¿Realmente necesitamos el ‘empoderamiento de las mujeres’?

Por Shaikha Al Hashem para The New Arab

Michael R. Pompeo con mujeres líderes sauditas en Riad, Arabia Saudita [Ron Przysucha/Wikimedia Commons]

Durante la última década, vimos un aumento en los planes de desarrollo nacional y las visiones aspiracionales en la región de Medio Oriente y el Norte de África (MENA), y especialmente en los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).

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Estas declaraciones de visión están escritas en lenguaje corporativo con especial énfasis en la diversificación de la economía. También, están alineadas con las agendas de desarrollo internacional y casi todas involucran a organizaciones como el Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Banco Mundial, ONU Mujeres y sus diversas ramas de ONG.

En el corazón de estas visiones, el papel de la mujer se convirtió en la agenda diaria, y aparentemente ‘agregar a las mujeres’ es ahora sinónimo de progreso, modernidad e ilustración. Pero, ¿quién escribió estos programas y su visión realmente representa un ‘progreso’? La mentalidad de sociedad de mercado que predican fue escrita por firmas blancas de consultoría de gestión global que se centran en un sector privado eficaz y proactivo que produce y reproduce el capitalismo. Como resultado, el empoderamiento de las mujeres se vincula a la noción de espíritu empresarial. Así como las declaraciones de la visión nacional están redactadas en un lenguaje corporativo, la inclusión de las mujeres y el ‘empoderamiento de las mujeres’ abundan en la literatura académica y política.

El Objetivo de Desarrollo Sostenible para 2030, número 5, estipula el logro de la igualdad de género y el empoderamiento de todas las mujeres y niñas. Los siete Principios de Empoderamiento Económico de ONU Mujeres se redactaron para coincidir de lleno con los deseos de las corporaciones multinacionales y las empresas comerciales que recientemente incluyeron programas de empoderamiento de la mujer en sus planes de capacitación y desarrollo.

Actualmente, las organizaciones de la sociedad civil, las ONG y las campañas políticas en MENA incorporaron el empoderamiento de las mujeres en sus agendas. Los principales medios de comunicación también capitalizan excesivamente este término y nos presentan una visión de cómo es una mujer empoderada. Además, la imagen que los medios de comunicación y el feminismo estatal y corporativo tienen de la mujer empoderada es aquella en la que ésta consigue sin esfuerzo ser líder hecha a sí misma, madre y empresaria a la vez. Los Estados del Golfo incluyeron esta versión de las mujeres —que no descuenta los deberes domésticos— en sus agendas, según la voluntad del mercado global.

No sorprende entonces que estas ‘mujeres empoderadas’ representen con demasiada frecuencia los intereses del dominio occidental en la región MENA y sus socios árabes de élite.

El colonialismo se presenta de muchas formas, pero las mujeres colonizadoras siempre fueron y siempre serán el fetiche de los colonizadores. En su libro, A Dying Colonialism (Un colonialismo moribundo), Frantz Fanon describe cómo para “destruir la sociedad argelina, [y] su capacidad de resistencia”, la administración colonial tuvo que “conquistar a sus mujeres”, infiltrándose en la esfera privada y atrayéndolas con la ‘liberación’ del velo.

De hecho, el velo siempre fue percibido como un símbolo de atraso y tradición que los esfuerzos coloniales trataron de destruir con saña. Hoy, los esfuerzos coloniales  —disfrazados de regímenes neoliberales y programas de desarrollo— aseguran la perpetuación moderna de tales esfuerzos.

El artículo de Mayssoun Sukarieh ‘El fenómeno de la primera dama’ dice precisamente eso, ya que compara a Naglaa Mahmoud, la esposa del ex Presidente de Egipto, Mohammed Morsi, con la Reina Rania de Jordania y Asmaa Al Asad de Siria. Sukarieh muestra cómo la representación mediática de Naglaa Mahmoud se asemejaba al atraso, un retorno a la tradición y un ejemplo de desempoderamiento, mientras que la reina Rania y Asmaa Al Asad fueron retratadas como símbolos de modernidad, progreso y empoderamiento.

Las mujeres de las que se rodean la Reina Rania y Asmaa Al Asad en sus diversas ONG provienen de los mismos antecedentes culturales, de clase y —en su mayoría occidentales— educativos, cuyo objetivo es mantener el status quo. En MENA y especialmente en los Estados del Golfo, vemos a muchas mujeres admirar el modelo Reina Rania. Pero esta versión de una mujer empoderada es de hecho excluyente y, fundamentalmente, inaccesible para la mayoría. Si bien las ONG y la sociedad civil invitan a participar a las mujeres de la clase trabajadora, se espera que aspiren a convertirse en la mujer empoderada de la élite. En lugar de alentarlas a reflexionar sobre su propia definición de empoderamiento, se ven impulsadas a unirse a rígidos programas de capacitación en liderazgo, emprendedores y gerenciales diseñados para servir los intereses de las agendas neoliberales blancas y marcar los criterios de ‘mujeres empoderadas’.

Muchos de estos programas no solo son inaccesibles, sino que también son inaccesibles para la mayoría de las mujeres. Además, no abordan los problemas estructurales impuestos por los sistemas patriarcales y casi nunca apoyan a las mujeres para enfrentar, por ejemplo, la explotación o la violencia.

Además, empoderarse requiere que las mujeres reciban el poder, en lugar de encontrarlo como algo inherente. Y ese es el papel de estas instituciones neoliberales: a través de sus informes plantean un criterio reduccionista para el empoderamiento de las mujeres, la mayoría de las veces alineado con los intereses nacionales. A las mujeres se les niega la capacidad de elegir por sí mismas, pero deben estar dispuestas a aceptar la voluntad de los demás.

Debido a que el lenguaje del derecho y la política fue escrito predominantemente por hombres y para hombres, las mujeres tuvieron poco o ningún espacio para escribir en sus propios términos. El camino de las mujeres hacia la esfera pública a través de programas de ‘empoderamiento’ se convirtió en la única manera de practicar alguna forma de agencia y ganar derechos en los dominios sociales, económicos y políticos, por marginales que sean.

No escribo esto para desanimar a las mujeres que podrían beneficiarse de tales programas, pero sí nos invito a repensar y cuestionar este término, para que algún día podamos realizar todo nuestro potencial.

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Shaikha Al Hashem es una escritora e investigadora de Kuwait que se centra en las mujeres, los trabajadores migrantes y la economía política. También es candidata a doctorado en The European Graduate School, en el Programa de Filosofía, Arte y Teoría Crítica (PACT). Su especialización es en estudios de mujeres y género.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por The New Arab el 5 de marzo de 2021.