Las mujeres afganas merecen ser respetadas

Por Fazelminallah Qazizai para New Lines Magazine

Mujeres afganas usando burkas. [Kawetijoru/Creative Commons]

En los días posteriores a que el gobierno talibán anunciara que todas las mujeres afganas deberían usar velo facial en público, me encontré vagando por las calles de Kabul pensando en el impacto que tendría el decreto en las madres, hermanas e hijas de nuestra nación. Mucho cambió en este país desde el verano pasado, algunas cosas para bien y otras para mal, y estos cambios no siempre son claramente visibles.

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En Koti Sangi, un barrio predominantemente chiíta en el oeste de la ciudad, y Shahr e Naw, cerca de las embajadas británica y estadounidense abandonadas, la vida parecía continuar casi igual que en años pasados. Las niñas se reían mientras compraban y las mujeres iban y venían por los mercados con sus hijos. Todos ellos vestían de manera acorde con la jurisprudencia islámica dominante, tal como lo habrían hecho antes de que los talibanes retomaran el poder. Muchas vestían burkas y niqabs, mientras que otras optaban por pañuelos en la cabeza y abayas holgadas. Es cierto que hace un año hubiera visto a más mujeres jóvenes con jeans y blusas, pero todavía vi algunas. Ese, sin embargo, fue el único cambio notable.

El controversial decreto de los talibanes es todavía nuevo y necesita tiempo para entrar en vigor, pero sospecho que uno de sus mayores efectos será psicológico. Sumado a otras restricciones recientemente introducidas sobre los derechos de las mujeres, es un desarrollo muy preocupante. Excluidas de las escuelas, incapaces de mezclarse incluso con parientes masculinos en los parques y aisladas en los pocos lugares donde se les permite trabajar, las mujeres afganas que nos criaron, apoyaron, educaron y protegieron durante años de guerra ahora se encuentran siendo señaladas para la persecución en lo que se supone que es un tiempo de paz.

No puedo pretender detectar una tensión generalizada en las calles. En cambio, creo que el impacto de todas estas restricciones será más sutil y más profundo que cualquier tipo de malestar abierto. También será más dañino. Esta es una cuestión moral y práctica. Las mujeres merecen sentirse parte activa y apreciada de nuestra sociedad. Las necesitamos para que nos ayuden a construir nuestro país como esposas y madres, pero también como mucho más.

Las mujeres más ansiosas con las que hablé en los últimos meses son aquellas que continúan ocupando puestos en el gobierno y el sector privado. Incluso antes de que se emitiera el último decreto, estaban preocupadas por alimentar a sus familias y tratar de mantener sus carreras. Las que antes disfrutaban de ir a trabajar maquilladas ya no lo hacen. En las oficinas ahora realizan sus funciones separadas de los hombres: mecanografiar, escribir, limpiar, comer, hablar y rezar en sus propios espacios confinados. Critican a los talibanes en voz baja entre ellas y bajo condición de anonimato o extraoficialmente para mí.

Muchos hombres afganos, debo señalar, están descontentos y confundidos por la forma en que el gobierno trata a las mujeres. Un viejo coronel retirado del ejército me describió la situación como “un desastre”. Otro hombre especuló que algunos funcionarios de los talibanes en realidad podrían arrepentirse de haber tomado el poder y están provocando a la gente deliberadamente con la esperanza de que se rebelen contra ellos. Es una idea extraña, pero las teorías conspirativas tienen cierto sentido en tiempos como estos.

Las nuevas restricciones a la vestimenta de las mujeres fueron anunciadas durante una conferencia de prensa del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio el 7 de mayo. Expresado meramente como un ‘consejo’, de acuerdo con el modo de operar del ministerio, el decreto decía que las mujeres deben mostrar solo sus ojos en público y asegurarse de que su ropa sea “no demasiado ajustada para representar las partes del cuerpo” y no “lo suficientemente delgada como para revelar el cuerpo”. Cualquier ropa que cumpla con los requisitos se considerará aceptable, pero el ministerio recomendó usar el burka, también conocido como chador. Las largas abayas negras y los velos se consideraron la siguiente mejor alternativa. Aunque el decreto pretende ser consultivo, incluye una lista de castigos que se aplicarán a quienes ignoren la guía. El tutor masculino de cualquier mujer sorprendida violando el decreto será advertido. Si lo viola por segunda vez, su tutor masculino será convocado para reunirse con los funcionarios talibanes. Una tercera ofensa dará lugar a que su tutor sea encarcelado por tres días. Lo que hace que todo esto sea particularmente desconcertante es que el propio ministerio reconoció que el 99% de las mujeres afganas ya se visten apropiadamente. ¿Por qué, entonces, introducir un decreto que generó titulares negativos en todo el mundo y causó más división aquí? La propia política interna compleja de los talibanes, más que el sentido común y los intereses del público, parece estar dictando la política en este momento.

En verdad, el burka solía considerarse una prenda de vestir bastante exclusiva que usaban las mujeres urbanas ricas y conservadoras. Las mujeres más pobres de las ciudades o del campo preferían el tipo de ropa que debían usar en la peregrinación del hajj: un vestido holgado y un pañuelo en la cabeza. A mediados de la década de 1990, las burkas se cosían a mano y, a menudo, se decoraban con elaborados motivos florales, lo que las hacía demasiado caras para que las compraran la mayoría de los afganos. Fue recién durante el primer régimen talibán que sus precios comenzaron a bajar, cuando se producían en masa en máquinas de coser. Incluso ahora, los afganos asocian burkas de diferentes colores con diferentes ciudades: azul para Herat, blanco y verde para Mazar e Sharif, amarillo y naranja para Kandahar, rosa y gris para Peshawar. Mientras tanto, los niqabs negros comenzaron a hacerse populares recién después de la invasión estadounidense, cuando algunas mujeres los adoptaron como una especie de declaración política contra la ocupación.

Mi colega Ahmed Waleed Kakar escribió recientemente un ensayo para New Lines sobre la larga y controvertida historia del Ministerio del Vicio, y yo le pido a cualquiera que lea esto que mire su artículo para obtener más detalles sobre la forma en que opera. Al mismo tiempo, me gustaría agregar que la ropa de hombres y mujeres fue durante mucho tiempo un curioso tema de preocupación para los gobiernos afganos de convicciones políticas radicalmente diferentes.

Después de regresar de un viaje a Europa en 1928, el rey Amanullah Khan ordenó que los delegados a una loya jirga, o gran asamblea, exclusivamente masculina, debían usar chaquetas, chalecos y corbatas en lugar de la vestimenta local tradicional que se acostumbraba en tales ocasiones. También decretó que ya no se requería que las mujeres usaran el velo en público e intentó obligar a los hombres en partes de Kabul a usar trajes de estilo occidental. Este código de vestimenta incluso incluía el tipo de sombreros que los afganos de mi generación asocian más fácilmente con las retransmisiones de las películas de Charlie Chaplin que veíamos en la televisión mientras crecíamos. La payasada agridulce de Chaplin todavía resuena con algunos de nosotros hoy. Amanullah Khan, sin embargo, fue expulsado del poder menos de un año después de sus reformas, en 1929. Los intentos más bien superficiales de islamización de los talibanes pueden no ser tan equivocados como los intentos superficiales de liberalización de Amanullah, pero ambos muestran cuán desconectados pueden estar los gobiernos afganos. Los regímenes comunistas de finales de los 70 y los 80 fueron aún peores. Informalmente, consideraron la ropa local como un signo de oposición política, arrestando y matando a muchos hombres afganos solo por usar turbantes o casquetes. Ese enfoque también fracasó.

Los talibanes de línea dura claramente sienten que se ganaron el derecho a gobernar como mejor les parezca después de ayudar a llevar el movimiento de vuelta al poder luego de 20 años de guerra. Cierto grado de intransigencia y un deseo de justicia de los vencedores es comprensible, pero los acontecimientos recientes no presagian nada bueno para el futuro. En un discurso que pronunció en Kandahar para conmemorar el Eid (n.d.t.: Fiesta del Sacrificio que marca el fin del Ramadán), el líder supremo de los talibanes, el jeque Hibatullah Akhundzada, no abordó ninguna de las preocupaciones diarias que enfrentan los afganos: desempleo masivo, una sequía prolongada, el cierre de escuelas para niñas. En cambio, elogió la “resistencia yihadista” y habló vagamente sobre la “hermandad islámica” y el “amor islámico”. Adoptó un enfoque similar en todos sus discursos públicos conocidos hasta el momento. Eso no sería un problema si los afganos sintieran que el gobierno los escucha además de predicarles, pero al momento demasiadas personas en este país sienten que ya no importan.

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Fazelminallah Qazizai es Licenciado en Derecho Islámico por la Universidad de Kabul, periodista y corresponsal de New Lines en Afganistán.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por New Lines el 16 de mayo de 2022.