La historia de Sultana

Por Dellair Youssef para Syria Untold

Postal de 1963, Damasco. [CharlesFred/Creative Commons]

Sultana era la hija mayor de Nuri, quien murió en 2009 después de vivir casi 100 años, la mayor entre tres hermanos y una hermanita. Casaron a Sultana a los 14 años con Al Mullah Muhammad Neyo, mi abuelo.

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Había estado jugando con barro detrás de su casa hecha de barro cuando se casó con su primo, que era 13 años mayor que ella. Se fue a vivir a otra aldea, en la casa de su cuñado, que era dueño de tierras agrícolas allí. Después de eso, se mudó a otra aldea en la misma zona, donde su esposo encontró trabajo como sheikh (n.d.t.: líder religioso musulmán) en la mezquita. Se quedaron allí solo dos años, ya que a mi abuelo no le gustaba trabajar como sheikh y viviendo de las donaciones de los pobres. Decidió mudarse a Qamishli. Sultana regresó, sin su esposo, a la aldea de su cuñado para esperar hasta que Mullah encontrara trabajo en la ciudad. Fue en ese pueblo donde dio a luz a su primer hijo, mi padre.

Durante el primer año de mi padre, el esposo de Sultana se unió al primer partido kurdo y fue una de las primeras figuras políticas kurdas en Siria. La pequeña familia pronto se unió a él en Qamishli, instalándose en un barrio en las afueras de la ciudad. Mi abuelo trabajaba como empleado de uno de los sheikhs allí. Su primera hija, mi tía abuela, nació. Diez días después, mi abuelo fue arrestado en Alepo durante una de las misiones de su partido. Lo trasladaron a la prisión de Mezzeh en Damasco. Esto fue durante el período de unificación entre Siria y Egipto. Gamal Abdel Nasser, quien fundó las ruinas en las que ahora vivimos, estaba a cargo de Siria.

La detención de Mullah duró seis meses, aunque permaneció en juicio durante un año y medio, lo que lo obligó a permanecer en Damasco para comparecer ante el tribunal cada semana. No tenía dinero para visitar Qamishli y regresar con regularidad. Así que encontró trabajo en una fábrica de ropa en el barrio Sheikh Khaled Rukn al Din de Damasco. Al mismo tiempo, Sultana ya no podía pagar el alquiler de la casa en Qamishli, por lo que regresó a la casa de su padre en su remota aldea fuera de la ciudad. Su padre murió después de su regreso.

Cuando Siria se separó de Egipto y la unión se disolvió, el nuevo gobierno sirio emitió una amnistía general para los convictos. Y entonces mi abuelo regresó a su nueva casa. La familia volvió a Qamishli y alquiló una casa nueva en el barrio de Qodorbak, donde mi abuelo hacía zapatos. Pero poco después, el mukhabarat (n.d.t.: Dirección de Inteligencia Militar siria) regresó para perseguirlo, obligándolo a irse y esconderse entre las aldeas.

Durante esos días, cuando visitaba a la familia en secreto, las fuerzas de seguridad allanaron la casa y lo arrestaron de nuevo. Lo llevaron a Habsa Rash (‘La Prisión Negra’) en Qamishli. Esto fue en 1962. Lo liberaron después de 40 días. Posteriormente, se unió al movimiento kurdo en el Kurdistán iraquí. Sus deberes incluían transportar a periodistas a las montañas y entregar suministros médicos y, a veces, armas.

Sultana regresó a la casa de sus padres una vez más para vivir con su madre. No tuvo sostén familiar durante este tiempo. Después de varios meses, decidió mudarse a Qamishli otra vez por el bien de su esposo. Viajar a Qamishli es más fácil que a las aldeas; mi abuelo se movía entre ambos lados de la frontera como un lobo.

Ella pidió prestado mucho dinero para preparar la casa en Qamishli, hasta que nació su tercer hijo en 1964. Cuando cumplió los seis meses, el acoso de la seguridad aumentó y ella se fue de la ciudad con sus hijos. Se establecieron en la aldea de Shuri, que pertenece al clan Kikan. Pensaron que el gobierno no los encontraría allí, en medio del caos de seguridad que envolvía a gran parte del país en ese momento.

Pero un agente del mukhabarat los vio y lo informó. Allanaron la casa un día mientras la familia estaba comiendo su comida suhur (n.d.t.: comida que se ingiere antes del amanecer en el mes de Ramadán), durante el Ramadán. Derribaron la puerta de la casa y entraron. El hermano de Sultana, de 10 años, vivía con ellos en ese momento. Imaginalo: una mujer y cuatro niños, y personal de seguridad atacando la casa. Se quedaron en la casa durante horas, golpeando e insultando a la familia. Golpearon a los niños, así como a la propia Sultana mientras sostenía a su bebé.

El pequeño pueblo estaba vacío. Después de que los residentes se enteraron de que las fuerzas de seguridad habían allanado una de las casas, huyeron a los campos y tierras de cultivo circundantes. Los guardias de seguridad los amenazaban a diario y los llevaron a la prisión de Ghweiran en Hasakeh. Hicieron a los niños caminar con ametralladoras apuntándoles, Sultana caminando detrás de ellos. Le dijeron a la familia que nunca regresaría a su hogar.

Los detuvieron frente a un vehículo militar y se dirigieron hacia una mujer que pasaba por el pueblo cargando agua. Tres soldados se quedaron con Sultana y sus hijos mientras cuatro se dirigieron hacia la extraña mujer. Le preguntaron a la mujer por el marido de Sultana, si conocía a Mullah. La mujer respondió que los soldados eran una desgracia por acosar a una madre y a sus hijos. Esto enfureció a los soldados, que golpearon a la mujer, rompiendo su cántaro y ensangrentando su rostro.

Escuché esta historia docenas de veces, hasta el punto de que casi siento como si estuviera allí, como si pudiera ver todo lo que pasó. Veo acercarse al joven, un pariente de la mujer golpeada, tratando de defenderla. Lo atraparon y lo ataron después de golpearlo también, luego le dijeron que golpeara a Sultana y a sus hijos si quería sobrevivir. El niño se negó, por lo que lo golpearon más fuerte. Sultana trató de protegerlo a pesar de su debilidad, pero solo lo golpearon más. Le rompieron la mandíbula con los pies y la sangre fluyó como ríos. Los soldados dejaron la vista de la sangre, sin decir nada más que insultos, que Sultana se avergonzaba de mencionar al volver a contar esta historia.

Trató de ayudar al niño todo lo que pudo, pero no pudo detener su hemorragia. Los residentes de la aldea vinieron a ayudar después de ver salir al personal de seguridad. Llevaron al niño en un carro a un médico en el pueblo de Darbasiyeh.

El invierno siguiente, las visitas de los agentes de seguridad aumentaron. Hacía mucho frío y los agentes allanaban su casa cada cuatro días. Sultana solía contar los días así: uno, dos, tres, cuatro —hoy es el día de la redada. No sabía dónde estaba su esposo. Podría haber estado en las montañas, o incluso en el campo detrás de la casa. Podría haber estado en cualquier parte.

Sultana ya no pudo soportar el acoso. Se lo contó a su madre Nuri. Nuri le pidió a un familiar que tenía un camión que ayudara a Sultana y a sus hijos a mudarse a Qamishli una vez más. Dos hombres de Amouda vinieron para ayudar a las mujeres a mudarse. Después de conducir durante algún tiempo, el camión se averió en el pueblo de Tal Karmeh a causa de la helada.

Previo a esto, Nuri tuvo que obtener la aprobación de las autoridades distritales para trasladar la casa de su hija Sultana, que solo tenía 22 años y ya había dado a luz a tres hijos.

El director de seguridad del pueblo no les permitía mudarse antes de obtener el permiso oficial. Las cosas estaban tensas en ese momento. El gobierno baazista estaba comenzando a planificar e implementar el proyecto del llamado ‘Cinturón Árabe’ que se extiende a lo largo de 250 kilómetros de la frontera sirio-turca, con una profundidad de 15 kilómetros en territorio sirio. El objetivo era separar a los kurdos de ambos lados de la frontera entre sí. Los kurdos de la zona llamaron a la frontera la ‘línea’, en honor a la antigua línea de ferrocarril que formaba la frontera entre Siria y Turquía y separó a las familias cuando fue construida —estaban las familias ‘encima de la línea’ y aquellas ‘debajo de la línea’. Como parte del proyecto del Cinturón Árabe, el gobierno sirio trajo a familias étnicamente árabes, la mayoría de las cuales eran de la cercana Raqqa, y estableció asentamientos para que ocuparan tierras de cultivo de posesión kurda. Unos 120.000 kurdos fueron privados de los derechos asociados con la ciudadanía siria, incluida la educación y la atención médica, ya que eran “un pueblo sin una historia, una civilización, idioma u origen étnico, y son distinguidos solo por la fuerza y ​​la violencia”, según un informe escrito por Muhammad Talab Hilal, el jefe de la unidad de policía política en el noreste de Siria en ese momento.

En la década de 1970, el gobierno sirio envió a más de 25.000 agricultores árabes cuyas tierras se inundaron después de la construcción de la presa de Tabqa a vivir en el Cinturón Árabe. El gobierno construyó 33 aldeas —o unidades de vivienda, como eran llamadas— para alojar a los recién llegados, equipadas con agua, electricidad, escuelas, carreteras y comisarías, mientras que las aldeas kurdas existentes fueron privadas de esos servicios. Esto se sumó a una política de arabización en la que las autoridades sirias cambiaron los nombres kurdos originales de las ciudades, pueblos y aldeas locales por nombres árabes. También estaba prohibido dar nombres kurdos a los recién nacidos.

Cuando Sultana solía contarnos todo esto, recordaba todos los números y fechas. Nos decía que quien prueba la injusticia no puede olvidarla. Estos eventos son una parte integral de la historia de Sultana, esta injusticia que los kurdos de Siria heredaron de generación en generación.

El camión se averió en Tal Karmeh a causa de la helada. Alguien necesitaba verter agua caliente sobre el motor para que pudiera ponerse en movimiento de nuevo. Pidieron gasolina y algo de agua a la gente del pueblo, pero los residentes tenían miedo de ayudar. En aquellos días la gente tenía miedo de todo —incluido ayudar a extraños en la carretera, por miedo a que esto los hiciera ser buscados por las fuerzas de seguridad.

Por ejemplo, durante una de las muchas mudanzas de Sultana, construyó su propia casa de barro sin ayuda de nadie más. Nadie se atrevió a ayudar a la esposa de un hombre buscado por la seguridad. Sola, transportaba trigo, hacía pan, iba a buscar agua y cuidaba de sus hijos.

La historia de Sultana es parte de la mía. No quiero decir que la historia me pertenece per se, pero es parte de mi memoria, a pesar de que no la viví yo mismo. Es parte de mi familia, parte de mí. Mi abuela Sultana solía contarnos estas historias cada vez que se cortaba la luz y nos reuníamos en la oscuridad. Hablaba, hablaba y hablaba, sin cansarse de las palabras. Tenía miedo de que la historia se perdiera y nosotros nos perdiéramos con ella. Estas historias me formaron, hasta que comencé a sentir que eran mis propias historias, como si yo mismo pudiera reconocer el rostro del oficial de seguridad cuando tomó al bebé de las manos de Sultana y lo arrojó al suelo. Podría distinguir el olor del soldado que le pateó la cara. Esto es parte de mi memoria, la memoria del Estado baazista.

Volviendo a la historia de Sultana: el camión se averió en Tal Karmeh. Cuando perdieron la esperanza de que los residentes del pueblo los ayudaran, no tuvieron más remedio que descargar las pertenencias de la familia para poder encontrar su cocina a gas, que estaba guardada en lo profundo del camión detrás de todo lo demás. Uno de los conductores fue a buscar agua del río cercano, que calentaron en la cocina. Así es como resolvieron el problema y terminaron su camino hacia Qamishli.

Al principio, alquiló una casa en la zona de Hilaliyeh. En ese momento, Hilaliyeh estaba ubicada a lo largo de la frontera con Turquía, fuera de la ciudad y rodeada de campos por todos lados. No fue fácil obtener agua potable en la ciudad, que se expandió durante las siguientes décadas y se convirtió en parte de la ciudad de Qamishli. Sin embargo, solo dos meses después de mudarse a Hilaliyeh, Sultana encontró un hogar en el área de Ashi Buzi, viviendo en esa casa por solo tres meses. Posteriormente regresó a su antiguo hogar en el barrio de Qodorbak.

Sultana vivió en Qodorbak hasta el golpe de Estado de 1974 de Saddam Hussein contra el acuerdo de autonomía de los kurdos en Irak. Tenía seis hijos. Hasta entonces, al comienzo de cada verano, solía visitar a su esposo en las montañas del Kurdistán iraquí, con sus hijos a cuestas y con la ayuda de los peshmerga (n.d.t. combatientes kurdos). Se quedaría allí durante tres meses antes de volver a casa.

El esposo de Sultana, mi abuelo, sirvió en las filas de la revolución kurda. La revolución de Mustafa Barzani. Mi abuelo era un hombre pacífico. Llevaba un arma, pero no le gustaba pelear, por lo que sus funciones se limitaban a ayudar a los periodistas y asegurar la vestimenta, la comida, el agua y otros suministros. Teníamos una foto de él de pie junto al presidente iraquí Jalal Talabani. En realidad, había tres hombres en la imagen: mi abuelo en el lado izquierdo de la foto, luego un hombre cuyo nombre olvidé y en el medio está Talabani. La nieve cubre el suelo. Llevan ropa peshmerga.

Tras la firma del Acuerdo de Argel entre Irán e Irak, se anunció que el acuerdo de autonomía que se había firmado cinco años antes entre Barazani y el gobierno iraquí en Bagdad era cancelado. Así es como anunciaron que la revolución kurda había fracasado, como todas las demás revoluciones kurdas antes y después. ¿Debería hablar de todas las revoluciones kurdas fallidas, de las que solíamos contar historias en secreto en nuestros hogares? ¿Debería hablar de la revolución de Sheikh Saeed, la rebelión de Dersim, las revueltas de Barzanji, el levantamiento kurdo de 2004 en Siria, el último de los cuales fui testigo yo mismo? Tal vez otro día.

Era 1975. El fracaso de la revolución kurda recién había sido anunciado, y mi abuelo se enteró de que los Países Bajos estaban preparados para recibir a 740 familias kurdas, que él y su familia también podían ir, si querían. Pero mi abuelo se negó, creyendo que esta medida haría más daño que bien a los kurdos y la lucha por sus derechos.

Y así, regresó a su familia en Qamishli. Pero las fuerzas de seguridad sirias estaban esperando. Había vigilancia e interrogatorios constantes, casi a diario. Decidió mudarse con su familia a Damasco, donde encontró trabajo vendiendo ropa usada desde un puesto móvil en el área de la Plaza Marjeh en el centro de la ciudad. Luego alquiló una dukkaneh, un almacén, en Revolution Street, que es donde todos nosotros crecimos.

En Damasco, convocaban a mi abuelo para un interrogatorio de seguridad todas las semanas, a pesar de su retiro del trabajo político. Les dijo que la revolución kurda había fracasado, que ahora lo único que quería era criar a sus hijos. Pero siguieron convocándolo y eventualmente lo pusieron bajo arresto domiciliario. Se le prohibió salir del país sin aprobaciones de seguridad que eran difíciles de obtener. Logró salir de Siria solo dos veces después de eso, y solo con la ayuda de muchos intermediarios, con muchas complicaciones e interminables investigaciones. Murió en 2007, despedido por un gran funeral en Qamishli celebrado por respeto a su historia de resistencia.

Antes de todo eso, su casa en Damasco estaba en la colina más alta de la parte kurda del barrio de Rukn al Din. No tenían dinero para alquilar una casa en ningún otro lugar. Tomaba media hora subir a su casa a pie, caminando porque los autos no podían llegar tan alto.

Mientras Al Mullah continuaba trabajando, la familia encontró una sensación de relativa estabilidad. Su situación financiera mejoró un poco. Finalmente, pudieron comprar una casa de dos habitaciones en la colina, a una altura menor que la anterior. Eran nueve personas: siete hijos, Sultana y su marido. Y sin embargo, la casa nunca estuvo sin invitados. Cuando llovía, la casa se inundaba. Vivieron allí durante cinco años, hasta que pudieron comprar una parcela de tierra más cerca de la carretera principal. El negocio de la ropa resultó rentable. Y entonces compraron un terreno con uno de los socios de Mullah, un lugar en donde las casas de la colina solían tirar la basura. Limpiaron el terreno y construyeron el edificio en el que vinieron a vivir. Ahí es donde nací.

Después de años de trabajar en el comercio de ropa de segunda mano, lavando, planchando y vendiendo ropa, la municipalidad prohibió la venta de ropa usada en 1996. Años después, la ropa de segunda mano volvió a las calles, pero para entonces la suerte de mi familia se había acabado.

Después de 1996, la familia pasó de vender ropa de segunda mano a vender cinturones de cuero, calcetines y ropa de verano. La dukkaneh de mi abuelo todavía estaba allí, y la mercadería cambiaba cada dos años hasta que el gobierno decidió cerrar todas las tiendas como esa en 2004. El gobierno demolió la tienda y todo el mercado que la rodeaba, convirtiendo el área en un feo parque. No compensaron a nadie por la pérdida. Así es como cientos de familias perdieron su única fuente de ingresos.

Mullah murió en 2007. Mi abuelo murió en 2007 después de visitar las prisiones sirias docenas de veces. Murió después de crearse una leyenda para sí mismo, un día, entre los pueblos kurdos, después de convertirse en una historia que las abuelas contarían a sus nietos.

Una de las historias dice así: mi abuelo y algunos de sus amigos revolucionarios una vez atacaron el convoy del injusto qaimaqam, el gobernador local, y se llevaron todo lo que el hombre había estado transportando consigo de camino a la ciudad de Derik. Las fuerzas de seguridad se volvieron locas, arrestando a todos los hombres en el área sin lograr encontrar a mi abuelo.

Finalmente lo detuvieron en el pueblo de Jal Agha y lo trasladaron a Tal Kojer. Allí fue torturado tan severamente que perdió la audición en su oído izquierdo. De allí lo trasladaron a Qamishli. Él y su compañero intentaron escapar cerca de la aldea de Jimaayeh, pero fracasaron.

Pero luego, mientras llegaban a su último punto antes de terminar su escape, mi abuelo saltó del auto y se dirigió hacia el área de Bashiriyeh de Qamishli. Las fuerzas de seguridad intentaron alcanzarlo, pero fue en vano. Huyó a una casa, donde lo escondió una mujer. Ella le dio ropa de su esposo y lo ayudó a huir hacia la frontera turca, escondido en el automóvil de un residente kurdo local. Los agentes de seguridad más tarde arrestaron a la mujer y al dueño del automóvil, así como a muchos hombres de la localidad, pero no pudieron llegar a mi abuelo. Se convirtió en un héroe popular local. La gente llamó a sus hijos Muhammad Niou en honor a él.

Ahora escribo sobre Sultana, pero ¿por qué escribir su historia y volver a ella una y otra vez, y no simplemente contar la historia de su marido con lujo de detalles? Después de todo, él es el héroe, del que la gente habla. ¿No es él quien se sentó al frente de todas las reuniones a las que asistió, el que vivió en el centro de atención mientras Sultana permanecía en las sombras? Pero no creo todo lo que veo. Sultana fue el origen de la historia. Ella fue la piedra angular sobre la que mi abuelo construyó su leyenda. Cuando estuvo cansado, fue hacia ella. Ella le dio un hogar cuando dormía al aire libre, el calor de su sangre derritiendo la nieve. Sultana es el origen de nuestra historia y su marido no hizo más que buscar el sentido —el sentido de su vida, su idea de una supuesta patria. No entendió el valor de lo que ella le dio hasta los últimos días de su vida. Quería finalmente besarla como sintiéndolo en serio, pero ella se negaba cada vez que lo intentaba. Ella solía decir que llegaba demasiado tarde, que debería haberlo intentado 50 años antes, 40 años, 20 años, que ahora no le quedaba nada más que hacer que preparar una tumba cómoda para que él descansara en un sueño eterno.

No quiero decir que desperdiciara su vida lejos de ella. Es cierto que no creo en el nacionalismo. Pero por lo que luchó no fue exactamente nacionalismo —luchó contra la injusticia. Así es como lo veo yo. Si la revolución era nacionalista, que así fuera, pero la injusticia es lo que empuja a la gente a la revolución en primer lugar. Si los kurdos no hubieran estado oprimidos, no habrían iniciado una revolución. ¿No son las revoluciones explosiones ante la injusticia?

Por 15 años, ella sola recibió las palizas de los agentes de seguridad y se enfrentó a sus preguntas e investigaciones casi a diario, antes de trasladarse a Damasco. Ella estuvo amenazada toda su vida. Recuerdo a los agentes de seguridad viniendo a nuestra casa en Damasco semanalmente para hacerle sus estúpidas preguntas hasta que dejé Siria en 2011. ¿Cuántos hijos tiene? ¿Cuáles son sus nombres? ¿Desde cuándo vive en Damasco? Todas las semanas las mismas preguntas. Los miembros mayores de la familia en la casa escondían a los niños —mis hermanos, primos y yo, cada vez que un estúpido agente de seguridad venía con su gran cuaderno.

Uno de los agentes, el que venía a nuestra casa con más frecuencia en esos últimos años, parecía un agente de inteligencia de los que se ven en las películas. Gran barriga, gran cuaderno y preguntas estúpidas como si la idiotez goteara de su rostro. Escuchábamos a escondidas desde un agujero en la puerta, mientras el resto de la familia temía que uno de ellos dijera algo incorrecto, algo que el idiota escribiera en su cuaderno idiota, y luego desaparecieran en la cárcel durante años.

Sultana no tenía amigos de su edad cuando era joven. Ella solía decirnos que era mejor relacionarse con personas mayores. Los ancianos protegen contra la mala reputación, mientras que los jóvenes brindan una compañía de mal gusto. Una de las mujeres contaba un chiste sobre sus maridos, y un chiste daría lugar a otro. Entonces Sultana mencionaría a su propio marido lejano, y la gente olvidaría los chistes y recordaría lo que dijo la esposa del político revolucionario. Siempre se vio a sí misma por debajo de los demás, en lo que respecta a la felicidad, las bromas y las risas. Todos tenían hombres y todos sus hijos tenían padres, excepto ella y sus hijos. Hizo todo por su cuenta y vivió sola. Quizás por eso tuvo tantos hijos. ¿Los dio a luz para su propio consuelo, o porque su marido quería que muchos hijos contaran su historia?

Una vez le pregunté, cuando terminó de relatar una de sus historias que contó mil veces, si estaba satisfecha con cómo resultó su vida. Ella respondió que pasó toda su vida cansada y oprimida pero con dignidad y buena reputación. Enfatizó la palabra dignidad. Dijo que quien no tiene dignidad no tiene sentido en la vida, que la gente la recordaba como una buena mujer y nadie decía nada malo de ella. Ella estaba contenta.

Un propietario una vez la desalojó de la casa que alquilaba. Bueno, no la desalojó exactamente, pero le dijo a su esposa que estaba cansado de todas las investigaciones del mukhabarat y las constantes visitas de seguridad. La esposa transmitió esta información a Sultana. No podía soportar este sentimiento, así que salió de la casa tres días después sin decir una palabra y encontró otra casa de una habitación para alquilar. Fue una frase que cambió los detalles de su interminable vida.

Sultana solía decirnos después de cada historia que lo había olvidado todo. Nos dijo que su vida había sido un largo e interminable tormento, pero que a pesar de todo, amaba a mi abuelo. Lo amaba y lo soportó todo por su bien, aunque se avergonzaba de él en su juventud. En esos primeros días, su relación se parecía a la de un padre y una hija. Él era 13 años mayor que ella. Se sentía tímida a su alrededor, avergonzada por su presencia dominante. El gran hombre. El héroe. La leyenda. Más tarde, cuando se establecieron en Damasco, los dos se hicieron amigos. Hablaron de todo. Él empezó a llevarla al cine, donde encontró una magia que la transportaba a otros lugares. Aprendió que había un mundo más grande de lo que podía imaginar, que la vida misma era mucho más expansiva de lo que jamás pensó. Podía recordar la película de Omar Mukhtar como si todavía la viera frente a sus ojos. Sultana amaba, a pesar de la vida difícil y bastante restringida que vivía dentro de un vasto mundo. Quería abrir los ojos a este mundo. No podía hacer esto por sí misma, así que hizo a sus hijos, sus ojos. Sultana se obligó a pasar hambre para poder enviar a sus hijos a la escuela. Quería que aprendieran, que crecieran y vieran el mundo, que vivieran vidas mejores que la que ella vivió. Quería que sus hijos fueran filósofos. Siempre solía decirnos esto. Quería que fueran ojos para ella y otros kurdos.

En los últimos años de su vida, Sultana vivió en Qamishli con su hija. Visitaba la casa vacía en Damasco siempre que tenía la oportunidad. Su casa, que a lo largo de los años estuvo llena de invitados y comida, quedó silenciosa y polvorienta después de que sus hijos y nietos se fueran. Ella solía decirnos que nunca se sentía a gusto excepto en esa casa en Damasco, que la casa era su patria.

A menudo repetía el dicho kurdo: “Damasco es dulce como el azúcar, pero la patria es más dulce”. Yo le preguntaba: “¿Dónde está tu patria?” “Aquí, esta casa es mi patria”. “Pero esta casa está en Damasco”, decía yo con malicia. Ella respondía: “Damasco es mi patria”.

Sultana murió en Qamishli el primer día de 2020. Fue enterrada junto a su compañero de vida, su esposo y querido, mi abuelo Al Mullah Muhammad Niou.

 Cuando recibimos la noticia, estaba reunido con mis hermanos, mi padre, mi hija y mi pareja en una pequeña ciudad del este de Francia para celebrar el año nuevo. Era la primera vez que nos reuníamos todos desde 2004, el año en que mi hermano mayor huyó de Siria. Un día después, mi hija tuvo que ir al hospital con un terrible virus. Allí permaneció por seis días, los más difíciles de mi vida. No fue fácil ver las máquinas contar sus respiraciones y latidos todo el día y la noche.

No tuve tiempo de duelar adecuadamente a Sultana. Estuve ocupado con mi hija enferma y mi vida en el exilio, que todavía no puedo dominar. Mucho tiempo pasó desde la muerte de Sultana. Quizás ahora pueda llorar a mi abuela y dedicarle este texto mientras cuento parte de su historia a extraños que nunca la conocieron.

Dijeron que durmió la noche anterior a su muerte en la casa de uno de sus parientes en el barrio de Hilaliyeh. Se despertó temprano y caminó hasta la casa de su hija, quejándose de dolor en el pecho y pidiéndoles que la llevaran al hospital cercano. Murió antes de llegar al hospital, a los 77 endurecidos y cansados años.

[Se prohíbe expresamente la reproducción total o parcial, por cualquier medio, del contenido de esta web sin autorización expresa y por escrito de El Intérprete Digital]

Dellair Youssef es Licenciado en Ecología por la Universidad de Damasco. Es periodista, escritor y cineasta. Dirigió numerosas películas, incluyendo The Princes of The Bees, Exile, Banyas: The Beginnings y Clothesline.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Syria Untold el 10 de julio de 2021.