Los peligros de empoderar a los Talibán

Por Sayed Madadi para Middle East Institute

Ex Combatientes Talibán devuelven las armas. [Isafmedia/ Creative Commons]

Durante años, el mundo trató de suavizar la ideología extremista de los Talibán exponiéndolos a la modernidad. Como insurgencia aprendieron diplomacia y tácticas de negociación, pero su pensamiento medieval se mantuvo igual de rígido. Ahora que gobiernan Afganistán, la comunidad internacional continúa apaciguándolos, suponiendo que pueda convencerlos de formar un gobierno inclusivo y suavizar sus políticas regresivas mientras alivian el empeoramiento del desastre humanitario del país. 

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Esa es una suposición ingenua que pasa por alto las causas profundas de la crisis actual. La comunidad internacional no sólo no obtendrá lo que quiere, sino que también corre el riesgo de crear una crisis mucho mayor: una teocracia Talibán que institucionalice su gobierno represivo a un alto costo humano y económico. 

La primera prioridad de la comunidad internacional fue evitar una crisis humanitaria y económica sin precedentes, que se vio gravemente exacerbada por la toma de Afganistán por parte de los Talibán. Los esfuerzos hasta ahora se centraron en enfoques convencionales, como el levantamiento de sanciones, la liberación de activos congelados y vertiendo miles de millones de dólares en canales ineficaces e ineficientes como la ONU. Estos esfuerzos ignoran el hecho de que los principales impulsores de la crisis son políticos, no económicos. La incompetencia, la discriminación y la intimidación de los Talibán provocaron una fuga masiva de capital humano y físico, e interrumpió el sector público, la economía y socavó cualquier sentido de confianza o estabilidad.

Ninguna cantidad de ayuda evitará la catástrofe. Incluso si se liberan casi $1 mil millones de dólares de los $9.1 mil millones en reservas de efectivo en bancos privados, es probable que los afganos utilicen el dinero para huir del país en lugar de inyectarlo en el mercado comprando productos básicos. El argumento de que descongelar los activos traerá estabilidad económica y monetaria supone que los Talibán gobernarán el Banco Central como una institución monetaria profesional; una tarea que no están dispuestos ni son capaces de llevar a cabo. Además, ya existe amplia evidencia del mal uso de la ayuda humanitaria por parte del régimen: discriminando a las personas necesitadas en función de su identidad étnica y religiosa y utilizando la ayuda para pagar los salarios de sus combatientes. Por lo tanto, a medida que aumenta la cantidad de ayuda y compromiso, también aumentará el control del poder del grupo, mientras que la pobreza solo se profundizará. La reciente orden ejecutiva injusta e ilegal del presidente Joe Biden para dividir $7 mil millones de dólares de estos activos entre las víctimas del 11 de septiembre y la ayuda humanitaria, desestabilizará aún más la economía del país y minimizará la influencia internacional sobre los Talibán. Entonces, la pregunta sigue siendo: ¿cuánta ayuda está dispuesto a proporcionar el mundo y por cuánto tiempo?

Como segunda prioridad, el mundo trató de alentar a los Talibán a formar un gobierno inclusivo al contener a las etnias no pashtunes en su emirato. Es poco probable que el régimen esté de acuerdo con esto ya que, en su opinión, mancillaría su identidad étnica. Una de las razones por las que las ambiciones islamistas de los Talibán se mantuvieron limitadas a Afganistán es por su profunda fusión con la identidad pashtun y el objetivo de crear una estructura de poder mono-étnica. Incluso, si aceptaran incluir a otros grupos étnicos en su gobierno, poco cambiaría. La gobernanza inclusiva y representativa sólo tiene sentido en un sistema pluralista y democrático, donde la voz y la aprobación del pueblo impulsen la legitimidad estatal y las políticas públicas. En los regímenes autoritarios, en los que una o un puñado de personas toman todas las decisiones sin rendir cuentas, su identidad hace poca diferencia. Los antiguos imperios y monarquías de la región llenaron durante mucho tiempo sus cortes reales con minorías étnicas, sabiendo que no tenían el poder de representar una amenaza real. Los Talibán ya cuentan con varios funcionarios de otras comunidades no pashtunes, incluido su viceprimer ministro, que es uzbeco; su jefe de personal del ejército, que es tayiko; y dos viceministros hazara. Sin embargo, estos grupos étnicos, en particular los chiítas hazaras, sufren una persecución estructural a manos del régimen a diario. Además, los llamados a la inclusión ignoran a las mujeres, el grupo privado de derechos más grande del país, quienes pusieron la más feroz resistencia contra el régimen. Los Talibán nunca incorporarán mujeres al gobierno.

El tercer objetivo de la comunidad internacional fue convencer a los Talibán de suavizar sus métodos de gobierno medieval. Sin embargo, el resultado fue el contrario: el extremismo del grupo sólo se fue endureciendo desde su regreso al poder en agosto pasado. Esto está en línea con los aprendizajes de años de hablar de paz con ellos y experiencias en otras partes del mundo, que muestran que apaciguar a los gobernantes autoritarios solo los envalentona. Durante las negociaciones en Doha, observé cómo los compromisos hechos como medidas de fomento de la confianza sólo solidificaron la intransigencia de los Talibán y su negativa a abandonar sus posiciones maximalistas. El ejemplo más llamativo de esto fue la liberación de 5.000 de sus prisioneros ante la presión estadounidense; la mayoría de los liberados regresaron al campo de batalla y el gesto no sirvió de nada en la mesa de negociación. La inutilidad de la inversión internacional en la oficina política de los Talibán en Qatar es evidencia de que la rara tendencia de algunos de sus líderes a comprometerse no tiene ningún efecto en la cosmovisión más amplia del grupo. Por lo tanto, tales líderes son fácilmente dejados de lado. Un ejemplo clave es el del cofundador del movimiento, Mullah Abdul Ghani Baradar: se esperaba que se convirtiera en el más alto tomador de decisiones del grupo, pero en cambio perdió por completo su relevancia y autoridad para los intransigentes. Como el líder de la notoria Red Haqqani, Sirajuddin Haqqani, que dirige el Ministerio del Interior. Cuanto más consolidan su poder los Talibán, más inflexibles se vuelven ante las demandas internas y las presiones externas. Esperan que, al final, los intereses de seguridad nacional de la comunidad internacional triunfen sobre su administración de los valores humanitarios; en opinión de los Talibán, finalmente aceptará y les dará acceso a recursos financieros y políticos.

Los esfuerzos internacionales hasta ahora asumieron que los Talibán son un aparato estatal convencional que pretende cumplir con el derecho internacional. Sin embargo, este tipo de organizaciones derivan su legitimidad en parte de desafiar el orden internacional. Para tales regímenes —como hemos visto en Corea del Norte, Siria, Irán y en las antiguas repúblicas soviéticas— las sombrías perspectivas de sufrimiento humano y hambre o los atractivos de la aceptación política no disuaden el mal comportamiento. A menos que la comunidad internacional se dé cuenta de eso, su enfoque actual, incluida la decisión sobre el destino de los activos congelados en EE. UU, solo traerá más miseria a la gente en Afganistán y caos a la región, tanto a través del empeoramiento de la catástrofe humanitaria y económica como del empoderamiento e institucionalización de un régimen depredador y fanático. Nadie quiere vivir bajo un régimen así, y el pueblo de Afganistán, que lucha por la libertad y la dignidad, ciertamente no es una excepción. Ayudar a Afganistán debe comenzar por reconocer que los Talibán están en el centro del problema, no en la solución.

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Sayed Madadi fue Director de Relaciones Exteriores del Ministerio de Estado para la Paz de Afganistán y miembro sénior de la Secretaría Técnica Conjunta de Negociaciones de Paz Afganas en Doha, Qatar.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Middle East Institute el 14 de febrero de 2022.