Reflexiones sobre el exilio en Alemania

Por Muhammad Dibo para Syria Untold

Antiguo patio de carga en Charlottenburg, Berlin. [onnola/Creative Commons]

Cuando llegué por primera vez a Berlín, un sirio que había estado en el exilio durante mucho tiempo me dijo: “Vivo en el centro, en medio de Berlín”.

Después de un tiempo, había llegado a prestar atención a estas pequeñas frases, repetidas en las lenguas de muchos sirios. La mayoría de ellos no vive en el centro en el sentido que quieren decir. Esta discrepancia me hizo consciente desde el comienzo de estas frases, soltadas por la conciencia de las personas, aunque inconscientemente, que reflejan otros significados reprimidos y ocultos.

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‘Vivo en el centro, en medio de Damasco.’

Esto es algo que los sirios solían decirse unos a otros antes de salir de Siria, para denotar una determinada clase social. Vivir ‘en el centro’ significa que vivís en Bab Touma, al Qasaa, al Salehiyeh o Mezzeh, que sos una persona acomodada, incluso si ese no es el caso —siempre y cuando seas rico en la imaginación popular. Y si vivías en Abu Rummaneh, definitivamente sos rico. Pero si vivías en Tishreen, Qaboun, Ish al Warwar o Ain Tarma, o en cualquiera de los barrios construidos informalmente y suburbios distantes (como yo), pertenecés a los pobres y marginados. Cada vez que te mudás de una casa a otra, determinás tu clase social tanto a tus propios ojos como a los ojos de los demás. En Siria, este lugar no es solo el edificio donde vivís —es una casa, una familia, una especie de pertenencia. Es el significante de tu clase y posición en la sociedad, una guía de cómo los demás deberían verte y tratarte.

Creo que algo en este sentido sucede en todas partes del mundo. Mi pareja y yo vivimos en la zona de Charlottenburg de Berlín. Nos sorprendió la forma en que la gente a menudo reaccionaba a esta información, abriendo la boca: ‘Oh, ¿vivís ahí?’ En la mente de muchos alemanes, Charlottenburg es una zona rica y próspera, aunque en realidad la mayoría de los residentes son inquilinos desde hace mucho tiempo que pagan alquileres fijos baratos. Con el tiempo, parte del barrio se convirtió, en efecto, en hogar de los ricos, con algunos residentes de ingresos medios y bajos también. Aún así, esta realidad no cambió la reputación del vecindario como uno rico.

Creo que cuando los exiliados decimos la frase ‘Vivo en el medio de Berlín’, estamos buscando un lugar, algo para compensar lo que perdimos. Estamos tratando de probarnos a nosotros mismos ante los demás, o tal vez de compensar una deficiencia que sentimos dentro de nosotros mismos, una que se puede ver no solo en esta frase, sino también en muchas otras frases y contextos. Y, sin embargo, seguimos diciéndolo con confianza, sin darnos cuenta de los significados más profundos que insinúan nuestras luchas internas, nuestra alienación, nuestra falta de estabilidad en cualquier lugar fijo.

“En estos días todo lo que veo son alemanes y extranjeros”, me dicen muchos sirios en repetidas ocasiones cuando les pregunto: ‘¿A quién ves estos días?’ Cuando pienso en el significado y la estructura de su respuesta, siento el alcance de su alienación y su necesidad de sentirse seguros, estables y autosuficientes. Es natural, cuando alguien nos pregunta a quién estamos viendo últimamente, responder: ‘Estoy viendo a fulano de tal y hablé con tal otro’. Pero cuando decimos: ‘Honestamente, las únicas personas que veo son alemanes y extranjeros’, es como un intento de ponernos en un lugar completamente diferente a nuestros pares, compañeros o vecinos.

En cuanto a por qué necesitan buscar estos sentimientos, quizás la respuesta esté en Freud y sus seguidores. Hay una necesidad de promover la autoafirmación en medio de la integración en una nueva sociedad, y quizás una condescendencia hacia la sociedad de la que provienen. Esto es quizás lo que está siendo repetido aquí por aquellos que dicen tales frases, es decir, una expresión de superioridad lanzada por palabras o ciertos comportamientos que indican el lugar o la nueva posición de alguien, cosas que solo sirven para mostrar el alcance de las contradicciones y conflictos que se están resolviendo en el subconsciente de los que viven en el exilio.

Entre ‘nos convertimos en alemanes’ y ‘sirio-alemanes’

Cuando dos de nosotros nos volvemos a encontrar después de mucho tiempo separados, uno de nosotros siempre le dice al otro: ‘¿Cuánto tiempo pasó? Dios, nos convertimos en alemanes sin siquiera darnos cuenta’ (esto es algo que el autor de este artículo mismo dijo). Hay una idea fija en las mentes subconscientes de los sirios y exiliados de que los alemanes solo hacen citas con amigos después de tres o cuatro meses separados. Quizás esta frase también tenga alguna otra referencia a la difícil burocracia de Alemania.

Pero decirle a alguien que ‘nos convertimos en alemanes’ no significa aquí ningún tipo de integración real. Más bien, es una forma de burlarse de la situación en la que nos encontramos, una que no permite que los amigos se reúnan de forma natural sin planes previamente elaborados. Esto es bastante diferente a lo que solíamos hacer en Siria, donde era suficiente que un amigo llamara a tu puerta sin previo aviso (sería de mala educación rechazar su solicitud de entrar). Y si quisieras ser un poco más educado, tal vez podrías llamar de antemano para decirle a tu amigo: ‘¡Estoy en camino!’ o ‘Nos vemos en el café en media hora’.

Este tipo de intimidad y consuelo con el que solíamos reunirnos con los amigos fue perdido por los sirios en el exilio, reemplazado por una nostalgia patológica. Ahora no sabemos lo que realmente queremos.

Tan pronto como los amigos se sientan y comienzan a hablar, las diferencias entre la vida en Alemania y en Siria se convierten en el centro de sus conversaciones. Pronto, el sarcasmo y la burla comienzan (incluida la persona que siempre dice: ‘Dios, nos hicimos alemanes’). Hablamos de nuestras costumbres en Siria, como la falta de respeto por los horarios de las citas y cómo los familiares y amigos nos visitan sin preguntar primero. Luego, después de unos minutos, pasamos a burlarnos del estilo de vida alemán, que nos empujó a sus pasillos y nos convirtió en alemanes contra nuestra voluntad. Y luego pasan unos minutos más y volvemos al tema de haber visto ‘solo alemanes y extranjeros’ estos días.

Luego, cuando regreso a casa, trato de resolver y explicar esta red de acertijos —no con el objetivo de castigar a sus participantes, sino de intentar comprenderlo y comprenderme a mí mismo. ¿Puedo entender mis propias transformaciones? ¿Hay síntomas del exilio que ni siquiera reconozco, y llevo algunas de estas inconsistencias dentro de mí? ¿Son todas estas cosas saludables y normales, o indican una crisis de alienación en nuestro nuevo lugar? Estamos atrapados en un lugar que no es ninguna parte. No estamos realmente por allá, y tampoco estamos acá, luchando por encontrar alguna fórmula satisfactoria para resolver el problema de nuestras raíces. No entendemos qué hacer con estas raíces y qué queremos de ellas en primer lugar.

Y de repente, en las conversaciones, nos encontramos hablando de la necesidad de aferrarse a la identidad y las raíces, de enseñar a los niños el idioma de sus madres y padres. Luego, con una pasión y entusiasmo que no carecen de condescendencia hacia quienes nos rodean: ‘Dios, en un año más, solicitaré la ciudadanía. Terminaré con la residencia permanente’.

Intentamos entender cómo encontrar una línea que conecte las dos cosas. Y, sin embargo, tan pronto como vemos los contornos de un hilo que nos justifica estas contradicciones, lo destruimos todo y decimos: ‘Tan pronto como obtenga la ciudadanía, me iré de este país’. Y cuando escuchamos la pregunta, ‘¿volverás a Siria?’, respondemos: ‘Claro que no. Elegiré un país diferente, uno con vida, con sol’. Intentamos desenredar esta bola de cuerda enredada. ¿Cómo podemos aferrarnos a nuestras raíces mientras alardeamos de que tomamos nuestra nacionalidad y huimos a un tercer lugar?

Mi amigo Omar me llama desde París, un ancla para sobrevivir a la tormenta de preguntas. Pero antes de que pueda esbozar una sonrisa, me pregunta: “¿Cómo estás, alemán?” Cuando doy vuelta a su pregunta en mi mente y pienso en cómo responderé, grita:

“¿A dónde fuiste?”

“Estaba pensando en llamarte francés”, respondo.

“Ustedes alauitas, ¿no son todos originalmente alemanes de todos modos?” Omar me pregunta, riendo.

‘Alemán’ tiene un segundo significado aquí, ya que Omar y yo (los dos ateos) teníamos nuestra propia manera de burlarnos de las raíces sectarias del otro cuando vivíamos en Damasco. Siempre solía burlarse de mí, diciendo: ‘Todos ustedes son alemanes’. Al principio, no entendía exactamente qué quería decir con esto, así que después de unas cuantas veces le pregunté.

“¿Realmente no lo sabes?” respondió. Resulta que algunos sirios se refieren a los alauitas llamándolos alemanes. Así que si dos amigos quieren hablar sobre una tercera persona, o alertar a alguien sentado con ellos de que hay un alauita uniéndose al grupo ese día, dicen todas estas cosas en secreto llamándolo ‘alemán’. De esa forma, los demás en el grupo tendrán cuidado al hablar. Este tipo de discurso codificado también se realiza entre otras sectas religiosas en Siria.

Este tema nos lleva directamente a hablar de los sirios en Alemania y Occidente en general, al racismo que enfrentan por el color de su piel o por sus religiones. Se habla muy poco de este tema, ya que también la mayoría de ellos rara vez discuten el racismo que ellos mismos practican contra los demás. Casi nunca se discuten los prejuicios que aún nos dominan cuando interactuamos entre nosotros. Muchas de estas personas se quejan del racismo que se practica contra ellas, mientras expresan libremente su disgusto hacia las personas LGBTIQ, o contra el matrimonio entre diferentes sectas religiosas y nacionalidades. Clasifican a las personas de acuerdo con sus situaciones materiales, sectas y posturas políticas y tratan a aquellos a quienes consideran más bajos en la escala de la humanidad con racismo, especialmente a los de piel oscura. Hay muchas extrañas contradicciones, aunque estas son solo algunas de las que vi yo mismo.

Menos de medio segundo

Estas contradicciones y revelaciones pueden ser descubiertas en los pequeños detalles que ocurren en menos de medio segundo en el fluir de la vida cotidiana. A menudo veo parejas LGBTIQ amorosamente tomadas de la mano en público y miro a las personas que las rodean. La mayoría de las personas muestran bondad en sus rostros al ver a esas parejas, pero tan pronto como pasan, en menos de medio segundo, podés ver en sus expresiones cómo se sienten realmente. Algunos muestran una especie de disgusto, moviendo la cabeza, mientras que otros permanecen sonriendo con satisfacción o aceptación.

Viajando en el U-Bahn, también observo los rostros de la gente y sus reacciones ante las cosas (el que observa a la gente muere, como dice el proverbio árabe). Me convencí de que las reacciones iniciales innatas de las personas reflejan sus verdaderas posiciones sobre un tema determinado.

A menudo noto cuando dos personas accidentalmente chocan entre sí, y una de ellas inmediatamente se gira para decir ‘entschuldigung’ o ‘discúlpeme’, y luego mira la cara del que lo golpeó. Esta fracción de segundo revela la verdadera postura del hablante hacia el extraño ante quien se disculpa en ese momento. Si el que se disculpa es extranjero, entonces miran para ver si la persona con la que se disculpan es extranjera como ellos, en cuyo caso se alejan como si se arrepintieran de pedir perdón. Por otro lado, si el que recibe la disculpa es claramente alemán o blanco, parece que merece una ‘disculpa’. Y cuando el que se disculpa es blanco, se alejan rápidamente si la persona con la que se toparon parece extranjera, mientras que su mirada es completamente diferente cuando se dirige hacia otra persona blanca.

¿Todos son así? Por supuesto que no, pero por lo que vi, las excepciones son pocas y distantes entre sí. Constituyen una minoría que debemos trabajar para ampliar y lograr un mundo un poco menos feo, racista y dominado por los estereotipos de los demás.

En cuanto a las contradicciones que encierran los que viven en el exilio, los refugiados, tal vez puedan ser una puerta para empezar a contemplar las crisis de desplazamiento, refugio, identidad, alienación, desubicación. Si estas líneas se refieren al racismo al que los refugiados sirios son sometidos, también apuntan hacia el racismo y los prejuicios que ellos mismos llevan hacia los demás. Debemos trabajar en ambas direcciones, para cambiar el prejuicio que enfrentamos y al mismo tiempo romper y cambiar nuestras propias opiniones prejuiciosas hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Leé este ensayo en su árabe original aquí.

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Muhammad Dibo es poeta, escritor e investigador especializado en la cultura y la economía sirias. Es editor en jefe de Syria Untold (en árabe) y contribuidor regular en diversos diarios árabes e internacionales.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Syria Untold el 17 de julio de 2021.