De la Siria otomana a la Argentina, la historia de mi bisabuelo Mohammad

Por Jodor Jalit para Syria Untold

La familia Jalit.

En 1913, mi bisabuelo se coló en un barco en Beirut con destino a Argentina. Las décadas que siguieron son la historia de mi propia familia, pero también son una parte de la historia de los árabes argentinos.

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Mohammad y Amin se escabulleron a bordo del barco mercante atracado en el puerto de Beirut. Era 1913. Se acababan de convertir en polizones, Mohammad a los 17 años y Amin a los 14. Los chicos no serían descubiertos hasta después de que el barco hubiera llegado a alta mar. Según la historia, transmitida de generación en generación en mi familia, su corta edad evitó que los arrojaran por la borda después de que fueron descubiertos y confesaron su ‘crimen’. El viaje, sin embargo, no sería gratuito. Los dos jóvenes polizones sirios asistieron a la tripulación en las tareas diarias y, a medida que pasaban los días, el barco se acercaba cada vez más a su destino final: Buenos Aires, Argentina. Allí, Mohammad y Amin construirían un nuevo hogar a más de 12 mil kilómetros de donde habían partido.

Argentina fue un popular destino para los emigrantes europeos y árabes a fines del siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial. El Gobierno argentino deseaba colonizar las llanuras pampeanas con los europeos del norte e impulsó políticas para fomentar la inmigración. Según el Censo Nacional de Argentina, hubo una inmigración neta de 3.300.000 personas entre 1857 y 1895, lo que ayudó a aumentar la población del país de 3.955.110 a 7.885.237. Para 1914, un año después de que Mohammad y Amin desembarcaron en Buenos Aires, una de cada tres personas que vivían en Argentina había nacido en el extranjero, según el historiador Alberto Sarramone.

Los árabes, sin embargo, representaban solo una pequeña parte de estos recién llegados. Los inmigrantes italianos y españoles por sí solos (no los europeos del norte que el Gobierno argentino había anhelado) constituyeron alrededor del 82% de los que llegaron a Argentina durante este período. Algunos inmigrantes árabes, como Mohammad y Amin, no dejaron ningún rastro en la oficina de inmigración. Aún así, cualquiera que sea la categoría (o ninguna en absoluto) bajo la que se registraron, al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, los inmigrantes libaneses, palestinos y sirios ascendían a unas 65 mil personas, o el 1,6% de la población argentina, según el historiador Ignacio Klich.

Mi bisabuelo Mohammad nació y se crió en la ciudad de Muadhamiyat Al Qalamoun, a unos 60 kilómetros al norte de Damasco. Aunque solo tenía 17 años cuando se fue de polizón en la antesala de la Primera Guerra Mundial —como hicieron muchos ciudadanos sirios en años más recientes—, decidió dejar su hogar para evitar la guerra y una muerte que parecía probable. Más específicamente, estaba huyendo de safar barlik, el servicio militar obligatorio del Imperio Otomano; que no estaba interesado en particular que los conscriptos fueran tan jóvenes. 

La vida de Mohammad y su hermano menor Amin en Argentina difícilmente sería fácil. El historiador Abdelwahed Akmir señala la existencia de una discriminación pública y obstáculos en la integración. Al mismo tiempo, según Klich, existían políticas para frenar específicamente la migración árabe a Argentina. El racismo antiárabe era tan aceptado que los funcionarios del Gobierno argentino expresaban públicamente sus opiniones contra la inmigración árabe. Los registros de sus declaraciones se encuentran en la Dirección Nacional de Migraciones en Buenos Aires.

Los prejuicios contra los araboparlantes y los musulmanes no se limitaban a la capital. En una carta fechada el 7 de junio de 1965, Domingo (apodado Titino), uno de los hijos de Mohammad, describía un sentimiento de culpa por no poder entender y comunicarse en árabe con la familia de su padre en Siria. Los argentinos a menudo se reían cuando escuchaban hablar árabe, escribió Titino. Por esa razón, Mohammad y su esposa, Schafika (más tarde llamada Sofía), prohibieron el uso del idioma árabe en su hogar. “Una excusa algo estúpida, pero la única”, lamentó Titino. Mohammad cambió su propio nombre por el latinizado Amado, que significa, en parte algo, así como un ser ‘amado’, presuntamente, por Dios. Yo creo que Mohammad eligió Amado por la similitud de significado que tiene con su propio nombre, el del profeta Muhammad. Sin embargo, nadie lo sabe con certeza.

Algún tiempo después de llegar a Argentina, Amado encontró residencia en San Vicente, una pequeña colonia agraria católica predominantemente italiana en la provincia de Santa Fe. Cómo fue que llegó allí sigue siendo un misterio para mi familia. En San Vicente, la mayoría de los residentes eran originarios del norte de Italia y hablaban piamontés —un dialecto italiano muy extendido al sur de los Alpes. De hecho, los hijos mayores de Mohammad, Isolina, Oscar, Roberto y Yamil, crecieron hablando piamontés en lugar de árabe. Después de todo, el piamontés era el idioma local predominante en San Vicente y una herramienta para participar en el comercio.

Aunque la llegada de Mohammad a San Vicente está llena de espacios en blanco, los hilos de su vida allí fueron grabados oralmente y transmitidos a las generaciones más jóvenes. A través de estas historias podemos rastrear los pasos iniciales que él y Amin dieron en una época en la que eran pequeños comerciantes, cuando deambulaban entre las casas bajas de las granjas periféricas de San Vicente. En lugar de llevar una valija con pequeños enseres domésticos como hacían otros vendedores ambulantes en las grandes ciudades, Mohammad y Amin simplemente empujaban una carretilla. Durante este tiempo, y durante un viaje a la ciudad de Santa Fe para comprar existencias, Mohammad conoció a Schafika. Según cuenta la historia, era una huérfana que había sido entregada a una rica familia libanesa para que la cuidara. Esa familia, de apellido Chemes, había emigrado primero a Brasil y luego a Argentina. En algún momento del camino, Schafika se convirtió en Sofía. 

La gente de San Vicente sabía que Amado nunca hizo una gran fortuna vendiendo sus productos. Sin embargo, sí ahorró suficiente dinero como para abrir un supermercado llamado ‘Casa La Reina’ justo al lado de su casa, en la esquina de las calles Gálvez y Manuel Belgrano, y a una cuadra de la plaza principal del pueblo. Y aunque gran parte del éxito comercial de Amado provino del sacrificio personal, a menudo olvidamos que también dejó de lado no solo el árabe, sino también el islam para integrarse socialmente.

La esquina en San Vicente donde estaba Casa La Reina. A la izquierda, la antigua casa de Mohammad.

Amado falleció el 25 de julio de 1970. Sofía cumplió 95 años antes de morir el 22 de septiembre de 1995. Criaron a seis hijos: Isolina, Oscar, Roberto, Yamil, Domingo y Mohamed. Isolina terminó la escuela primaria y se aseguró de que sus hermanos recibieran una educación formal. Oscar, Roberto y Yamil siguieron los pasos de Isolina y asistieron a la Escuela Primaria n° 401 Juan Bautista Alberdi en San Vicente. En cuanto a Domingo y Mohamed, ambos se convirtieron en médicos y tuvieron cierto éxito en cargos públicos. Mohamed participó, entre 1987 y 1989 en la reorganización del Laboratorio Industrial Farmacéutico, institución creada en 1947 para producir y suministrar medicamentos a las farmacias hospitalarias. Por su parte, Domingo fue candidato por la Municipalidad de Santa Fe en 2003.

Desafortunadamente, Mohammad no vivió para ver todos esos éxitos. Aún así, me gusta imaginar su orgullo al ver a Domingo y Mohamed graduarse de la facultad de medicina —él, un hombre que (según las historias de mi familia) dejó Siria como un polizón adolescente con nada más que unas pocas libras esterlinas en el bolsillo mientras la Primera Guerra Mundial acechaba en el horizonte.

Una percha de Casa La Reina y Jalit Hnos.

Oscar, Roberto y Yamil eran los emprendedores de la familia. Un día, mientras vivía y vendía combustible en un camión cisterna en el suburbio industrial de Lanús, Roberto recibió la visita de Oscar, quien le dijo que se mudara de vuelta a San Vicente para comenzar un negocio de cosecha. Según la esposa de Roberto, y mi abuela, Elvira: “Oscar le dijo a Roberto que volviera a San Vicente y comprara dos cosechadoras con préstamos financiados por el Estado”. Lo hizo y encontró un gran éxito en su empresa conjunta.

Algunos ancianos de la localidad todavía recuerdan, con lágrimas en los ojos, las épocas del año en que la gente hacía fila en las calles de la ciudad para despedirse de las 12 máquinas cosechadoras de Oscar y Roberto y sus más de 40 empleados. “Era como ver un éxodo. El pueblo quedaba vacío después de su partida”, contó Ricardo, un experimentado camarero que en aquel entonces era solo un niño. Finalmente, Oscar y Roberto se separaron para liderar nuevos proyectos y dejar la empresa de cosecha a sus hijos. 

Mohammad también enseñó a sus hijos acerca del valor de la familia. “Si la vid pudiera hablar —me dijo recientemente Faisal, uno de los hijos de Oscar— probablemente nos hablaría de todas nuestras celebraciones de Año Nuevo y Navidad”. Sí, la integración de Amado incluyó también la celebración de todas las fiestas cristianas. Parecía, a su manera, estar honrando el viejo dicho: “Cuando en Roma”.

Incluso cuando se convirtió en Amado, Mohammad nunca se olvidó por completo de Muadhamiyat Al Qalamoun, del árabe o del islam. Unos 52 años después de que se fuera por primera vez cuando era adolescente, Mohammad finalmente regresó a Siria de visita. La única ventana que tiene mi familia a ese emotivo viaje es una serie de cartas de Titino. Él fue el único hijo de Mohammad y Schafika que los acompañó a El Líbano y Siria. 

De izquierda a derecha: Oscar, Yamil, Mohammad (Amado), Schafika (Sofía), Mohamed, Domingo (Titino), Roberto e Isolina Jalit.

La correspondencia está fechada entre junio y agosto de 1965, y está dirigida a Roberto y Yamil. Allí, Titino registra con gran detalle su llegada al puerto de Beirut, el viaje en automóvil de Beirut a Damasco y la eventual llegada de Mohammad a Muadhamiyat Al Qalamoun. Lo más importante son los reencuentros familiares y las emociones que Titino vio y sintió.

Titino viajó a Muadhamiyat Al Qalamoun un día antes que Mohammad y escribió su primera impresión: “Con la noticia de la presencia de papá en Damasco, todo el pueblo comenzó a bajar (a la ciudad capital)”. Después de ver a su hermano Mustafa perdido en medio de la multitud, Mohammad comentó: “Podría haberlo reconocido en medio de una turba por las huellas que dejó la viruela en su cuerpo”. Minutos más tarde, estaban todos en camino a Muadhamiyat Al Qalamoun bajo la dirección de Khaled, que había sido alcalde de la ciudad hasta 1951.

Cuando llegaron, Mohammad se encontró con su única hermana viva, Mariam. Su otra hermana, Fatme, había muerto el año anterior. Aún así, fue un momento de alegría, escribió Titino. “Papá le dio un abrazo a Mariam y rompió a llorar, y todos alrededor comenzaron a abrazarnos y besarnos”. Titino luego advirtió a sus hermanos: “A mi regreso, necesitaré unas horas para describir completamente este momento”. Pronto, toda la ciudad desfiló frente a Mohammad para saludarlo.

En un momento u otro, Mohammad comenzó a vagar por la ciudad para encontrar el hogar de su infancia. Allí estaba, al otro lado de la carretera principal, en el casco antiguo, aunque solo los cimientos de piedra. Del resto de la casa, solamente quedaban sus recuerdos. ¿Sintió tristeza por haber regresado a casa demasiado tarde? ¿O felicidad por haber vuelto de todas maneras?, solo Mohammad lo sabe.

Mi curiosidad por la vida de Mohammad no surgió de la nada. Es una curiosidad que me recuerda constantemente los fragmentos que conforman la historia y la identidad de los árabes en Argentina. Es una reconstrucción interminable de una historia que comienza de nuevo con cada árabe-argentino en algún momento u otro de su vida. Es una búsqueda constante del yo que se inicia con el primer bocado de kebbe y plato de yabrak —al menos así es como comienza para mí. Y tal vez, para mí, sea una búsqueda que terminará cuando el cuerpo se reencuentre con los que siguen viviendo en Muadhamiyat Al Qalamoun. O tal vez nunca termine en absoluto.

Este artículo es parte de la serie en curso de SyriaUntold sobre las comunidades de sirios en la diáspora, titulada las “Pequeñas Sirias” del mundo.

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Jodor Jalit posee una maestría en Defensa Nacional y es catedrático de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Argentina). Es miembro fundador del Instituto de Países Árabes Sudamericanos y fundador de El Intérprete Digital. Sus últimas investigaciones fueron publicadas en  «Arab Worlds Beyond the Middle East and North Africa» (Lexington Books, 2021).

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Syria Untold el 2 de agosto de 2021.