Nace una generación de activistas, a la sombra de la revolución siria

Por William Christou para The New Arab

La bandera de la revolución siria. [Hossam El Hamalawy/Creative Commons]

La revolución siria creó una oleada de activismo que permitió, por fin, hablar a quienes viven bajo el brutal régimen de Asad. A pesar de los horrores de la guerra, sus voces no callaron.

​​Waleed Al Nofal pasó sus últimas horas en Siria cavando. Solo medio día antes, un soldado que iba a desertar, le dio a su amigo una lista con los nombres de las personas que iban a ser arrestadas esa semana. Su nombre estaba allí escrito. 

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Ya se había despedido de su familia y amigos, metiendo al azar algunas prendas de ropa en una bolsa de lona con la promesa de que regresaría en dos semanas cuando todo se calmara. Cuando faltaban dos horas para que los contrabandistas vinieran a llevarlo a Jordania, Nofal se apresuró a ir a un lugar aislado en su ciudad, en la provincia de Daraa, llevando consigo una computadora portátil y una caja de CD. Estos contenían más de dos años de imágenes granuladas de protestas filmadas con teléfonos celulares y videocámaras baratas. Todavía no había podido subir los últimos videos, pero se le había acabado el tiempo, por lo que enterró el archivo digital como si fuera un alijo de armas, prometiendo recuperarlas tan pronto como regresara a Siria. 

Nofal, que ahora tiene 27 años, aún no regresó a Siria desde que se fue en febrero de 2013, y los videos permanecen enterrados hasta el día de hoy. Continuó su activismo revolucionario una vez salió de Siria, actuando como intermediario entre activistas en la provincia de Daraa y miembros de la prensa internacional. En 2016, asistió a un curso de formación en periodismo y pronto fue contratado como periodista, donde continúa cubriendo la situación en Siria. 

Como tantos otros, la trayectoria de vida de Waleed cambió irremediablemente por la revolución siria. El levantamiento provocó una oleada de activismo, lo que permitió que quienes vivían, en lo que una vez se describió como el ‘Reino del Silencio’, finalmente pudieran hablar. A pesar de la abrumadora brutalidad y el horror de la guerra civil que lleva una década, sus voces no fueron calladas. 

Un movimiento de abajo hacia arriba 

Aunque actualmente la oposición de Siria está fragmentada en varios grupos diferentes y el país está dividido de facto en tres entidades políticas distintas, con la Administración Autónoma dirigida por los kurdos en el noreste, las áreas controladas por la oposición y los turcos en el noroeste y las áreas dominadas por el régimen en el resto del país, no siempre fue así.

Cuando estalló la revolución en 2011, los manifestantes se organizaron rápidamente en grupos locales para planificar protestas pacíficas y actos de desobediencia civil. Conocidos como Comités de Coordinación Local (LCC, por su sigla en inglés), estos grupos unieron al movimiento de oposición en todo el país, proporcionaron puntos de contacto para gobiernos y medios de comunicación extranjeros y le otorgaron coherencia al movimiento de oposición pacífica.

Las semillas de una estrategia tan grandiosa no surgieron de la nada, aunque los signos visibles de una sociedad civil independiente viable eran difíciles de detectar en Siria antes de 2011.

En parte, las raíces del movimiento revolucionario de oposición provienen de los líderes del Damascus Spring (Primavera de Damasco) y los signatarios de la Declaración de Damasco de 2005. Estos tomaron bajo su protección a figuras de la oposición naciente como Razan Zaitouneh, según Lisa Roman, quien trabajó con el Departamento de Estado de Estados Unidos para establecer contactos entre activistas sirios y luego dirigió la política de la Casa Blanca en Siria durante el segundo mandato de Obama. 

Mientras las raíces intelectuales y la orientación de la oposición tomaban forma bajo el liderazgo de líderes como Zaitouneh, los sirios de todo el país participaban en actos espontáneos pero simultáneos de resistencia al régimen. Nofal describe cómo, con tan solo 16 años, quedó impresionado por la brutalidad de la represión del régimen contra los manifestantes y decidió que necesitaba documentar lo que estaba viendo.

«Durante los primeros dos meses filmaba yo solo y simplemente guardaba los videos. Luego comencé a subir los videos a Internet para que el mundo pudiera ver lo que nos estaba pasando», dijo Nofal a The New Arab. Mantuvo oculto su activismo digital, ya que por esos días y a los ojos del régimen, «llevar una cámara era más peligroso que portar un arma». 

Pronto se vinculó con otros seis estudiantes de su escuela secundaria y formaron lo que precozmente llamaron un Comité de Coordinación Local, separado de la LLC establecida por los líderes de la oposición en su ciudad. Reunieron sus fondos para tarjetas de internet para subir videos, crearon un programa de rotación para la filmación y garantizar así el anonimato y se comprometieron entre sí que, en caso de ser arrestados, nadie renunciaría al otro.

Solo por la descripción de Nofal, las protestas en las que participaron fueron mortalmente serias y las medidas que tomaron para enviar las imágenes de las violaciones de derechos humanos fuera del país, parecían un juego de subterfugios que no estaría fuera de lugar en una novela de John Le Carre. Sin embargo, al ver algunos de los videos filmados por Nofal y su incipiente comité de coordinación, uno se sorprende de lo jóvenes que eran estos revolucionarios. 

En uno de los videos, los estudiantes corean consignas revolucionarias en el patio de su escuela. Aunque los cánticos son solemnes y los estudiantes decididos, la pancarta revolucionaria que se sostiene frente a la cámara está escrita en un trozo de papel perforado arrancado de un cuaderno, y los niños se mueven, jubilosos. Algunos parecen no tener más de diez años. 

Aún así, Nofal no exageró cuando dijo que “las consecuencias de sus protestas podrían ser mortales, incluso para los escolares”. Los soldados pronto irrumpieron en su escuela en una redada grabada en video. «Me pueden ver arrojando piedras a los soldados cuando entraban, hasta que me di cuenta de cuántos eran y comencé a correr», dijo riendo.

Un video de seguimiento muestra a los estudiantes sentados en una fila en el suelo, con la cabeza gacha. «Los soldados disparaban al suelo. Pensé que nos estaban ejecutando uno por uno y yo era el siguiente. Luego nos golpearon con tiras de neumáticos y cadenas. Tuve que quedarme en cama durante los siguientes veinte días», declaró Nofal. Otras formas de activismo fueron más tranquilas, con menos intenciones políticas detrás, pero aún así revolucionarias. 

Musaab Al Abdullah —un seudónimo—, un sirio de 40 años de Palmira que desde entonces se encuentra desplazado al noroeste de Siria, trabajó como guía turístico y mesero en el restaurante de su hermano antes de la revolución. Una vez que comenzaron las escaramuzas militares, Abdullah comenzó a ayudar a las personas desplazadas a encontrar refugio y les dio comida. Coordinó la asistencia únicamente a través de sus amigos, temeroso de buscar ayuda públicamente para no llamar la atención de las fuerzas de seguridad del régimen por «ayudar a los partidarios de la revolución», dijo a The New Arab

Después de su desplazamiento a la zona controlada por la oposición, liberado de las limitaciones por la vigilancia del régimen, Abdullah intensificó su trabajo humanitario. Comenzó a escribir en las redes sociales, sobre casos médicos urgentes en su comunidad  utilizando el inglés que había aprendido como guía turístico para comunicarse con otros activistas en el extranjero y con aquellos que simpatizaban con la causa siria para obtener apoyo financiero y material para estos casos. 

Ahora es conocido como un ayudante en su comunidad, y a menudo se le acercan familias necesitadas para conseguir asistencia. Conecta a estas familias con organizaciones de ayuda activas en la zona o genera suficiente atención en las redes sociales para dar a conocer su caso. En uno de esos casos, un bebé sufría de inflamación pulmonar y necesitaba un tratamiento médico que sobrepasaba la capacidad de las clínicas locales. Después de que logró movilizar a los activistas en torno a la causa del bebé, el niño pudo ir a Turquía para recibir el tratamiento médico. En su último acto humanitario, pudo asegurar una silla de ruedas para un niño discapacitado local. 

Roman dijo que “a menudo eran las iniciativas locales, que pasaban desapercibidas, las que marcaban la mayor diferencia sobre el terreno, no las soluciones impuestas desde arriba por las grandes potencias o las asociaciones políticas”. Recordó un caso en el que una organización de oposición local en Homs pudo cerrar las brechas con los partidarios del régimen en la zona y negociar con éxito los intercambios de prisioneros con las fuerzas del régimen. 

«Cuando Estados Unidos les preguntó qué necesitaban, respondieron: “¿Pueden traernos botellas de whisky?'», dijo Roman. Incrédula, les preguntó para qué podrían necesitar whisky, a lo que le dijeron que el trueque de whisky era la forma en que podían sacar a los presos de la cárcel. En otro caso, la organización de oposición en Homs planteó la idea de un programa de recompra de armas para reducir la violencia en la zona. 

«A nivel local, la gente estaba negociando y hablando entre sí todo el tiempo. Siempre que había una solución, era porque la gente en el terreno veía una necesidad y la resolvía por sí misma», dijo. 

Diez años después: ¿ahora qué? 

La escala de destrucción en Siria después de una década de guerra es difícil de comprender. Al describirlo, el desafío no es buscar los números para explicar la brutalidad de la guerra; están disponibles. En cambio, el desafío es elegir en qué aspecto particular de la destrucción del país enfocarse. ¿Deben las conmemoraciones de la guerra centrarse en los más de 600.000 muertos? ¿los millones de desplazados? ¿la hambruna provocada por el hombre o el arrasamiento de gran parte de los edificios y monumentos históricos?

En cambio, una década después, el manantial de creatividad y acción humanitaria que inspiró la revolución no se agotó. Para documentar sus experiencias y las violaciones cometidas contra ellos, los sirios se unieron para formar una sociedad civil próspera. Las iniciativas de los medios de comunicación locales que no se someten a la censura, las organizaciones humanitarias lideradas por Siria que salvan a miles de personas de condiciones horribles y las búsquedas de justicia que llevaron a los criminales de guerra a los jueces, son productos continuos de la revolución. 

Por su parte, a pesar de las pérdidas que sufrió, Waleed Al Nofal está decidido a continuar con su activismo, con la esperanza de volver a casa algún día y desenterrar los recuerdos que enterró hace tanto tiempo. 

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William Christou es un periodista de MENA que cubre la política del Levante y el Mediterráneo, e investigador del Orient Policy Center. Anteriormente, trabajó como periodista con Syria Direct en Amman, Jordania.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por The New Arab el 15 de marzo de 2021.