Cómo los palestinos destronaron a Netanyahu

Por Ramzy Baroud para Arab News

El ex Primer Ministro israelí Benjamin Netanyahu durante su presentación en el congreso de Estados Unidos el 3 de marzo de 2015. [SpeakerBoehner/Creative Commons]

¿Cómo consiguió Benjamín Netanyahu convertirse en el Primer Ministro de Israel que más tiempo ocupó el cargo? Con un total de 15 años en mandato, superó la longevidad del padre fundador de Israel, David Ben Gurion. La respuesta a esta pregunta será especialmente crítica para aquellos futuros líderes israelíes que esperen emular a Netanyahu, ahora que su histórico liderazgo está probablemente a punto de terminar.

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Los ‘logros’ de Netanyahu para Israel no pueden juzgarse según los mismos criterios que los de Ben Gurion. Ambos fueron firmes ideólogos sionistas y hábiles políticos. Sin embargo, a diferencia de Ben Gurion, Netanyahu no dirigió una supuesta guerra de independencia, fusionando milicias en un ejército y construyendo cuidadosamente una ‘narrativa nacional’ que ayudó a Israel a justificar sus numerosos crímenes contra los palestinos autóctonos, al menos a los ojos de sus partidarios.

La explicación trillada del éxito de Netanyahu en política es que es un ‘superviviente’, un oportunista, un zorro o incluso un genio político. Sin embargo, Netanyahu es algo más que simples frases hechas. A diferencia de otros políticos de derechas de todo el mundo, no se limitó a explotar o subirse a la ola de un movimiento populista existente. Por el contrario, fue el principal arquitecto de la versión actual de la política de derechas de Israel. Si Ben Gurion fue el padre fundador de Israel en 1948, Netanyahu fue el padre fundador del nuevo Israel en 1996. Mientras que Ben Gurion y sus discípulos utilizaron la limpieza étnica, la colonización y la construcción de asentamientos ilegales por razones estratégicas y militares, Netanyahu, aunque continuó con las mismas prácticas, cambió la narrativa.

Para Netanyahu, la versión bíblica de Israel era mucho más convincente que la ideología sionista secular de antaño. Al cambiar la narrativa, consiguió redefinir el apoyo a Israel en todo el mundo, reuniendo a los fanáticos religiosos de derechas y a los grupos chovinistas, islamófobos, de extrema derecha y ultranacionalistas de Estados Unidos y otros países.

El éxito de Netanyahu a la hora de volver a dar protagonismo a la idea de Israel en las mentes de sus partidarios tradicionales no fue una mera estrategia política. También, cambió el equilibrio de poder en Israel al convertir a los extremistas judíos y a los colonos ilegales de los Territorios Ocupados en su principal electorado. Posteriormente, reinventó por completo la política conservadora israelí.

A su vez, formó a toda una generación de políticos de derechas, de extrema derecha y ultranacionalistas, dando lugar a personajes tan revoltosos como el ex ministro de Defensa y líder de Yisrael Beiteinu, Avigdor Lieberman, la ex ministra de Justicia Ayelet Shaked y el ex ministro de Defensa y probable sustituto de Netanyahu, Naftali Bennett.

De hecho, toda una nueva generación de israelíes creció viendo a Netanyahu llevar a la derecha de un éxito a otro. Para ellos, es el salvador. Sus mítines llenos de odio y su retórica contraria a la paz a mediados de la década de 1990, galvanizaron a los extremistas judíos, uno de los cuales asesinó al entonces Primer Ministro Isaac Rabin, que se había comprometido con los dirigentes palestinos a través del “proceso de paz” y que finalmente firmó los Acuerdos de Oslo.

Con la muerte de Rabin, en noviembre de 1995, la izquierda política israelí fue devastada por el nuevo populismo de derechas defendido por su carismático líder, Netanyahu, que se convirtió en el Primer Ministro más joven de Israel pocos meses después.

A pesar de que, históricamente, la política israelí se define por su dinámica siempre cambiante, Netanyahu ayudó a la derecha a prolongar su dominio, eclipsando por completo al antes hegemónico Partido Laborista. Por eso la derecha adora a Netanyahu. Bajo su reinado, las colonias ilegales se expandieron sin precedentes y cualquier posibilidad, por ínfima que sea, de una solución de dos Estados quedó enterrada para siempre.

Además, Netanyahu cambió la relación entre EE.UU. e Israel, que dejó de ser un ‘régimen cliente’ —no es que lo haya sido nunca en la definición estricta del término— para convertirse en uno que ejerce gran influencia sobre el Congreso de EE.UU. y la Casa Blanca.

Todos los intentos anteriores de las élites políticas de Israel para apartar a Netanyahu del poder fracasaron. Ninguna coalición fue lo suficientemente poderosa, ningún resultado electoral lo suficientemente decisivo y nadie tuvo el suficiente éxito para convencer a la sociedad israelí de que podía hacer más por ellos que lo que hizo Netanyahu. Incluso, cuando Gideon Saar del propio partido Likud de Netanyahu, trató de dar un golpe interno, perdió la votación y el apoyo del partido, para luego ser condenado al olvido.

Saar pasó a fundar su propio partido, Nueva Esperanza, mientras continuaba su desesperado intento de desbancar al aparentemente inconquistable Netanyahu. Cuatro elecciones generales en el espacio de dos años siguieron sin conseguir expulsar a Netanyahu. Todas las ecuaciones matemáticas posibles para unificar varias coaliciones —todas ellas unidas por el único objetivo de derrotar a Netanyahu— también fracasaron. Cada vez, Netanyahu regresó con mayor determinación para aferrarse a su puesto, desafiando a los contendientes dentro de su propio partido, así como a sus enemigos externos. Ni siquiera el sistema judicial de Israel, que actualmente le juzga por corrupción, fue lo suficientemente poderoso como para obligarlo a dimitir.

Hasta el mes pasado, los palestinos parecían ser una parte marginal, si es que eran realmente significativos en esta conversación. Los que viven bajo la ocupación militar israelí parecían apaciguados gracias a la violencia israelí y a la permisividad de la Autoridad Palestina. Los palestinos de Gaza, a pesar de ocasionales muestras de desafío, luchaban contra un asedio israelí que ya tenía 15 años. Las comunidades del interior de Israel parecían ajenas a cualquier conversación política relacionada con la lucha y las aspiraciones del pueblo palestino.

Todas estas ilusiones se disiparon cuando el mes pasado Gaza se levantó en solidaridad con la pequeña comunidad palestina de Sheikh Jarrah, en Jerusalén Este. Su resistencia desencadenó un torrente de acontecimientos que, en pocos días, unificó a todos los palestinos en todas partes. Esta revuelta popular cambió el discurso a favor de los palestinos y en contra de la ocupación israelí.

Captando perfectamente el significado de ese momento, el Financial Times escribió: “La ferocidad de la ira palestina tomó a Israel por sorpresa”. Netanyahu, cuyos matones extremistas se desataron contra los palestinos en todas partes, de forma similar a como se desató su ejército contra la Gaza asediada, se encontró en una desventaja sin precedentes. Sólo hicieron falta 11 días de guerra para destruir la sensación de seguridad de Israel, exponer su falsa democracia y estropear su imagen en el mundo entero.

El antes intocable Netanyahu se convirtió en la burla de la política israelí. Su conducta en Gaza fue descrita por destacados políticos israelíes como ‘vergonzosa’ y una ‘cesión’.

Netanyahu se esforzó por recuperar su imagen. Pero era demasiado tarde. Por extraño que parezca, no fueron Bennett o Lieberman quienes finalmente destronaron a Netanyahu, sino los palestinos.

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Ramzy Baroud lleva más de 20 años escribiendo sobre Oriente Medio. Es columnista internacional, consultor de medios de comunicación, autor de varios libros y fundador de PalestineChronicle.com. 

N.d.T: El artículo original fue publicado por Arab News el 07 de junio de 2021.