La ambigüedad de la revolución siria

Por Morris Ayek para Syria Untold

Un refugiado sirio camina entre edificios gravemente dañados en el centro de Homs, Siria, el 3 de junio de 2014. [Pan Chaoyue / Creative Commons]

Pasó una década desde el estallido de la revolución siria, la divergencia de sus caminos y el inicio de la Primavera Árabe. No hay mejor momento que el presente para recordar ese hecho y abordarlo desde diferentes ángulos. Podemos recordar la esperanza que acompañó a estas revoluciones, o centrarnos en lo que representaron los levantamientos que abrieron la esfera pública, cerrada por la fuerza de diferentes regímenes despóticos árabes durante décadas.

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También podemos destacar la aparición real de la población árabe, por primera vez, como una entidad humana activa que busca controlar su destino y sus asuntos. O podemos centrarnos en las derrotas, caídas y humillaciones que acompañaron a las insurrecciones, y las razones constituidas que subyacen a sus resultados trágicos.

Estos diferentes ángulos no siempre son excluyentes entre sí. De hecho, podrían complementarse y presentar una imagen más diversa y polifacética de la revolución siria y de la primavera árabe. No hay una sola forma de entender la revolución siria ni un solo momento que sea suficiente para captarla, aunque el texto actual parte del momento de la derrota y la humillación, en un intento de observar el camino del levantamiento a lo largo de toda una década.

Tomando como punto de partida la derrota y la confusión que rodearon a la revolución, primero debemos distinguir entre la causa justa de los rebeldes oprimidos y su propia percepción de la justicia, que podría haber sido la razón detrás de injusticias más fuertes —o no menos graves— que aquellas contras las que se rebelaron. Creo que esta difícil distinción y su necesidad apremiante en el contexto sirio constituyen la raíz de la confusión siria.

El estado de confusión que siguió a la revolución

La revolución siria desató una profunda confusión entre varios grupos sociales y corrientes políticas de izquierda y nacionalistas, tanto dentro del país como en el mundo árabe. Muchas veces, estas preocupaciones se convirtieron en un claro resentimiento. En otras ocasiones, simplemente adoptaron una postura generalmente negativa hacia la revolución. La oposición a la revolución no implicaba necesariamente alinearse con el régimen, sino que quizás era igualmente negativa hacia este.

A diferencia de lo que intentaron mostrar los rebeldes y el régimen por igual, las posturas hacia la revolución no eran claras en cuanto a su apoyo o rechazo. Por supuesto, no ayudó mucho que en ese momento, e incluso ahora, persistieran o se materializaran en opciones serias, debido a la gravedad del conflicto y su polarización. Quizás el punto más importante fue que, la neutralidad hacia el asesino y la víctima, el fuerte y el débil, estaba lejos de serlo después de todo.

En gran medida, se puede explicar la apatía de muchas personas hacia el levantamiento por sus altos estándares ideológicos  —fuesen de izquierda o nacionalistas— y su perspectiva exclusivamente ideológica del mundo y los conflictos que esto dicta.

Por ejemplo, para tomar posición sobre cualquier lucha, uno debe decidir su postura desde el conflicto central con el imperialismo estadounidense. De esta manera, los conflictos locales se vaciarían de su contenido personal y se justificaría el alineamiento con las peores dictaduras en base a su contradicción con el imperialismo.

Pero ocupar el “terreno elevado ideológico” no funcionó en una sola dirección, es decir, contra los rebeldes. De hecho, a veces actuó a su favor. Varios grupos y corrientes respaldaron la revolución siria porque los rebeldes eran musulmanes sunitas que luchaban contra el régimen alauita. Frente a la ideologización negativa de izquierdistas y nacionalistas, hubo una ideologización positiva de los islamistas. Sin embargo, esta ideologización se limitó a una multitud relativamente pequeña y no puede explicar la postura generalmente confusa hacia la revolución entre la multitud más amplia que iba más allá de los ideólogos ardientes. 

A su vez, esta ideologización dual es responsable de una parte significativa de la confusión en torno a la revolución siria. ¿Fue ello parte de la ideología propia de la revolución, lo que explicaría la distancia que izquierdistas y nacionalistas tomaron de la revolución —siendo una revolución islamista—, en contraste con la identificación islamista hacia ella?. Es difícil dar una respuesta directa y honesta porque se pueden encontrar todas las afirmaciones en las declaraciones revolucionarias de los primeros años, desde las nacionalistas hasta las islamistas. [1]

La confusión detrás de la revolución siria, después de años de guerra civil y luchas, al calor de la yihad islamista, constituye un buen punto de partida para reconsiderar lo sucedido. La revolución siria, al igual que otras rebeliones árabes, fue sin duda confusa como se demostró más tarde.

No obstante, la confusión siria fue, finalmente, mucho más profunda, más pronunciada y más costosa. La confusión en este caso no tiene que ver con la disputa por empañar la imagen de la revolución, ni con una vía para protegerla de las acusaciones o para condenar a un bloque por su postura ante esa revolución. Todos estos problemas ya quedaron atrás. La confusión sirve como una señal de la realidad del dilema sirio y de lo que podemos aprender de él.

Una revolución por la libertad y la insurgencia social

Los inicios de las protestas sirias estuvieron marcados por una participación amplia y plural, pero no reflejaron la verdadera diversidad del país. Los grupos minoritarios estuvieron presentes en las plazas, aunque su participación fue limitada y simbólica. También estuvo presente la oposición nacionalista y democrática en su marco general, que luego se fraccionó en dos grupos rivales, divididos por cuestiones de armamento e intervención. El primer grupo incluyó al Consejo Nacional Sirio y la Coalición Nacional de Fuerzas Revolucionarias y de Oposición Sirias que se integró a las instituciones políticas de la revolución; mientras que el otro, que incluía al Comité de Coordinación Nacional, no participó de estas.

Durante esa fase, el discurso revolucionario en sentido amplio se centró en los valores generales: libertad, dignidad y unidad del pueblo sirio. Este discurso consideró al levantamiento como una de las oleadas de la Primavera Árabe, visto como un conflicto contra los regímenes autoritarios (lucha por la democracia); una insurgencia juvenil (transformaciones generacionales en respuesta a una profunda crisis económica que afecta a la juventud) y un conflicto social (entre el campo, las ciudades y los barrios marginados, afectados por el giro hacia la apertura y las políticas de mercado).

La imagen que la revolución tenía de sí misma se parecía, en gran medida, a aquellas revoluciones democráticas de las décadas anteriores, desde América Latina hasta el colapso de los regímenes del socialismo real en Europa Oriental.

Sin embargo, no debemos perder un punto clave. Esta imagen reflejó a las personas que se expresaron y tuvieron la posibilidad de hablar con los medios de comunicación; las personas que encontraron la forma correcta de formular sus demandas para satisfacer las expectativas de los partidarios de la transición y la revolución. Ciertamente muchos de ellos estaban convencidos de estas demandas.

Este discurso fue en sí mismo una de las primeras fuentes de confusión. Nos atrapó totalmente y lo creímos. El discurso no fue engañoso, al menos no todo el tiempo. Nacimos en una sociedad que le enseñó a su gente durante años a no decir lo que piensan y simplemente expresar lo permitido. Por lo tanto, la sociedad tuvo que utilizar un lenguaje generalizado y aceptado para expresarse, señal de la existencia de un significado implícito y no declarado.

Estaba prohibido hablar abiertamente sobre sectas en Siria, a menos que se tratara de la imagen de un sacerdote abrazando a un jeque bajo la bandera siria. Cualquier signo de sectas fue eliminado de la esfera pública.

En consecuencia, se cambiaron los nombres de varias áreas: el ‘Territorio de los Alauitas’ (Jibal Al Alawiyin) se convirtió en las ‘Montañas de Latakia’ (Jibal Al Lazikiya); la ‘Montaña de los Drusos’ (Jabal Al Druze) pasó a ser la ‘Montaña de los Árabes’ (Jabal Al Arab); y el ‘Valle de los Cristianos’ (Wadi Al Nasara) se volvió Wadi Al Nadara, y así sucesivamente.

Sin embargo, el sectarismo y sus expresiones se mantuvieron presentes fuertemente en la forma de vida, en las relaciones del gobierno e incluso en el lenguaje, aunque no fuera abiertamente.

Revolución islamista y conflicto sectario

El régimen del Partido Baaz sirio no solo fue autoritario, sino también corporativista. Aseguró la participación de grupos en profesiones estatales y labores económicas. Los representantes de estos grupos se desempeñaron como mediadores entre el Estado y su pueblo en varios asuntos, a cambio de su lealtad y obediencia al Estado.

Sin embargo, esta participación no implicaba la participación en el poder. Los sindicatos representaban a los profesionales y las reivindicaciones de los trabajadores y los campesinos, y transmitían estas demandas al Estado. Se ganaron el derecho a participar en la determinación de la política económica y en la obtención de privilegios y ventajas económicas para sus miembros.

A cambio de esto, los sindicatos profesaron la lealtad y sumisión de sus afiliados al Estado y garantizaron la disuasión de cualquier intento de rebelión contra el gobierno. Esto se dio así antes de la debilidad creciente del papel sindical tras la adopción de una nueva política económica en los años ochenta. Del mismo modo, musulmanes, cristianos y otros grupos también estuvieron representados y pudieron participar. El papel de los clérigos cristianos y musulmanes surgió en ese momento.

El régimen explotó su razonamiento participativo para abordar el problema sectario de larga data en el Este. La relación con las sectas  —especialmente aquellas reconocidas públicamente— pasó por la mediación de sus representantes legítimos (los clérigos) dentro de una lógica controlada de distribución de poder y autoridad entre ellas. Por supuesto, este proceso ocurrió dentro del discurso, previamente controlado, del nacionalismo árabe y el patriotismo sirio. El régimen jugó un papel clave en el aumento del sectarismo. Eso se complementó con la debilidad de otras afiliaciones  —tales como los sindicatos e identidades sociales adoptadas por Baaz durante su era populista— y su marginación en medio de las nuevas políticas económicas. Por lo tanto, la identidad sectaria se profundizó en la vida pública y fue esencial para alcanzar posiciones estatales y asegurar privilegios.

Junto con el auge del sectarismo reaparecieron otras formas de identidades civiles. El tribalismo resurgió en las últimas décadas —jeques tribales en la Asamblea Popular—, y a la gente le resultó más fácil dirigirse al jeque de su tribu, olvidado durante décadas, en lugar de dirigirse al sindicato para conseguir un trabajo o presentar una queja. 

Debido a estas transformaciones, aumentó la confianza de las personas en las identidades civiles para sus relaciones entre sí o con el Estado, y se extendió a la revolución siria. [2] ¿Podría esta última establecer una nueva identidad nacional siria, o se convertiría en una insurgencia y rebelión basada en el chovinismo sunita, alimentando y expresando su opresión e injusticia?.

Sin embargo, no todos los sunitas apoyaron a la insurgencia y muchos de ellos, especialmente los habitantes de las ciudades, expresaron su desacuerdo. El asunto se resolvió temprano por varias razones, incluida la creciente represión por parte del régimen, la eliminación prematura y rápida de grupos que adoptaron un discurso nacional, así como el papel del financiamiento de los Estados del Golfo en la islamización general de las facciones opositoras.

El régimen y sus enemigos islamistas participaron de esta opresión. La revolución siria adoptó cada vez más la imagen de una insurgencia sunita, evidente por los símbolos y connotaciones vinculadas a esa identidad —los nombres de las facciones desde el principio—, y buscó movilizar a la gente invocando esta identidad. A pesar de la naturaleza rural de la revolución siria y de sus ciudades marginadas, esta no se centró en el carácter de ser una revolución de los agricultores y los pobres de las ciudades.

Frente a la transformación de la revolución en la imagen de una insurgencia sunita, el régimen mantuvo su retórica nacional anti-sectaria y preservó la imagen de un Estado para todos sus ciudadanos. Mientras ya no era posible que las minorías sirias permanecieran en áreas dominadas por la oposición debido al inminente riesgo de muerte —alauitas y yazidíes experimentaron esto plenamente— o por circunstancias espantosas y humillantes como por ejemplo para para cristianos y drusos, el régimen mantuvo una imagen nacional en las áreas bajo su control. El costo de la ‘sunización’ no se limitó a generar una disputa con las minorías sectarias, ya que los kurdos también se unieron al frente de la revolución.

En cierto nivel, la revolución siria fue una guerra sectaria, y esto no fue un acontecimiento único en el contexto sirio. Las insurrecciones populares contra el régimen baazista sirio, desde la primera insurgencia en Hama en 1964, la insurgencia islamista desde finales de la década de 1970 hasta el ataque sobre Hama en 1982, llegando a la revolución siria, fueron insurgencias islamistas en el marco de una enemistad sectaria. En cambio, el alcance popular de las protestas izquierdistas y democráticas, ya sea a través de la acción comunista o del Partido Comunista Sirio – Buró Político, siguió siendo limitado.

También tuvieron un alcance limitado las huelgas sindicales de principios de los ochenta y posteriormente los movimientos de derechos humanos y de la sociedad civil, las peticiones de la intelectualidad en los años noventa y en los primeros años del gobierno de Bashar Al Asad, y finalmente los comités de coordinación de la sociedad civil durante los primeros años de la revolución.

El aspecto sunita de la revolución promovió la movilización y el reclutamiento, y dio a las protestas un significado y valores religiosos que alentaron el martirio y la confrontación después del colapso del potencial movilizador de las ideologías de izquierda y nacionalistas. Aún así, este mismo aspecto limitó el alcance de la revolución siria tanto dentro del país como en el extranjero.

Guerras subsidiarias

Aunque la naturaleza rural de la revolución siria no jugó un papel significativo en la representación de este movimiento como una insurgencia social por la justicia y la igualdad, no obstante, sí tuvo muchas características de las revueltas campesinas, especialmente a nivel militar. Las facciones se dispersaron, se posicionaron en bases locales y se cimentaron en una solidaridad grupal que no iba más allá de sus regiones.

El dinero fácil del Golfo que llovió sobre las facciones, sólo añadió un insulto a la herida, convirtiendo a los líderes de las facciones armadas en señores de la guerra. No hay mucha información disponible sobre la gestión económica de estas facciones durante la guerra de Siria, pero ahora se puede deducir una idea general, aunque necesita ser apoyada con suficientes estudios de campo.

Dada la abundancia de dinero, ninguna de las facciones exigió la regulación del ciclo económico local en las áreas bajo su control. Sus capacidades financieras y económicas no se vieron restringidas por las capacidades de las localidades en las que se asentaron, principalmente gracias al financiamiento del Golfo

En consecuencia, los habitantes de estas áreas no tuvieron mucha influencia en sus negociaciones con estas facciones. Para obtener el dinero, estas últimas debían cumplir con las demandas de su patrocinador: eran débiles ante este y fuertes frente a los lugareños. También, tenían que parecer más fuertes que otras facciones para asegurar una mejor posición y atraer financiación y apoyo. Esto explica los múltiples y serios conflictos intrafaccionales para hacerse con los puestos de control, sin mencionar el papel económico de estos puntos donde se recaudaban gravámenes ilegales, conocidos como khuwa. La privación de financiación extranjera, dependiente de decisiones políticas, amenazaba la supervivencia de una determinada facción y su capacidad para asegurar armas o pagar los salarios de sus combatientes. [3]

Esta situación no se limitó únicamente a las facciones militares. Lo mismo podría decirse del régimen sirio, que persistió económicamente gracias a la ayuda iraní. En consecuencia, este ya no dependía únicamente del potencial de la economía siria. La guerra civil en realidad excedió la capacidad económica de la sociedad, en general, debilitándola y haciendo de la guerra un asunto externo desplazando al poder local de la toma de decisiones. El régimen ya no vivía de las capacidades de sus ciudadanos y su relación con ellos se convirtió en una de sustento y gravámenes ilegales.

Esta dimensión extranjera convirtió la guerra civil siria en una guerra subsidiaria donde los sirios tenían poco que decir cuando se trataba de poner fin al conflicto y poder determinar su destino. [4] En consecuencia, los combatientes sirios se convirtieron fácilmente en señores de la guerra y mercenarios, ya fuera para turcos, rusos o iraníes.

La transformación del conflicto en guerras indirectas y acuerdos regionales añadió más confusión a la revolución. Ya no era posible ver ninguna victoria como puramente siria, sino simplemente como una puntuación en un conflicto regional. Este valor agregado afianzó la confusión, a la luz de las alianzas y grupos que intervinieron en pos del triunfo de la revolución siria y sus facciones; desde Turquía a los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Qatar. Muchos tenían más razones para ser escépticos, como los kurdos frente a Turquía, los palestinos frente a los Emiratos Árabes Unidos, el Líbano frente a Arabia SaudÍ y los bloques de izquierda y nacionalistas frente al eje del Golfo en general.

Sarout: imagen de la revolución siria

Abdul Baset Al Sarout puede verse como una verdadera expresión de la revolución siria y de su ambigüedad. Un héroe popular que expresa, en gran medida, a las multitudes de la revolución y refleja sus cambios y transformaciones a lo largo de su camino, posturas fluctuantes, canciones y consignas. 

Sarout surgió como un modelo popular de rebelión contra la injusticia y un héroe que trascendía las divisiones civiles. Se definió a sí mismo como un opositor a la injusticia del régimen, sin dar una idea positiva de sus demandas. Planteó temas que ahora parecen abstractos y lejanos, como la ciudadanía, la forma de la república deseada, entre otros.

Esta forma negativa de revuelta contra la injusticia fue acompañada de proyección sobre una situación nacional y humanitaria. Cantó canciones patrióticas y folclóricas con Fadwa Suleiman, de origen alauí, y protestó contra el régimen. Con la islamización de la revolución, Sarout cambió de opinión y se inclinó por las tendencias islamistas o sectarias. Entonces comenzó a cantar contra los alauitas y a amenazarlos. Su activismo se convirtió en un enfrentamiento sectario. En ese momento, personas como Suleiman ya no tenían cabida en los túneles de la revolución. Más tarde, Sarout juró lealtad al grupo Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) cuando este último emergió como la fuerza más prominente en la lucha contra el régimen. Más tarde, se retractó de su juramento, pero no de sus inclinaciones islamistas o sectarias.

El camino de Sarout conlleva más confusión que posturas ideológicas rígidas. Ciertamente, quien quiera puede considerar el voto de lealtad de Sarout al EIIL y sus consignas sectarias como una expresión de su ser ‘real’.

Por el contrario, otros podrían creer que el verdadero Sarout fue el que apareció durante las primeras etapas de la revolución. Podrían considerar el sectarismo y la lealtad al EIIL como simples errores o desviaciones obligatorias dictadas por las circunstancias, sin empañar la buena naturaleza de Sarout.

Lo que me gustaría señalar es que quizás sea mejor no considerar un momento ‘real’, en contraposición a otros momentos ‘falsos’. Quizás sea mejor ver todo el camino de Sarout como ambiguo, plagado de diferentes posibilidades; algunas de las cuales se realizaron mientras que otras flaquearon. Algunas triunfaron en un momento dado y fallaron en otros. Dado que se trataba de un camino pavimentado de posibilidades, de nada sirve ignorarlas o justificarlas de forma circunstancial. Cada posibilidad, especialmente aquellas que se concretaron, es real y debe tenerse muy en cuenta a la hora de examinar su camino.

El camino de Sarout, como conjunto de posibilidades ambiguas, es el de la revolución siria. Algunas no pueden pasarse por alto y excluirse bajo el pretexto de no ser una expresión verdadera de la revolución. Todo lo que sucedió fue una verdadera expresión de esta revolución; desde su patriotismo embrionario, hasta su lucha sectaria, el islamismo antipatriótico y el anhelo humano de libertad. Hacer un recuento de la revolución siria y responsabilizarla de una manera que nos permita preguntarnos ¿qué hay que hacer? debe basarse en volver a cuestionarla como una revolución de posibilidades ambiguas.

[Se prohíbe expresamente la reproducción total o parcial, por cualquier medio, del contenido de esta web sin autorización expresa y por escrito de El Intérprete Digital]

Morris Ayek es Magíster en Filosofía de la Ciencia y la Tecnología por la Universidad de Munich.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Syria Untold el 17 de marzo de 2021.

Referencias

[1] Consulte el libro de Ibrahim Hamami, Alawite State- Al-Assad’s Last Option (Estado alauita, la última opción de Al Assad), 2012, Centro Fiker de Estudios Estratégicos, Londres. El libro refleja una posición islamista y abarca muchas declaraciones y posturas de líderes en los comités militares y políticos de la revolución siria en aquel entonces. Las declaraciones presentan una perspectiva sectaria del conflicto, por supuesto, desde un ángulo que muestra que el sectarismo es una característica de las minorías. Pero el libro proporciona un modelo útil que sirve como documentación de la percepción y naturaleza de uno de los bandos principales en el conflicto.

[2] Consulte el artículo de Mohammad Hassan, IS and Tribes in Deir ez-Zor – Insurgency and Containment (EIIL y las tribus en Deir Ez Zor, Insurgencia y contención), en el que describe las divisiones tribales que acompañaron la disputa entre IS y Jabhat Al Nusra. Disponible en https://www.aljumhuriya.net/ar/37621

[3] La experiencia de la agrupación Ahrar Souria constituye un ejemplo de las capacidades limitadas de una facción, sin importar cuán fuerte sea, cuando se enfrenta al dilema de los recortes de fondos. Consulte el siguiente documento preparado por el sitio web de Al Jumhuriya sobre las facciones en Alepo, incluido Ahrar Souria: https://www.aljumhuriya.net/ar/37621

[4] Refiérase al trabajo de Ali Kadri, un difunto defensor de la Escuela de la Dependencia. Miró la revolución siria desde un ángulo imperialista y capitalista y la consideró un capitalismo de guerras, desastres y guerras subsidiarias: Imperialism with Reference to Syria (Imperialismo con referencia a Siria), Ali Kadri, Springer, 2019.