Cómo Egipto utiliza la caridad para disimular sus fracasos frente al coronavirus

Por Sam Hamad para The New Arab

El Cairo durante la pandemia de COVID-19, 2020. [Nessma Elaassar / Creative Commons]

El sistema de salud pública de Egipto colapsó bajo el peso de la pandemia. Un vídeo reciente del interior de un hospital reveló que toda una sala llena de pacientes murió por falta de oxígeno, con escasez terminal de médicos, enfermeras, camas y equipos para salvar vidas. Para los egipcios normales, que no pueden permitirse la asistencia sanitaria privada, si se contagian de COVID-19 y necesitan ser hospitalizados, es una sentencia de muerte. 

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El virus se asimiló al estigma social, y los supervivientes, las familias de los fallecidos y el personal médico fueron objeto de ataques, incitados y agravados por el empeño del régimen de Sisi de mantener el verdadero alcance de la pandemia bajo un velo de secretismo

Son precisamente estas circunstancias las que hacen que el trabajo de Heba Rashed sea realmente notable. Rashed es la fundadora y directora general de Mersal, una organización benéfica que puso en marcha hace cinco años en su apartamento para centrarse en las grandes desigualdades de Egipto en materia de atención sanitaria. 

Tras un duro comienzo, Mersal cuenta ahora con cuatro oficinas en El Cairo y una en Alejandría, y emplea a más de 200 personas. La línea de atención telefónica 24 horas que gestionan se convirtió en un salvavidas desde que estalló la pandemia del COVID-19. 

Basándose únicamente en las donaciones, Mersal ofrece a los pobres una asistencia sanitaria privada que contrata y paga con fondos de los donantes. 

Sólo quienes comprendan la absoluta inaccesibilidad de la sanidad privada para la mayoría de los egipcios podrán entender los verdaderos milagros que realiza Heba. En el contexto de COVID-19, Heba y sus empleados salvan quizá cientos de vidas al día. 

Mersal también proporciona información muy necesaria sobre el coronavirus, desafiando y trabajando contra un régimen que ofusca de forma violenta y a menudo destructiva la información que puede salvar vidas. En Egipto, ofrecer la verdad sobre el COVID-19 —o cualquier otro suceso que el régimen quiera encubrir— puede ser extremadamente peligroso. 

Vimos la persecución masiva de médicos y trabajadores sanitarios que criticaron la respuesta del régimen a la pandemia, por lo que puede parecer curioso que solo haya quedado Mersal.

Dado que ponen de manifiesto las insuficiencias y la incompetencia del régimen, se podría pensar que son los principales objetivos de la persecución, pero esto pasa por alto un aspecto fundamental de la función sociopolítica de la ‘caridad’ no sólo bajo el régimen de Sisi, sino del sistema cleptocrático que surgió bajo el régimen de Anwar Sadat y se consolidó con Mubarak. 

El saqueo voraz del Estado por parte de Mubarak fue acompañado de la destrucción de gran parte de los servicios sociales egipcios, que anteriormente fueron sólidos. 

Para compensar las menguantes y a menudo inexistentes prestaciones sociales bajo el mandato de Mubarak, otros grupos, pero sobre todo los Hermanos Musulmanes, se hicieron cargo de la situación, creando una amplia red de organizaciones benéficas que asumían funciones normalmente reservadas al Estado.

Esto creó un dilema para Mubarak, que identificó a la Hermandad como el principal enemigo político de su régimen, pero también se dio cuenta de que su función caritativa se había convertido en un Estado de bienestar ‘en la sombra’. Sin ella, razonó Mubarak, podría crecer el malestar social y la población egipcia podría quedarse atrás en términos de salud y bienestar. 

Así, Mubarak permitió a la Hermandad gestionar estas organizaciones benéficas, que incluían desde hospitales y escuelas hasta servicios de limpieza de calles y recogida de basuras.  Sin embargo, si alguna vez se consideraba que alguna de las empresas de la Hermandad se pasaba de la raya, Mubarak la cerraba rápidamente y arrestaba a los implicados. 

Tras llegar al poder, Sisi, en consonancia con su tendencia totalitaria, acabó definitivamente con este sistema de bienestar ‘en la sombra’, erradicando por completo a la Hermandad y sus posesiones, y dejando una vez más a los egipcios luchando sin una asistencia sanitaria y servicios sociales adecuados.

Esta podría ser, sin duda, una de las razones por las que Mersal, por ahora, logra funcionar sin persecución estatal.

Aunque no quita nada a la asombrosa labor de Mersal, la caridad en Egipto tiene una función que es clave para el funcionamiento de la cleptocracia. De hecho, en términos del orden económico global imperante, utilizar la caridad de esta manera no es nada nuevo.

Por eso muchas democracias liberales occidentales llegaron a depender tan vergonzosamente de los bancos de alimentos, a menudo gestionados por organizaciones benéficas privadas, para alimentar a los que caen por debajo de la línea de pobreza.

En el Reino Unido, cuando David Cameron llegó al poder defendió un proyecto de caridad y voluntariado llamado ‘Gran Sociedad’, que en realidad consistía en la necesidad de engatusar a las organizaciones benéficas para que prestaran ayuda a las víctimas de los profundos recortes que hizo su gobierno.

En este sentido, es notable que las ‘reformas económicas’ de Mubarak, que tenían como núcleo la diezma de los servicios públicos, fueron totalmente supervisadas por el FMI y abrazadas por Occidente, mientras que la propia ola de “reformas económicas” austeras de Sisi, que generan pobreza, fueron parte de un paquete de préstamos del FMI.

En Egipto, se trata precisamente de la misma ideología que el neoliberalismo austero, pero llevada a cabo en el contexto de una cleptocracia autoritaria.

De hecho, el propio Sisi llegó al poder con su propia noción de ‘Gran Sociedad’, siendo su equivalente la fundación Tahya Misr (fundación Larga Vida a Egipto). 

Se trataba de un plan para anunciar inmediatamente que el gasto del gobierno en infraestructuras y provisiones para los pobres se reduciría al mínimo, mientras que se alentaría a una mezcla de organizaciones benéficas favorables al gobierno y a sus aliados empresariales de élite a prestar servicios y a donar fondos privados para proyectos que deberían ser cubiertos por el Estado.

Es esencialmente un fraude que permite a los cleptócratas parasitar a los pobres. 

Una vez más, hay que celebrar la labor de Mersal, pero, como ocurre con muchas organizaciones benéficas, su necesidad surgió de la mala gestión de otros, es decir, de las desigualdades masivas, mortales y terminales en materia de asistencia sanitaria a las que se enfrentan los egipcios.

En este sentido, en Mersal y su empeño, vemos lo mejor y lo peor de Egipto. Lo mejor en Heba Rashed, que salva incansable y valientemente vidas que el régimen condenaría a la muerte, y lo peor en el propio sistema que hace que Heba tenga que dedicar su joven vida a esta sombría tarea.

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N.d.T.: El artículo original fue publicado por The New Arab el 03 de febrero de 2021.

Sam Hamad es escritor y candidato a un doctorado en Historia por la Universidad de Glasgow, centrado principalmente en las ideologías totalitarias.