Quema de cultivos en Siria

Por Lyse Mauvais para Syria Direct

Productores sirios [Dryland Systems/Creative Commons]

Durante las últimas semanas, fuerzas pro-Assad bombardearon más de una docena de lugares en el campo sur de la provincia de Idlib, en medio de un silencio ensordecedor de la comunidad internacional. El 10 de junio, once personas murieron, entre ellas un niño, por bombardeos de artillería contra la ciudad de Ibileen

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Los últimos ataques del régimen contra el noroeste de Siria provocaron nuevos desplazamientos y despertaron temores de una nueva ofensiva militar en el último territorio controlado por la oposición. La campaña también interrumpió la temporada de cosechas agrícolas críticas, al servicio de la estrategia del régimen para matar de hambre a los vecinos.

Bombardeos regulares

“Los bombardeos no se detuvieron en Idlib a pesar del acuerdo de alto el fuego —entre Rusia y Turquía en marzo de 2020—”, señaló a Syria Direct, Ahmad Sheikho, oficial de medios de la Defensa Civil Siria —también conocida como Cascos Blancos—.

Desde principios de este año, los equipos de Defensa Civil respondieron a más de 582 ataques directos contra civiles en el noroeste, lanzados por las fuerzas del régimen, Rusia y sus milicias, además de las Fuerzas Democráticas Sirias —dominadas por los kurdos—. Los equipos trabajaron para recuperar los cuerpos de 90 personas que murieron como resultado de estos ataques, incluidos 16 niños”, agregó Sheikho.

Desmoralizantes e incesantes, los ataques son recordatorios regulares de la inminente amenaza de una nueva ofensiva en el noroeste de Siria. Allí viven alrededor de cuatro millones de personas, incluido dos millones de desplazados internos (PDI), atrapados en un enclave cada vez más reducido controlado por la oposición y Hayat Tahrir Al Sham (HTS) —grupo armado islamista, señalado como organización terrorista por Estados Unidos y la ONU—.

Cada campaña de bombardeo provoca nuevos desplazamientos y despierta el miedo a una ofensiva militar en la provincia. “Es una escalada, con el objetivo de desplazar a la gente de sus ciudades y pueblos”, indicó Fared Al Mahlool —reportero gráfico que vive en Idlib— a Syria Direct. Teme que la última ronda de conflicto se convierta en una operación militar para apoderarse del territorio.

Las ciudades atacadas durante el último estallido se encuentran al sur de la autopista M4 que conecta el puerto de Latakia controlado por el régimen con la ciudad industrial de Alepo, un corredor estratégico observado por el gobierno durante mucho tiempo. Pero, para la mayoría de los analistas, las huelgas son ante todo una demostración de fuerza necesaria para las conversaciones diplomáticas sobre el destino del territorio.

El 10 de julio expiró la resolución 2533 de la ONU que autoriza la entrega de ayuda al noroeste de Siria desde el otro lado de la frontera con Turquía. Este mecanismo de ayuda transfronteriza, un salvavidas para millones de personas, se ve cada año sometido a una presión cada vez mayor en el Consejo de Seguridad por Rusia, que busca reducir o poner fin a los flujos de ayuda transfronteriza.

“Como regla general, los rusos y el régimen de Assad intensifican los ataques aéreos en Idlib antes de las deliberaciones del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la ayuda transfronteriza a Siria como un medio para indiciar a la comunidad internacional que Assad, y no sus enemigos extranjeros, determinará el destino de su país”, afirmó a Syria Direct, Nicholas Heras, analista principal del Newlines Institute con sede en Washington.

Paralelamente, “ha habido algunos ataques dirigidos recientemente por parte de los rusos, según se informa, contra altos funcionarios de HTS que trabajan con los medios internacionales y como enviados de facto a la comunidad internacional”, agregó Heras. Entre los muertos en los ataques aéreos del 10 de junio se encontraba Abu Khalid Al Shami, portavoz militar de HTS, y Abu Musab Al Homsi, coordinador de medios del grupo.

HTS estuvo cortejando al público occidental en un intento por ganar aceptación frente a los actores occidentales, con la esperanza de deshacerse de su designación de terrorista a largo plazo.

“Estos ataques contra los vínculos de HTS con el mundo exterior reflejan la creciente incomodidad de Rusia con lo que considera la peligrosa normalización occidental del grupo”, agregó Heras. “Lo último que quiere Rusia es que HTS se convierta en un actor sirio local aceptable que acuerde con Europa y potencialmente, incluso con Estados Unidos”.

Cosechando bajo las bombas

La última escalada coincide con la temporada de cosecha en la campiña sureña de Idlib, durante la cual los agricultores suelen regresar a la zona para atender sus cultivos.

“Es imposible vivir, cultivar y cosechar en el área bajo este bombardeo indiscriminado”, sentenció el periodista y escritor, Musab Al Ashkr a Syria Direct. Junto con el campo sur de Idlib, las áreas controladas por la oposición de la llanura de Al Ghab en el campo occidental de Hama también fueron blanco de ataques del régimen, que causaron daños significativos a los cultivos e infraestructura agrícola.

Según la publicación económica Syria Report, entre el 29 de mayo y el 7 de junio estallaron varios incendios como consecuencia de los bombardeos, que destruyeron 35 hectáreas de trigo y mataron a varios agricultores.

Estos incendios son una característica recurrente de los meses de verano en el norte de Siria. Muchos se provocan accidentalmente, particularmente, en los campamentos informales superpoblados establecidos en o cerca de los campos, huertas y bosques. 

Sin embargo, “en los últimos años, utilizando imágenes satelitales y reportes de código abierto, hemos sido testigos de una tendencia al alza en los incendios forestales en el área fronteriza entre el régimen y los rebeldes, especialmente, durante la primavera o temporada de cosecha”, Wim Zwijnenburg, líder de un proyecto que se centra en conflictos y problemas relacionados con el medio ambiente.

El uso documentado de armas incendiarias contra los campos sugiere que algunos de los incendios se iniciaron deliberadamente, como parece ser el caso en la llanura de Al Ghab. “La imagen en el terreno es compleja, pero en general, el vínculo entre el uso de armas y los incendios en la línea del frente es claro, mirando el mapa y comparándolo con imágenes de satélite”, agregó Zwijnenburg.

Consecuencias a largo plazo

La agricultura está protegida por el derecho internacional en virtud del artículo 55 del Protocolo Adicional a los Convenios de Ginebra, que prohíbe “el uso de métodos o medios de guerra que estén destinados o se pueda esperar que causen tales daños al medio ambiente natural”.

Sin embargo, en Siria se producen habitualmente ataques contra zonas agrícolas, junto con otras violaciones de las leyes de la guerra, como el ataque sistemático a hospitales y panaderías.

Además de la amenaza inmediata para la vida y el sustento de los agricultores, “a largo plazo, los artefactos explosivos sin detonar representan riesgos adicionales para los agricultores (que ya no puedan) utilizar la tierra si está contaminada”, señaló Zwijnenburg. “Los daños a los sistemas de riesgo tendrán un impacto a largo plazo en la capacidad de los agricultores para utilizar las tierras cultivables. En algunas áreas, esto puede contribuir a la desertificación si se abandona la tierra”.

El comienzo de junio es la temporada de cosecha de los alimentos básicos que se cultivan en Al Ghab, como el trigo, lentejas y la cebada. Corriendo para cosechar sus cultivos por temor a ser destruidos, los agricultores recurrieron a cuidar sus campos por la noche y viajar a pie para evitar ser detectados por las fuerzas del régimen.

“Todo esto, por el bien de conseguir comida, incluso si está bajo bombardeo y muerte, no hay forma de que los agricultores sobrevivan más que en sus campos”, se lamentó Al Ashkr.

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Lyse Mauvais es periodista francesa radicada en Amán, Jordania. Escribe sobre asuntos ambientales, cooperación humanitaria y economía.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Syria Direct el 16 de junio de 2021