Batalla de influencia, la estrategia soft-power de Rusia busca remodelar el futuro de Siria.

Por Ruslan Trad para The New Arab

«Aleppo está ardiendo”, manifestantes frente a la embajada rusa en Londres. [alisdare1/CreativeCommons]

El papel de Moscú en Siria a menudo hace referencia a su intervención militar, pero el Kremlin también está utilizando tácticas de soft-power para dar forma a una futura élite y establecer una influencia duradera.

[Se prohíbe expresamente la reproducción total o parcial, por cualquier medio, del contenido de esta web sin autorización expresa y por escrito de El Intérprete Digital]

Después de diez años de guerra, algunos comentaristas tienen la percepción de que el conflicto sirio concluyó. Sin embargo, esto no se corresponde con la realidad sobre el terreno. 

No solo existen áreas de enfrentamiento en el sur, este y noreste, sino que un ciclo de violencia en el noroeste y el norte del país podría estallar en cualquier momento. Siria hoy está dividida informalmente y de facto en zonas de influencia entre los principales actores: Rusia, Irán y Turquía. El propio régimen sirio también tiene motivos para preocuparse; la situación económica en las áreas que controla podría ser una causa importante de problemas futuros para Assad por parte de sus propios seguidores. 

De estos tres jugadores principales, Irán y Rusia tienen una ventaja significativa en Siria, interviniendo fuertemente en apoyo de Assad. Si bien Estados Unidos todavía tiene una participación periférica en el conflicto a través de su apoyo a las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF en inglés), Teherán y Moscú siguen siendo hegemónicos en el área.

Incluso Turquía, que tomó serias medidas en los últimos cinco años para establecer zonas de influencia desde el Cáucaso a través de Siria hasta Libia, no ejerce la misma influencia que el Kremlin o Irán. 

Irán y Rusia aún no entraron en una confrontación directa, pero las tensiones encubiertas ya comenzaron a través de representantes y amenazas veladas en la batalla para influir en Assad y Siria en su conjunto. La guerra en Siria no ha terminado, simplemente continúa a través de las tensiones locales en el contexto de un conflicto más amplio, y Rusia tiene la intención de estar preparada para ello.

Soft-power

A menudo se hace referencia al papel de Moscú en Siria a través de su fuerza militar, la intervención a favor de Assad en 2015 o los intereses económicos de Rusia. La batalla por el corazón económico de Siria -Alepo- culminó con la captura de toda el área por las fuerzas del régimen en 2016, con acuerdos posteriores con los rebeldes en 2017-2018, firmados a punta de pistola, lo que cimentó aún más la participación de Rusia en el conflicto.

Pero Siria es mucho más importante para el Kremlin. Fue Siria la que se convirtió en la base principal de los mercenarios rusos, que se trasladaron de Ucrania a Medio Oriente y más tarde de Siria a África. Fue en Siria donde el Kremlin levantó su imagen como protector del orden internacional tras los acontecimientos de Ucrania en 2014. Y fue también Siria la que se convirtió en un campo de pruebas no solo para armas sino también para operaciones híbridas. Si bien Moscú llevó a cabo la intervención de facto en 2015, su influencia en la región se remonta a mucho más tiempo y esto se debe a su llamado poder blando, cuyos instrumentos se están aplicando diligentemente en el país gobernado por Assad. 

Si bien el Kremlin entregó medallas a las milicias pro Assad en las ciudades cristianas a principios de este año para mostrar su compromiso con los cristianos ortodoxos y, en general, para promover su imagen como defensora de las minorías, Rusia tiene muchas más herramientas para aplicar en la batalla por los corazones y las mentes de los sirios.

Un ejemplo de ello es la Policía Militar semioficial, que forma parte de las fuerzas armadas regulares de la Federación de Rusia. Formado en 2011, este cuerpo rápidamente ganó fuerza y ​​unos años más tarde contaba con 20.000 personas. Fueron desplegados con tanta frecuencia por el comando ruso que las boinas rojas y las cintas negras de sus miembros se conocerán mucho más allá de Siria. 

Bajo el liderazgo del teniente general Vladimir Ivanovski, jefe de la Dirección General de Policía Militar del Ministerio de Defensa, su efectividad es objeto de debate público. Pero como muestra su papel en Siria, representan una cara diferente del ejército ruso y una herramienta para el poder blando.

Los combatientes de esta unidad militar se estacionaron por primera vez en Siria en diciembre de 2016. El núcleo de la Policía Militar está formado por chechenos conocidos como Kadyrovtsy (es decir, los hombres de Kadyrov), un grupo paramilitar leal al líder checheno y aliado político de Putin, Ramzan Kadyrov. El Kadyrovtsy apareció en 1994 durante la época de su padre Ahmad Kadyrov, cuando eran una milicia separatista que luchaba contra las fuerzas rusas en la Primera Guerra de Chechenia.

Cuando Kadyrov giro por completo a su país y se puso del lado de Rusia en 1999 durante la Segunda Guerra de Chechenia, el papel de Kadyrovtsy también cambió. En los años siguientes, pasaron de ser una unidad de combate encargada de defender al líder checheno a una fuerza militar con muchos poderes. Cuando Ramzan Kadyrov llegó al poder, estos combatientes se convirtieron en su “ejército privado”.

No está claro cuántos miembros de la policía militar rusa estaban apostados inicialmente en Siria. Los chechenos tienen una variedad de roles, desde vigilar convoyes militares hasta realizar campañas de ayuda humanitaria en Alepo, otra herramienta muy visible del soft-power de Rusia. Al igual que el batallón musulmán soviético durante la guerra de Afganistán en la década de 1970, los Kadyrovtsy se utilizaron en el frente sirio como musulmanes, y existen grandes comunidades caucásicas en el norte de Siria que se remontan a la era otomana. 

Muchos circasianos y chechenos sirios se oponen al régimen de Assad, y uno de los principales objetivos de la Policía Militar enviada por Rusia es ganarse la confianza del mayor número posible de ellos. Posteriormente, los chechenos recibieron nuevas fuerzas de la República de Ingushetia. Los ingush custodian una importante base rusa en Siria, Hmeimim, y luchan junto a las fuerzas del régimen en Damasco. 

El uso de la Policía Militar en Siria es el primer despliegue de tal fuerza fuera de la Federación de Rusia. Este experimento fue exitoso, como se evidencia en las provincias de Hama e Idlib, donde en 2019 los combatientes de la unidad fueron vistos en la línea del frente. La policía militar estuvo estacionada en Alepo después de 2016, en las calles de Damasco y en ciudades del norte de Siria. Con el despliegue simultáneo de fuerzas especiales y mercenarios de Wagner, las tropas chechenas se convirtieron en un elemento clave en la implementación de una estrategia “posconflicto” para conquistar a la población local en Siria.

La próxima generación

La ayuda humanitaria también es una herramienta de soft-power que se aplica con éxito en Siria, a menudo en combinación con otras estrategias. Por ejemplo, los convoyes de ayuda humanitaria están custodiados por unidades patrocinadas por hombres fuertes cercanos a Putin, y la ayuda humanitaria en sí es proporcionada por una red de organizaciones como la Sociedad Palestina Ortodoxa Imperial, el Fondo Caritativo RUSSAR, la Hermandad de Combate (una organización de veteranos a nivel nacional), y el Comité de Solidaridad con los Pueblos de Libia y Siria. 

Todas estas estructuras se concentran y enfocan parte de sus actividades en el extranjero en la próxima generación de jóvenes sirios. La generación más joven es un objetivo principal de propaganda, ya que este segmento vulnerable de la población siria puede ser fuertemente influenciado y cooptado con éxito, dentro de una más extensa arquitectura de influencia estratégica rusa en Medio Oriente. 

Una de esas organizaciones benéficas es RUSSAR, encabezada por Oleg Fomin, un ex diplomático experimentado que fue director del centro cultural soviético en Siria de 1969 a 1975, y representante del centro ruso de enlaces científicos y culturales internacionales en Túnez y Egipto de 1994 a 2006.

La organización está conectada con la élite política rusa a través de su junta. Esto incluye al ex vicepresidente de la Duma, la cámara baja del Parlamento ruso, Sergey Baburin; el ex embajador ruso en Siria Alexander Zotov; y la coordinadora de proyectos humanitarios de la Hermandad de Combate, Nelly Kuskova. El principal respaldo financiero de RUSSAR proviene de los hermanos Mudallal e Imad Khouri, dos ciudadanos ruso-sirios que, por cierto, estuvieron vinculados a la empresa que compró materiales explosivos que ingresaron al puerto de Beirut en 2013, provocando una explosión masiva en agosto de 2020. 

RUSSAR se convirtió en un manual básico de un instrumento de soft-power con propósito especial; con la cooperación entre los principales actores interesados en la política exterior rusa, como los llamados Siloviki (es decir, los servicios de seguridad), la facción ortodoxa de oligarcas devotos, y los diplomáticos y espías soviéticos de la vieja escuela que guardan vínculos con las élites actuales de Medio Oriente y otras regiones.

Como un instrumento de influencia, RUSSAR tiene un especial enfoque en proyectos que involucran a jóvenes e intelectuales, ya que tiene como objetivo dar forma a la futura élite civil y militar siria. Se mantiene cerca de importantes fuentes de información local que acrecientan los esfuerzos de recopilación de inteligencia, buscando la utilidad de una estrategia de inversión a largo plazo bajo el velo de la provisión de ayuda humanitaria, la asistencia de familias de veteranos y la defensa de la herencia cristiana en Siria.

Otro método característico asociado con estas organizaciones benéficas para adoctrinar y difundir mitos es el establecimiento y el reciclaje histórico de los llamados campamentos juveniles para la educación patriótica, basado en la tradición soviética, y un proceso creciente de militarización de niños y jóvenes en la Rusia de Putin.

Estos campamentos también brindan la oportunidad perfecta para adoctrinar, moldear y modelar a los futuros “defensores del Russkiy mir”, o “el Ser ruso”, al tiempo que los une con sus pares de los llamados Novorossiya, como Bielorrusia, Osetia del Sur, Abjasia y Siria. 

Estos campamentos tienen el propósito de adoctrinar a la próxima generación de leales a Putin, en un programa peculiar para ganar corazones y mentes a una edad temprana. Este programa es solo un reflejo parcial del hecho de que Rusia no tiene intereses a corto plazo en Siria y Medio Oriente. 

Por el contrario; los esfuerzos de Moscú están relacionados con el establecimiento de una presencia duradera y la expansión del llamado “Mundo Ruso”, que hasta ahora cubre Europa del Este y partes de Asia Central. Al igual que en otras regiones, donde vió ejemplos del Imperio ruso, Putin ve Medio Oriente como una extensión natural de los intereses rusos.

Sin embargo, no todo es seguro para Rusia en Siria, ya que todavía existen varios representantes de la élite económica, militar y política del régimen de Assad que no están listos para comprometerse plenamente con el Kremlin. Sumado, a que Irán también tiene una gran influencia. Si bien el uso del poder militar duro, los mercenarios, como el infame Grupo Wagner, y el mantenimiento de las estructuras paramilitares locales son elementos estratégicos importantes, el elemento crucial desde una perspectiva de influencia a largo plazo es mantener un control estricto sobre la juventud, que representa a la próxima generación de élites en sus respectivos países, incluida Siria.

En septiembre de 2018, el primer grupo de jóvenes sirios llegó a San Petersburgo para comenzar sus estudios en las escuelas militares rusas. La formación se llevó a cabo dentro del marco de acuerdos previamente firmados por Moscú y Damasco, y el reclutamiento de jóvenes sirios para el cuerpo de cadetes rusos se realizará anualmente. Es cuestión de tiempo y estrategia para Moscú adquirir una élite leal que traerá una presencia estable del Kremlin en Siria, que Putin ha querido desde el inicio de la intervención. Hasta el momento, no existe ninguna otra potencia regional que pueda evitar que esto suceda.

[Se prohíbe expresamente la reproducción total o parcial, por cualquier medio, del contenido de esta web sin autorización expresa y por escrito de El Intérprete Digital]

Ruslan Trad es autor de “The Murder of a Revolution” (El asesinato de una revolución) y coautor de “The Russian Invisible Armies” (Los ejércitos invisibles rusos). Su labor periodística se centra en PMC, Siria y zonas de conflicto.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por The New Arab el 15 de abril de 2021.