En Afganistán, la virtud y el vicio se encuentran en el centro y al frente

Por Ahmed-Waleed Kakar para New Lines Magazine

Masjid-e Jami en Herat Afganistán. [Marius Arnesen / Creative Commons]

Tras 20 años de guerra, las políticas sociales de los Talibán están provocando divisiones incluso dentro de sus propias filas 

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Muhammad Sadiq Akif no estaba en Kabul cuando la ciudad cayó en manos de los Talibán en agosto pasado. Siendo un propagandista insurgente que había estado narrando los frenéticos últimos días de la guerra en Twitter, se encontraba a más de 60 millas al sureste, en Loya Paktia. El control de los Talibán allí era tenue y aún se estaba negociando la rendición de una milicia regional creada por la CIA, la notoria Fuerza de Protección de Khost. Akif llegó a Kabul días después. Al otro lado de la ciudad, ondeando en el viento de verano, estaba la bandera blanca de los Talibán. Sus oraciones habían sido contestadas.

“No puedo explicar cómo me sentí, lo primero que hicimos fue salir del auto, caminar por la ciudad y realizar sajdat ash shukr (N.d.T: la postración islámica de agradecimiento) en todo momento”, comentó Akif.

Para los afganos de las regiones rurales, que constituyen la mayoría de la población y de quienes los Talibán obtienen su mayor apoyo, la capital afgana fue históricamente una entidad remota. Pero no para Akif. Disfrazado de estudiante, se infiltró varias veces en Kabul durante la guerra. Sin embargo, esta vez con la promesa de paz en el horizonte, entró abiertamente en la capital como Talibán. Acostumbrado a una vida de secretos, librando la yihad a través de un teléfono inteligente y mediante incursiones ocasionales en el combate, pronto se encontraría desprovisto de cobertura y con un perfil muy público como portavoz del departamento más controvertido del gobierno: el Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio (Amr bil Maroof).

En las últimas semanas surgieron fisuras en la cúpula del emirato Talibán, mientras el nuevo gobierno se esfuerza por reconciliar los parámetros de la gobernanza islámica clásica con los desafíos gemelos planteados, por la modernidad y por dirigir un país que experimentó un significativo cambio social, cultural y político en los últimos 20 años. Hombres y mujeres, por cortesía del ministerio de Akif, ahora tienen prohibido mezclarse en los parques de Kabul. Mientras tanto, las escuelas de niñas siguen cerradas a pesar de la promesa de que abrirían el 23 de marzo, lo que genera inquietud, incluso entre algunas figuras importantes del Talibán. Esto se produce mientras los activos del Banco Central afgano siguen congelados por EE.UU. y el país sigue sumido en un aislamiento internacional, sin duda agudizado por el giro errático que dio recientemente su gobierno.

Las apuestas son altas. Por lo tanto, nos debemos a nosotros mismos escuchar a hombres como Akif, y eso es lo que me propuse hacer a través de una serie de entrevistas de WhatsApp a principios de este año. No es necesario estar de acuerdo con los Talibán para entenderlos. Quería averiguar si los antecedentes y las opiniones de un hábil propagandista dentro del movimiento podrían ayudarnos a explicar lo que sucede en Afganistán desde la victoria de los Talibán.

Es posible que la historia de Akif no nos proporcione las respuestas a los dilemas que enfrentan los Talibán y Afganistán en general. Sin embargo, puede dotarnos de los conocimientos para hacer las preguntas correctas. Descartarlo como portavoz del ministerio más problemático de un gobierno cada vez más autoritario puede ser tentador, pero ese instinto sería contraproducente dada la gravedad de la situación que enfrenta Afganistán. Aprender de sus experiencias, ideas y contradicciones es un enfoque más constructivo.

Akif no es un líder de los Talibán y no se encontraba entre los comandantes destacados del campo de batalla del movimiento. Sin embargo, a su manera, simboliza uno de los aspectos más importantes de un movimiento que los afganos y los occidentales aún no comprenden bien: la base que una vez fueron insurgentes y ahora son funcionarios del gobierno. De 33 años y con la tarea de trabajar en un ministerio que representa muchas de las creencias más austeras del emirato islámico, Akif está en una posición ideal para ofrecer información sobre lo que se puede describir vagamente como los viejos y los nuevos Talibán.

El suyo es un mundo en el que los pros y los contras de los estrictos códigos sociales se debaten furiosamente en línea, incluso cuando se supone que deben cumplirse en las calles de Kabul; es un mundo de Twitter, Facebook y Telegram, así como de madrazas (escuelas religiosas), nasheeds (himnos religiosos) y hudud (castigos capitales y corporales). Como veremos, también es un mundo del Corán, Aristóteles y Platón. Todos estos elementos religiosos y culturales coexisten dentro del movimiento en 2022, a veces en armonía y a veces con acritud. En ninguna parte es esto más evidente que en el Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio.

Cuando los Talibán tomaron el control de Kabul sin violencia generalizada el verano pasado, hubo alivio mezclado con incertidumbre entre los habitantes de la ciudad. De hecho, cuando ingresó a la capital poco después de su caída, Akif se centró en la esperanza de la gente de que la guerra había terminado, en lugar del temor de que pudiera estar entrando en otra fase. “La gente estaba encantada, a ellos les parecía que por fin habían llegado los ángeles de la salvación”, dijo.

El restablecimiento de Amr bil Maroof poco después, fue una clara declaración de intenciones del nuevo gobierno, no sólo por lo que sugirió sobre los planes futuros de los Talibán, sino también por lo que dijo sobre sus puntos de vista sobre el pasado reciente. El ministerio no es una creación Talibán; su lugar en Afganistán fue casi tan turbulento como el resto de la política del país durante los últimos 40 años: instituido, abolido y restablecido cuando el poder se tambaleaba entre las élites seculares y los conservadores religiosos. Cuando se eliminó con el pretexto de construir un nuevo gobierno democrático, después de la invasión liderada por Estados Unidos en 2001, pocos esperaban su regreso. Sin embargo, los Talibán tenían otros planes.

El pasado septiembre, surgió la noticia de que Amr bil Maroof reabriría en el edificio que anteriormente albergaba el Ministerio de Asuntos de la Mujer. El simbolismo era claro, pero Akif insistió, algo incongruentemente, en que el edificio se eligió solo por conveniencia. El Ministerio de Asuntos de la Mujer no había sido abolido, afirmó, sino que se fusionó temporalmente con Amr bil Maroof. Comentó que a las funcionarias se les seguiría pagando y que volverían a trabajar una vez que se dispusiera de espacios de trabajo separados; algo que todavía no sucedió. Son este tipo de promesas incumplidas, particularmente con respecto a las mujeres, las que están poniendo a prueba la paciencia, incluso de aquellos afganos que quieren que el nuevo gobierno tenga éxito. De hecho, alimentan una narrativa que siempre consideré profundamente problemática.

En los ocho meses transcurridos desde la victoria de los Talibán, la interacción con su emirato se convirtió en un modus vivendi. Los periodistas tienden a hacer agotadas preguntas adaptadas a las sensibilidades de sus audiencias generalmente occidentales, a lo que los Talibán responden a la defensiva para calmar los sentimientos agraviados de su propia base central. La cobertura de los medios suele ir acompañada de música ominosa y ángulos de cámara desfavorables. Sin embargo, en medio de todo esto, una verdad esencial sigue sin decirse: las ideas de los Talibán sobre el rol del gobierno difieren fundamentalmente de las nuestras en el Occidente liberal.

Esta es, sin duda y comprensiblemente, una realidad incómoda para muchos. Para mí, un graduado en artes liberales nacido en Gran Bretaña pero descendiente de una dinastía afgana de eruditos islámicos políticamente activos y muyahidines, es una realidad que no puedo ignorar. Quizá nunca exista una forma ‘correcta’ de tener esta conversación, pero si la hay, sus requisitos previos serían comprender su naturaleza emotiva y su papel en la interacción entre filosofías en conflicto: moderno versus clásico, secular versus religioso. Mantuve eso en primer plano en mi mente durante mis conversaciones con Akif.

Si bien carece de preponderancia, sería un error despedirlo simplemente como un ex insurgente o un engranaje en la maquinaria de guerra de los Talibán. Es el portavoz de un ministerio cuyo rol y aplicabilidad ocupan un lugar central en las discusiones sobre la reconciliación del gobierno islámico clásico con el Estado nación administrativo. Discutir si tal ministerio debería siquiera existir ahora es redundante; los Talibán decidieron, para bien o para mal, que así sea. Unas pocas conversaciones con Akif no revelarán todo lo que necesitamos saber sobre una organización que fue moldeada por el tapiz sangriento de la religión, la historia y la guerra. Sin embargo, puede guiarnos en la dirección correcta.

La vida de la mayoría de los afganos no comenzó en Kabul ni en ninguna otra ciudad. En el caso de Akif, el desliz de la lengua en su pashtun revela sus raíces en el corazón inmediatamente al sur de Kabul; dado que dice shka (de), a diferencia de mi tsakha sureño o el simple na que se usa en otros lugares. Akif es de Dadukhel en la provincia de Logar, justo al sur de Kabul. Al igual que Ashraf Ghani el expresidente, otro Logari proviene de la tribu pastún predominante de Logar, los históricamente nómadas Ahmadzai. Darse cuenta de que Akif luchó contra un miembro del clan de la misma provincia es clave para comprender cómo Akif y los Talibán se ven a sí mismos. Niegan, como alegan sus oponentes, que estén motivados por el etno tribalismo. “La gente nos etiqueta como pashtunes, pero antes de las provincias (pashtunes), fueron las provincias del norte (no pashtunes) las que cayeron”, comentó. Akif habla pashto, dari y urdu con fluidez, y entiende árabe e inglés. Ser multilingüe no es lo mismo que ser política o socialmente progresista, pero sí sugiere una apreciación del mundo más amplio y un cierto grado de erudición que no suele asociarse con los Talibán. Estemos o no de acuerdo con ellos, tal vez sea hora de que reconozcamos que sus puntos de vista están impregnados de conocimiento en lugar de ignorancia, incluso cuando el conocimiento se basa en presunciones o saca conclusiones que podemos tener buenas razones para criticar.

Como muchos afganos, Akif seleccionó el apodo que también funciona como su apellido: Muhajir, que significa migrante. Un muhajir, explicó, es aquel que deja atrás los pecados mayores y se refiere a la migración del profeta Muhammad. “En ese momento, yo también era en realidad un muhajir”, expresó.

Como muchos otros afganos, Akif heredó su yihad. Los miembros de su familia lucharon en la guerra contra los soviéticos como parte de Harakat e Inqilabi Islami, el Movimiento Revolucionario Islámico, un partido de muyahidines dirigido por Mawlawi Muhammad Nabi Muhammadi, otro Logari.

Harakat era un partido tradicionalista de base rural. Así como los Talibán, con promesas de eliminar la anarquía y poner fin a la guerra civil, atrajo a muchos dentro de sus filas. Amir Khan Mottaqi, actual Ministro de Relaciones Exteriores de Afganistán, fue otro harakati que cambió de lealtad, siguiendo el ejemplo de Muhammadi. Cuando el régimen comunista se derrumbó en 1992 y estalló la guerra civil entre los muyahidines, Muhammadi se negó a involucrarse. En cambio, optó por respaldar un nuevo movimiento que surgió del sur del país en 1994. Ese movimiento fue el Talibán.

En muchos sentidos, era natural que Akif tomara las armas después de que Estados Unidos invadiera menos de una década después. Uno de sus tíos murió luchando contra los soviéticos y él también estaba dispuesto a sacrificar su vida por el bien de su religión y su país. Akif tenía sólo 13 años y estudiaba en una madraza local cuando decidió unirse a la lucha contra la invasión liderada por Estados Unidos. Tenía amigos en ambos lados de la guerra; aunque algunos de ellos ya habían sido mutilados o asesinados. Sin embargo, consideraba que Afganistán estaba ocupado y que la yihad era parte de la fard ayn, una obligación religiosa de todo musulmán adulto. En 2004, Akif juró lealtad a los Talibán, cuando tenía 15 años.

En nuestras conversaciones por WhatsApp, Akif señaló que la yihad no se trata simplemente de luchar, sino también de buscar conocimiento. De hecho, él continuó sus estudios después de unirse a la organización y se graduó de Darul Uloom Haqqania en Pakistán, una notoria madraza con una larga lista de formidables alumnos insurgentes. La madraza enseña un programa de estudios tradicionalista, sintetizando las ciencias islámicas de tafsir (exégesis coránica), hadiz (dichos y obra del Profeta) y fiqh (jurisprudencia islámica), con gramática, retórica y lógica. Akif estudió lógica y hikma, o filosofía islámica. Las lecciones se basaron en los textos del siglo XII del jurista de Kabuli Mir Zahid, el estudio de Avicena y Al Ghazali, los comentarios de Aristóteles y Platón, entre otras influencias. Akif se graduó en 2009 y regresó a Afganistán para continuar con su yihad.

Como muchos soldados veteranos, habla de la guerra con una mezcla de melancolía y emoción. Pero a diferencia de muchos de ellos, parece albergar pocos arrepentimientos. Me contó de un intento de emboscar a una patrulla estadounidense en 2010 utilizando tres bombas de carretera, sólo para que las tropas enemigas se dieran cuenta de las minas y las detonaran con seguridad. “Eso nos desmoralizó mucho”, dijo.

Más tarde, su unidad observó cómo los estadounidenses se detenían y registraban un automóvil que transportaba mujeres de un pueblo cercano. Las mujeres no fueron abusadas, pero el acto aún violaba las normas culturales y Akif estaba indignado. “Apuntar a las mujeres en cualquier aspecto de la guerra, por mundano que sea, viola el honor afgano” recordó. Él y los otros Talibán subieron una colina cercana y después de esperar el momento adecuado para atacar, abrieron fuego contra el convoy que partía mientras levantaba tierra a lo largo del camino típicamente rocoso. “Los estadounidenses se convirtieron en cenizas”, expresó. Akif afirmó haber estado involucrado en más de 30 tiroteos durante la totalidad de la guerra. De hecho, decenas de sus camaradas fueron asesinados. Sin embargo, esa no es la razón por la que eligió convertirse en propagandista.

Los Talibán siempre tuvieron problemas para promover su causa en las redes sociales. En 2016 el mulá Akhtar Mansour, líder del movimiento, estaba dolorosamente consciente de que esto tenía que cambiar. El éxito en el campo de batalla no contaba mucho, y el movimiento ahora competía con el gobierno afgano y el grupo Estado Islámico por la atención de los jóvenes afganos, conocedores de los medios a nivel nacional y dentro de la diáspora internacional. Akif accedió a ayudar, incluso mientras su yihad armada continuaba. “Estábamos librando una lucha cultural”, agregó.

Para 2018, Akif había demostrado su destreza con el teclado y trabajaba únicamente en la propaganda mientras el progreso de los Talibán continuaba bajo el sucesor de Mansour, el líder actual, Hibatullah Akhundzada. Cuando comenzó un largo proceso de negociaciones directas entre la oficina política de los insurgentes en Qatar y la administración Trump, la necesidad de los Talibán de posicionarse dentro de la corriente principal afgana y global, sólo se hizo más urgente. De ahí que Akif estaba a la vanguardia de retratar lo que se suponía que eran los Talibán nuevos y más amistosos.

Me confirmó lo que era claramente evidente en el período previo a la caída de Kabul: el movimiento estaba en todas las redes sociales. Su equipo, recuerda, “tuiteaba individualmente más de 40 veces al día en pashtun, dari y, a veces, de manera bastante ambiciosa y sorprendente, en un inglés algo coherente”. “Nos enfocamos en publicar videos, mostrando nuestros avances y la rendición de los soldados del régimen”, agregó. Esto sirvió para dos propósitos. Primero, confirmó a las propias filas de los Talibán que la insurgencia estaba teniendo éxito en un momento en que algunos de ellos no podían creer la velocidad de su éxito. También alentó a los miembros de las fuerzas de seguridad afganas a rendirse. Dicha estrategia fue exitosa. Las capitales provinciales cayeron una tras otra el verano pasado, y cuando Kandahar y Herat se derrumbaron, quedó claro que Estados Unidos y sus aliados afganos habían perdido la guerra. Incluso en Kabul los soldados comenzaron a abandonar sus puestos. Mientras Ghani huía, aparentemente temiendo por su vida, los Talibán entraron victoriosos en la capital, el 15 de agosto.

El nuevo gobierno pronto anunció su gabinete. Shaykh Muhammad Khalid Hanafi fue designado para encabezar el Ministerio del Vicio y la Virtud restablecido. Consciente de su controvertida historia personal, consultó a funcionarios incluido el ex portavoz del movimiento, Zabihullah Mujahid, antes de nombrar a Akif para su nuevo puesto en el ministerio.

El rol de Amr bil Maroof y sus predecesores premodernos evolucionó a lo largo de la historia en diferentes Estados islámicos. Sobre una base teórica, hisbah, mejor entendida como moralidad pública, incorpora el mandato coránico de amr bil maroof wa nahy an il munkar, es decir ordenando el bien y prohibiendo el mal. Profundamente entrelazado con la comprensión clásica de la gobernanza islámica, hisbah no se preocupa por microgestionar la práctica religiosa privada, sino por prevenir la normalización pública del pecado en las políticas declaradamente islámicas. Un consenso sobre la regulación de la propiedad religiosa impregna las discusiones entre los juristas.

Los juristas clásicos que deliberaron sobre el tema incluyen al erudito persa del siglo XI Al Ghazali. Conocido como Hujjat ul Islam (prueba del Islam) por su prestigio como erudito, Ghazali consagró dos condiciones principales para la hisbah. Estos eran que no se espiaba a las personas y que la hisbah se aplicaba sólo en cuestiones de las cuales se tiene consenso. El erudito contemporáneo Yusuf Al Qaradawi, cuya defensa de la democracia lo coloca en marcado contraste con los Talibán, acepta las condiciones de Ghazali pero agrega dos condiciones más: el Estado debe ser capaz de efectuar cambios apropiados, y las consecuencias de prevenir el mal no deben perpetuarse. Es más, Mufti Taqi Usmani un erudito deobandi contemporáneo, quien cómodamente pertenece a la misma tradición legal que los Talibán, recientemente les escribió una carta instando a la reapertura de las escuelas para niñas, citando el histórico texto del siglo XVII Fatawa e Alamgiri, una serie de sentencias recopiladas por el emperador mogol Aurangzeb. Las normas deducen que prevenir el mal físicamente es el deber del gobernante, desalentar el mal verbalmente es el deber de los eruditos y albergar el desprecio hacia el mal es el deber de las masas en general.

También es cierto que el consenso sobre la hisbah se forjó en circunstancias radicalmente diferentes. Lo que antes era pecaminoso pero privado, ahora puede permear la esfera pública a través de la tecnología. La tecnología también faculta inversamente al Estado para considerar público lo que históricamente estaba fuera de su alcance y, en consecuencia, lo privado. El crecimiento del Estado confronta a los movimientos modernos con un desafío: definir una sociedad más ‘pecaminosa’, un dominio público en expansión frente a una esfera privada cada vez más reducida, en la que el Estado no puede intervenir. Los Talibán no son los primeros, ni serán los últimos, en lidiar con la paradoja. Tampoco fueron la primera facción afgana moderna en institucionalizar la hisbah.

En 1930, el General Nader Khan se apoderó de Kabul en medio de la agitación nacional provocada por las reformas seculares del Rey Amanullah que había sido derrocado. Para legitimar su reinado, Nader, miembro del clan real Muhammadzai, se alió con el clero. Las escuelas de niñas también se cerraron en ese momento, y un departamento de ihtisab (responsabilidad-obligación) y la policía religiosa, también llamado Amr bil Maroof, se establecieron bajo un Ministerio de Justicia ahora encabezado por Nur Al Mashayekh, jefe del clan Mujaddidi, cuyos ancianos tradicionalmente actuaban como jefes espirituales de la orden Sufi Naqshbandi. La ihtisab existió hasta bien entrado el reinado de Zaher, hijo de Nader, y finalmente se eliminó gradualmente, pero se restableció después de la toma del poder por los muyahidines en 1992. Los Talibán heredaron Amr bil Maroof después de 1996, escalando sus actividades a niveles que hacen que el grupo sea infame hasta el día de hoy. Estos incluyen informes de palizas públicas de hombres con barba insuficiente o mujeres vestidas sin modestia e incluso, extrañamente, la prohibición de cometas. Luego, el Ministerio fue disuelto después de 2001 por quienes lo habían revivido en 1992, solo para autodefinirse como demócratas liberales disfrazados, cuando Estados Unidos y sus aliados invadieron el país.

Incluso en sus propios términos, la tarea del Ministerio es navegar siglos de decisiones religiosas a través de tradiciones legales, una historia nacional tumultuosa y las sensibilidades de la comunidad internacional siendo una labor formidable. El deber de Amr bil Maroof era, como comenta Akif, “la reforma de la sociedad”, a una sociedad islámica adecuada, fomentaba el bien y prevenía el mal. Akif definió el mal como aquello “que es condenado unánimemente por los juristas, delimitando los teléfonos móviles, las casas, las tiendas y la propiedad privada como fuera de las competencias del Ministerio”. Sin embargo, los informes de búsquedas de teléfonos móviles por parte de otros órganos gubernamentales fueron generalizados.

Akif comentó que “la sociedad afgana es diferente y tradicional”, sin explicar a qué se refería exactamente. Sólo expuso que este tradicionalismo percibido lo distinguía del resto del mundo. Los afganos, según Akif, habían luchado durante cuatro décadas por un “sistema islámico”, lo que implica que esto se había logrado con el restablecimiento del gobierno de los Talibán. Este encuadre es notable. Para Akif, los Talibán establecieron un sistema político basado en la piedad sin igual y la destreza militar de los afganos. Esta forma ligera de nacionalismo también se puso de manifiesto cuando aludió a la crítica habitual de que los numerosos graduados talibanes de la Darul Uloom Haqqania de Pakistán hacían que el movimiento fuera menos afgano, una crítica a la que él tenía “alergia”. “Cualquier orgullo o logro que alcancemos no debe atribuirse a otros”, dijo.

Akif negó que su Ministerio haya cometido abusos desde la victoria del movimiento, pero esta muy consciente de su terrible reputación a nivel internacional y de la creciente percepción entre algunos afganos de que existe sólo para microgestionar sus vidas. “La sharia no nos permite […] coaccionar o cometer excesos. Nuestro Profeta, la paz y las bendiciones sean con él, implementó los edictos de la sharia de tal manera que fueron bienvenidos. Nosotros […] hemos elegido el mismo camino” manifestó, insistiendo en que el liderazgo de los Talibán había dado instrucciones explícitas al respecto.

Sin embargo, existe una preocupación generalizada entre los afganos que viven en las urbes, en particular de que el Ministerio tiene la intención de atacar cualquier libertad social y cultural que no se alinee con la visión de los Talibán de una sociedad islámica ideal; una visión que no se comparte unánimemente en diversas ciudades como Kabul.

El 26 de enero, Mahbouba Seraj, una activista afgana por los derechos de las mujeres advirtió al Consejo de Seguridad de la ONU en una sesión informativa que los Talibán estaban “literalmente borrando a las mujeres de la vida pública”. Pero si esto realmente está sucediendo, no se está haciendo de la misma manera que cuando el grupo estuvo en el poder por última vez. Seraj y otra mujer afgana con la que hablé, que trabaja en el Banco Central, me dijeron que no habían visto mujeres golpeadas abiertamente por las patrullas de Amr bil Maroof;  una imagen que era demasiado común a fines de la década de 1990. También comentaron que los códigos de vestimenta aún no se aplican tan rígidamente como antes, a las mujeres todavía se les permite usar maquillaje y no están obligadas por ley a usar burka o niqab.

Sin embargo, el efecto del Ministerio fue muy visible en otros aspectos de la vida en Kabul. Los drogadictos fueron detenidos a la fuerza y sacados de las calles. Los traficantes de drogas fueron agredidos físicamente. Y los taxistas, me dijo un amigo, ahora evitan llevar mujeres como pasajeras en caso de que las patrullas del Ministerio las acusen de facilitar la prostitución.

La confusión en torno al Ministerio también se convirtió en una realidad de la vida. Hasta hace poco, el personal del Ministerio no estaba uniformado, lo que hacía casi imposible saber a qué parte del gobierno pertenecían las unidades locales de los Talibán. En medio de casos de periodistas y manifestantes agredidos, la confusión se agravó aún más. Recientemente, funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores fueron detenidos frente a sus oficinas por no tener la barba adecuada. Akif dijo con respecto a esto: “No estaba en línea con la política y se había dado orientación para evitar tales sucesos en el futuro”. Sin embargo, algunos funcionarios continúan temiendo perder sus trabajos si sus barbas no son lo suficientemente largas. En seguida, hubo informes desde la provincia de Badakhshan, donde unidades del Ministerio del Interior supuestamente afirmaron que eran parte del Amr bil Maroof, hostigaron a los lugareños, e inevitablemente provocando la ira de Amr bil Maroof que ya está bajo fuego.

Akif proporcionó una descripción de cómo está organizado el Ministerio y sugiere que tiene una cadena de mando más clara. Está dividido en tres direcciones, con un departamento separado dentro de Kabul. La primera dirección es la de los Muhtasibeen, o los que realizan las tareas de hisbah. Diez Muhtasibeen operan en cada distrito policial, fomentando el comportamiento recto y aconsejando contra el pecado. Akif enfatizó que su rol era “consultivo y no coercitivo”. El criterio para reclutar a los Muhtasibeen es simple: personas graduadas de madrazas que poseen habilidades en el proselitismo para que “no, Dios no lo quiera, violen la sharia”.

La segunda dirección tranquiliza a los antiguos opositores de los Talibán sobre su seguridad mediante el suministro de tarjetas que afirman certificar su inmunidad contra el castigo. La tercera dirección gestiona las quejas sobre presuntas malas conductas del personal, aunque Akif dio pocos detalles al respecto. La participación de múltiples organismos para garantizar la seguridad y la conducta adecuada de los ex funcionarios, sugiere que el nuevo gobierno es consciente de que debe acabar con los posibles abusos de poder. Sin embargo, queda por ver en qué medida estos organismos están realmente dispuestos o son capaces de imponer la disciplina.

El Ministerio también se divide en secciones civiles y militares, y esta última se ocupa de la mala conducta del personal militar. Akif confirmó que hubo algunos “transgresores” y que “fueron tratados conforme a la ley”. A lo que agregó que “fueron juzgados en tribunales militares, revelando inadvertidamente que aún no se había formalizado un código claro para castigar las malas conductas”.

Akif negó que los Talibán llevaron a cabo ejecuciones extrajudiciales de funcionarios del antiguo régimen, a pesar de numerosos informes en sentido contrario. El pasado mes de noviembre, una investigación de Human Rights Watch detalló las ejecuciones o desapariciones de 47 exmiembros de las fuerzas de seguridad afganas desde que el grupo recuperó el poder. Akif negó que se hubieran producido tales asesinatos y afirmó que las bases de los Talibán no tenían paralelo en su obediencia a la ley. En su opinión, los soldados del movimiento no traicionarían la amnistía anunciada por sus líderes; esto sería un grave pecado. Para ilustrar su punto, describió, bastante gráficamente, cómo la disposición de los Talibán a obedecer órdenes había llevado a miles de personas a “atar explosivos al pecho y detonarse”.

No está claro si Akif estaba simulando deliberadamente o mostrando involuntariamente la confusión más amplia que existe dentro de la organización. En ese momento, la afirmación de Akif de que el rol de su Ministerio era consultivo y no coercitivo era técnicamente cierta; el personal rara vez hizo más que dar consejos, a pesar de que a menudo no se los solicitaban. Eso fue antes de una gran reunión en Kandahar, nuevamente la capital afgana de facto, recientemente convocada por Hibatullah Akhundzada, el líder espiritual de los Talibán. En la reunión, se informa que una minoría ultraconservadora y ruidosa obligó al gabinete a mantener cerradas las escuelas de niñas, a pesar de las promesas de abrirlas antes del 23 de marzo. La decisión fue dañina y provocó revuelo a nivel nacional e internacional. Los ultraconservadores, dijo una fuente, no se aplacaron ni siquiera con el anuncio de que las escuelas permanecerán cerradas “hasta nuevo aviso”, ya que esto implicaba que la decisión era temporal. En medio de la vacilación de la mayoría para adoptar una posición firme, la dirección general del gobierno viró de forma impredecible hacia la alineación con los ultraconservadores. Esto se centró directamente en el Ministerio de Akif, hasta ahora un organismo asesor.

Quizá Akif cree sinceramente que el Ministerio está haciendo su trabajo y prefiere ignorar o no creer las violaciones que parecen estar ocurriendo fuera de su competencia. A veces parecía preocuparse por la percepción de la comunidad internacional sobre los Talibán, lo que, en sí mismo, debería ser motivo de un optimismo cauteloso. Sin embargo, sostuvo que al Ministerio sólo le preocupa lo que es permisible y aconsejable según el Islam, lo que naturalmente se basa en la interpretación del movimiento. El enfoque relativamente más suave del Ministerio esta vez no es, según Akif, parte de una ofensiva de encanto más amplia. Akif expresó poco interés en ello, incluso cuando las paralizantes sanciones de Estados Unidos dejan a millones de afganos en riesgo de morir de hambre. “Las presiones ejercidas sobre nosotros en la guerra no tenían parangón, pero no cedimos ¿Por qué cederíamos ahora a la presión internacional?”, preguntó.

Para entender su afirmación de que el Ministerio quiere aconsejar a las personas con compasión sobre su conducta, en lugar de obligarlas por la fuerza, le planteé una serie de escenarios hipotéticos. Dijo que la música está “prohibida por unanimidad”, pero si me atrapan tocándola en mi automóvil, sólo me informarán que es pecaminoso. No existe una unanimidad similar en cuanto a la obligación de dejarse crecer la barba, admitió, y por tanto no se me castigaría si mi barba no tuviera la longitud del puño, aunque se me alabaría si la tuviera. Al menos hasta la reciente escalada de actividad de Amr-bil-Ma’roof, esto coincidía aproximadamente con la especificación de Fatawa-e-Alamgiri: El Ministerio, actuando como erudito, debe desalentar verbalmente el mal. De hecho, un amigo me dijo que los conductores de Kabul que ahora están cansados de recibir sermones no solicitados de los Talibán simplemente bajan el volumen de su música cuando se acercan a los numerosos puestos de control de la ciudad.

Akif fue claro: los objetivos de Amr bil Maroof son hacer cumplir “los edictos de la sharia, ya sea hace 20 años, ahora o 20 años en el futuro; no habrá cambios en nuestra conducta”. Su frase fue, una vez más, sutil, pero reveló que equipara la sharia por defecto con la trayectoria actual del Ministerio. También implica que lo que se decida como sharia, un asunto interpretativo, se hará únicamente de acuerdo con los términos de los Talibán. Es poco probable que esto sea aceptable para muchos afganos a largo plazo, incluidos aquellos fuera del gobierno que son académicos altamente educados por derecho propio.

Al igual que durante el primer régimen del grupo, algunas mujeres en Kabul le dan crédito al Ministerio por ayudar a mejorar la seguridad en la ciudad, y existe evidencia anecdótica que sugiere que los incidentes de delitos violentos y acoso sexual disminuyeron desde agosto pasado. ¿Pero a qué precio? Para Seraj, estas ligeras mejoras en la vida diaria no pueden justificar la naturaleza cada vez mayor de las restricciones de los Talibán.

Su historia familiar está íntimamente ligada a lo que Amr bil Maroof llegó a simbolizar en el tira y afloja por el poder político en todo el espectro ideológico afgano. Seraj, de unos 74 años, es sobrina de Amanullah, cuyas reformas seculares provocaron el derrocamiento de quienes finalmente instituyeron Amr bil Maroof en 1930. En medio del pánico que acompañó a la toma del poder por parte de los Talibán, Seraj fue una de las pocas mujeres de alto perfil que permanecieron en Kabul cuando los funcionarios, incluido Ghani, huyeron. Se comprometió y presionó al nuevo gobierno, ganando elogios generalizados e incluso el respeto a regañadientes del nuevo gobierno.

Si bien Seraj advirtió a la ONU que las mujeres afganas están siendo borradas de la vida pública, expuso  que “no tenía una opinión específica” sobre el Ministerio de Akif, resignándose a la realidad de que los Talibán lo perciben como una necesidad, aunque ella diagnosticó erróneamente que esto se debía a que “son seguidores de la escuela Deobandi”. Sin embargo, a medida que el nuevo gobierno se consolida, Seraj tiene claro que Amr bil Maroof necesita ser controlado o “podría volverse peligroso, como lo fue durante el primer gobierno Talibán”.

Los eventos recientes parecen sugerir que las advertencias de Seraj se están haciendo realidad. Indudablemente, hubo una reorientación talibán hacia las políticas de la década de 1990, pero existe una falta de claridad en temas clave y la disidencia interna contra las últimas decisiones es alta. Los que dirigen la sacudida momentánea hacia las políticas ultraconservadoras del pasado son poderosos, pero son una minoría. Tener un buen desempeño frente al resto de los Talibán, cuya composición sufrió cambios sustanciales en los últimos 20 años, es una tarea difícil y es poco probable que sea un camino tranquilo.

A largo plazo, queda por ver si se demostrará quien, entre Seraj o Akif, tuvo la razón.

[Se prohíbe expresamente la reproducción total o parcial, por cualquier medio, del contenido de esta web sin autorización expresa y por escrito de El Intérprete Digital]

Ahmed-Waleed Kakar es un analista independiente residente en Londres de origen Afgano y fundador de The Afghan Eye. 

N.d.T.: El artículo original fue publicado por New Lines Magazine el 25 de abril de 2022.