¿Qué significa ser árabe-norteamericano? Lecciones perdidas de Sumayeh Attiyeh

Por Zaina Ujayli para The New Arab

Inmigrantes árabes durmiendo en las calles de Nueva York, 1889 [Kelly Short/Creative Commons]

Comentario: Cómo elegimos contar nuestra historia es un tema complejo. Este mes de la herencia árabe, recordemos a nuestros ancestros que se cansaron de hacer justamente eso, escribe Zaina Ujayli.

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Si le preguntas a cualquier árabe o araboparlante en Estados Unidos sobre por qué los estadounidenses le temen a los árabes, la respuesta probablemente será: porque no saben quien realmente somos. De Edward Said a Jack Shaheen, tratar cómo los árabes y araboparlantes están representados en los medios norteamericanos ha sido un pilar central en la lucha contra la discriminación. 

Sin embargo, la forma en que árabes y araboparlantes eligen representar a sus propias comunidades nunca fue universal, incluso cuando la cuestión sobre la representación está siempre presente. Desde los think tanks (N. de T.: organizaciones dedicadas a tareas intelectuales que pueden o no estar vinculadas con partidos o grupos políticos) hasta el área de escritores de Hollywood, los árabes alrededor de Estados Unidos continúan buscando formas de combatir los estereotipos, contar nuevas historias y representar a sus comunidades como ellos mismos las conocen.

Los árabes de hoy en día están lejos de ser los primeros en enfrentarse a estos problemas. Dicen que quienes no aprenden de la historia están condenados a repetirla, pero no podés aprender de la historia hasta que la conoces. 

Este abril marca el primer mes de la herencia árabe, dedicado a honrar los logros de las diversas comunidades de árabes y araboparlantes americanos. 

Es una ocasión para volver a nuestra historia, celebrar nuestro legado, aprender de nuestros antepasados, especialmente aquellos que muchos de nosotros olvidamos. Cuando se trata de la complejidad en representar nuestras comunidades, pocas figuras son más fascinantes que Sumayeh Attiyeh. 

Sumayeh Attiyeh migró por su cuenta a Chicago de la Siria otomana a los doce años; a los trece se encontró a sí misma con solo cinco dólares en su bolsillo, su padre muerto y su madre junto con seis hermanos empobrecidos en su tierra natal. 

Con la promesa de llevar a su familia a Estados Unidos y enviar a sus hermanos a la escuela, Sumayeh comenzó trabajando en una tienda y ahorrando cada centavo que podía. 

A pesar de haberse visto forzada a abandonar su educación formal, Sumayeh estaba determinada a continuar aprendiendo. Pidió a las chicas con las que trabajaba que corrigieran su gramática y llevaba un pequeño diccionario consigo. “Dije: ‘Donde hay voluntad hay un camino’, y yo traté de encontrar ese camino.’ Decidí leer, estudiar, perfeccionarme y conseguí libros de la Biblioteca pública.” 

La casualidad quiso que, tras hablar en Chicago en una reunión de la Iglesia sobre Oriente Medio, su personalidad llamara la atención de los miembros de las conferencias de Chautauqua.  

Después de un año, Sumayeh empezó a viajar con ellos, convirtiéndose en la primera mujer predicadora en los Estados Unidos. A los 25 se había presentado en 44 estados y se ganó el apodo de “Sunshine” [Rayo de sol] por su optimismo.  

“Ha sonreído cuando la han puesto en el Hotel de Chickencoop de la pequeña parada del noroeste.  También lo hizo cuando viajó en el vagón de las 3 am con rancheros, vaqueros y pastores. Mantuvo su sonrisa durante las largas esperas en la estación y tomando café con donas en el camino”. Estuvo en tapa de revistas, viajó por el mundo e incluso fue alabada por el ex Presidente Theodore Roosevelt. 

Pero para los lectores contemporáneos la forma en que ella daba sus discursos puede resultar controversial.

Más allá de hablar sobre su orgullosa ‘americanización’, Sumayeh se vestía con ropas típicas turcas, muy elaboradas. Incluso posaba haciendo café turco. En otras palabras, en un momento donde las mujeres adineradas como las Vanderbilts posaban en ‘atuendos orientales’, Sumayeh jugaba con esa fascinación exotizando su propia imagen. 

Muchos periódicos nos dicen que sus sermones eran más como puestas en escena, diseñadas para ser tanto teatrales como entretenidas, ella incluso se preparaba como una actriz a punto de subir al escenario. 

Los extravagantes ‘disfraces’ turcos de Atiyyeh eran quizás una de las razones por las que quedó olvidada en la historia, mientras sus compañeros varones que publicaban la misma imagen en revistas, como Khalil Gibran, sí son recordados. 

Mientras sus disfraces atrajeron a la audiencia a sus lecturas, parecen haber trivializado su trabajo en los años subsiguientes, incluso dándole a los eruditos una excusa para desestimarla como una joven niña jugando a los estereotipos por fama. Si estuviera viva hoy, sería criticada probablemente por varios árabes y araboparlantes americanos por participar de narrativas racistas y orientalistas. 

¿Dónde trazamos la línea entre convertir nuestra cultura en una performance para entretener o exponerla para educar? 

Recientemente, la sitcom United States of Al [Estados Unidos de Al] fue criticada por reproducir estereotipos sobre un musulmán afgano pero sus creadores defendieron al personaje en tanto lo consideran un paso en la dirección correcta por la representación. En otras palabras, ¿quizás esté justificado recrear algunos estereotipos si esto significa desacreditar otros, más importantes? 

Si una joven mujer siria se viste en ropas turcas para atraer la atención de multitudes en Estados Unidos, ¿la criticamos incluso si en sus discursos, como resaltaría un editor árabe, “describe su tierra nativa con respeto y admiración”? 

Lo que nos enseña Sumayeh es que lo que respecta a la representación cultural es complicado y rara vez se puede calificar como ‘bueno’ o ‘malo’. Incluso si Attiyeh reprodujo estereotipos, debemos reconocer su virtuosismo en hacerlo. No fue una mujer reclutada en un show para desempeñar un personaje con rol orientalista sino una mujer que tomó la decisión de asumir un disfraz orientalista para prosperar en un objetivo, uno que define claramente en sus escrituras y sus cartas.  

Ella escribe: “[Mi trabajo] me permite cumplir con mi deber respecto a mi tierra natal, servir a mis compatriotas a través de brindar un entendimiento entre Oriente y Occidente en la radio, en el Liceo y desde Chautauqua desde mis humildes herramientas. Que los estadounidenses nos conozcan y nos vean como realmente somos, que se familiaricen con lo mejor que está en nosotros”.

En definitiva, Sumayeh logró concretar su propósito. 

Librada a defenderse por sí sola a los 13 años, Sumayeh se convirtió en una ‘diplomática oriental’ ante las multitudes a través de Estados Unidos. Más importante para ella, consiguió llevar a todos sus hermanos a Estados Unidos y que estudiaran allí. Su hermana, Sameera, se convirtió en una de las pocas poetas en escribir en la revista literaria Al Funoon, de la Pen League (N. de T.: la Pen League fue un grupo de escritores sirio/libaneses americanos fundado en 1915 por Nasib Arida y Abd Al Masih Haddad con el objetivo de apoyarse unos a otros en la escritura y revitalizar la literatura árabe). Sumayeh misma se convirtió en trabajadora social para comunidades de inmigrantes cuando hacía un alto en sus viajes por el país. 

Sumayeh, para mí, es una mujer que dedicó su vida a servir a su comunidad, tanto con sus discursos de joven como siendo luego trabajadora social. Mientras miramos atrás para juzgar sus métodos, lo que podemos aprender de ella es el poder de elegir contar la  narrativa de tu comunidad lo más sincera y creativamente que te sea posible. 

A los escritores árabes y araboparlantes que estén conflictuados hoy con encontrar las palabras para contar la historia ‘correcta’ a su comunidad, creo que Sumayeh les aconsejaría simplemente contarla, incluso si otros están en desacuerdo. Cuenten la historia, pero con la intención de apoyar y no de dañar a la comunidad. 

Sumayeh una vez escribió al famoso escritor de la Pen League  Ameen Rihani que ella “no quería gloria y fortuna efímeras” si no que lo que quería era completar su único propósito “para poder decir, al final del camino, que di una buena batalla y gané como el famoso soldado romano que murió en cumplimiento de su deber”. 

En mi libro, Sumayeh ganó su batalla, aunque creo que merece un poco más que un atisbo de fama. Espero que sea capaz de inspirarnos en este mes de la herencia árabe a luchar nuestras propias batallas.

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Zaina Ujayli es estudiante en la Universidad de Virgina, se focaliza en escritores árabes y árabo-americanos del siglo XIX y XX.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por The New Arab el 16 de abril de 2021