el esfuerzo rápidamente resultó quijotesco. Bajo el ataque concertado de una amplia coalición de intereses políticos, el gobierno se opuso a las medidas económicas y financieras requeridas, lo que a su vez condujo a una interrupción de las negociaciones con el FMI. En el evento, el gobierno se volvió ineficaz y luego de la explosión del 4 de agosto, presentó su renuncia, creando otro vacío político.

¿Qué explica la inacción de la clase política?

Hay tres posibles explicaciones. En primer lugar, un entorno político intratable que dificulta la toma de decisiones colectivas, especialmente dada la magnitud de las pérdidas que es necesario repartir. En segundo lugar, los partidos políticos libaneses son ‘agentes y no directores’, actuando efectivamente como mensajeros de actores regionales e internacionales que no tienen incentivos para resolver esta crisis.

En tercer lugar, la parálisis refleja una decisión activa de la clase política de no hacer nada: la alta inflación, la depreciación del tipo de cambio y la ‘lirificación’ de los depósitos trasladan la carga sobre la población en general y lejos de los intereses de la oligarquía.

Independientemente de cuál de estas razones predomine, la negligencia de las políticas está creando cambios sísmicos que eventualmente amenazarán la supervivencia de la clase política actual

¿Hacia dónde vamos?

Es difícil predecir cómo evolucionará la crisis a partir de aquí, pero podemos enmarcar los contornos de los resultados probables en torno a tres escenarios diferentes.

El peor de los casos es una continuación del camino de la ‘negligencia maligna’. Si bien no es nuestra línea de base, vemos que la probabilidad de que este escenario se desarrolle es razonablemente alta. Este permite la continuación del proceso en curso, pero extremadamente infame de ‘autoajuste’ de los desequilibrios macroeconómicos. Aunque lo hace de manera muy subóptima y regresiva, y con un impacto negativo de largo plazo sobre el crecimiento y el tejido social del país. país. 

Si se deja a su suerte, la economía generará una aceleración alarmante de la emigración de jóvenes y mano de obra calificada y el cierre de empresas. La moneda se desanclará aún más, la hiperinflación acabará con los ingresos y la riqueza, y la escasez de alimentos y médicos aumentará, lo que requerirá niveles crecientes de apoyo humanitario. La situación de seguridad inevitablemente se deteriorará hasta convertirse, en el mejor de los casos, en un estado de anarquía y, en el peor, en un conflicto armado organizado como el que ha experimentado el país en el pasado.

El mejor escenario implica un consenso político en torno a un programa económico integral, sobre cuya base se forma un gobierno creíble e independiente con poderes legislativos de emergencia. Dicho gabinete comenzaría con un programa de estabilización a corto plazo que implicaría endurecimiento de la liquidez, detener la implosión fiscal, oficializar los controles de capital y obtener un préstamo puente urgente bajo el paraguas de un acuerdo Stand-By del FMI. El gabinete también se comprometería con un programa de tres años que reestructuraría la deuda, recapitalizaría el sector bancario, racionalizaría el sector público y promulgaría reformas de ‘economía real’ que pondrían al país en una senda de recuperación.

En esta coyuntura, asignamos a este escenario positivo una probabilidad muy baja de concretarse. De hecho, un programa tan ambicioso, aunque esencial para la supervivencia a largo plazo del país, será casi con certeza rechazado por una clase política arraigada e intereses creados, que lo verían como un suicidio político.

El escenario más probable se encuentra en algún punto intermedio e implica la formación de un gobierno ‘tradicional’ —en contraposición al independiente—, con el respaldo de todos los partidos políticos. Un cambio en la dinámica regional —con la promesa de un acercamiento entre Irán y Estados Unidos— puede abrir un espacio para el compromiso interno.

Además, la magnitud del reciente colapso económico puede haber creado suficiente temor entre los atores locales respecto a su supervivencia política, que pueden estar dispuestos a implementar algunas medidas difíciles.

En este escenario intermedio, el gobierno sólo tendría un margen de maniobra limitado y seguirá siendo rehén de la clase política y de los intereses creados asociados. No tendría la fuerza política —o la voluntad— para implementar la transformación estructural que requiere el país y es poco probable que se adhiera —de manera permanente— a las condiciones de un programa del FMI. 

Con las elecciones previstas en 2022, los partidos políticos bloquearían las medidas necesarias para poner la economía en un camino sostenible. Esto incluiría la reducción de los subsidios, la reestructuración del sector bancario con una distribución uniforme de las pérdidas masivas en los diversos segmentos de la economía y la población, y recortes de gobierno, gasto y aumento de impuestos. Como tal, aunque este escenario intermedio puede estabilizar la situación a corto plazo —e incluso puede movilizar algunos fondos externos limitados—, tiene pocas posibilidades de permitir que el país realmente dé la vuelta a la esquina.

Conclusiones

El Líbano se enfrenta a un momento existencial. En el corto plazo, lo mejor que se puede esperar es un escenario de ‘salida’ —con apoyo financiero externo limitado— que frene el colapso económico. En el mediano plazo, las elecciones parlamentarias de 2022, si se celebran a tiempo, y la esperada resolución de la crisis regional pueda abrir una ventaja para el surgimiento de un nuevo liderazgo que finalmente pueda poner al país en la trayectoria de prosperidad que merece.

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Amer Bisat es Coordinador de Soberanía y Mercados Emergentes en BlackRock y ex economista del Fondo Monetario Internacional. 

Marcel Cassard, trabajó como el líder global de Fixed Income y es economista investigador en Deustche Bank. Asimismo, es miembro de LIFE’s Advocacy Committee. 

Ishac Diwan es profesor de economía en la École Normale Supéreiure en París y exdirector del Banco Mundial.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Middle East Institute el 29 de marzo de 2021.