Irak debe regresar a casa reincorporándose al redil árabe

Por Zaid M. Belbagi para Arab News (AN)

Bandera Iraquí. [Bryan Jones / Crative Commons]

Un gobierno estable e inclusivo, largamente esperado por el pueblo iraquí, sigue siendo un panorama distante casi dos décadas después de la caída de Saddam Hussein. El fin del gobierno del Partido Baaz no vió florecer al país en una sociedad progresista, reconstruida por la gran riqueza natural del mismo; en lugar de ello, los sucesivos gobiernos se han tambaleado de una crisis a otra.

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A pesar de la implosión del Estado, la insurgencia anti-americana y el ascenso del Estado Islámico de Irak (EIIL), los iraquíes han manejado la situación evitando que el país se fragmente en líneas sectarias y étnicas. Sin embargo, lo que este Irak unificado oculta detrás, es el costo de mantener unido al Estado y el hecho de que ciertos asuntos iraquíes se están decidiendo en Teherán. En toda la región, los acontecimientos de los últimos años demostraron que la injerencia iraní desalienta el establecimiento de instituciones soberanas independientes y aleja a los Estados de sus vecinos países árabes. Sin embargo, habida cuenta de los graves desafíos que enfrenta Irak, debe aprender a valerse por sí mismo.

Los países árabes, especialmente sus vecinos del Golfo, mantienen una relación compleja con Irak. Durante la guerra con Irán de 1980-1988, Irak aceptó el apoyo financiero del Golfo a cambio de una contención militar a las ambiciones revolucionarias del Ayatolá Jomeini. En 1990, las relaciones entraron en un nuevo capítulo luego de que Irak invadiera Kuwait. Los aliados árabes fueron abrumadoramente críticos de la invasión y ocupación de aquel país árabe por parte de Saddam, e incluso varios tomaron las armas en su contra.

Sin embargo, no fue hasta 2003 que Irak tomó una trayectoria completamente diferente. Después del colapso del régimen de Saddam, la minoría árabe sunita ya no dominaba a la mayoría chiítas y kurda en la lucha por el control del territorio iraquí. El resentimiento por parte de los chiítas y kurdos relacionado a décadas de privación de derechos llevó a una reestructuración completa de la élite y, con ella, los objetivos de política exterior del país.

Aunque Irak siempre ha sido sede de una mixtura de diferentes identidades étnicas y religiosas, desde la independencia del país del dominio otomano en 1920 hasta la invasión estadounidense, las diversas comunidades habían convivido sin problema. Sin embargo, el desorden que se apoderó de Irak inmediatamente después de la caída de Saddam reflejó una ignorancia sobre la realidad territorial, por parte de los estrategas de guerra de Washington, así como la fragilidad de las instituciones estatales, que habían sido vaciadas con Saddam. Amenazados con el colapso del Estado iraquí, los planificadores estadounidenses e iraquíes de la posguerra se apresuraron a poner en marcha un sistema federal multiconfesional. Sin embargo, esto arraigó aún más las divisiones comunales. Al empoderar a opositores, oprimidos durante mucho tiempo, muchos de los cuales habían buscado el exilio en Irán, la realidad posterior a la invasión era que Irak se acercaba cada vez más a la órbita de Teherán.

No hay duda de que Irak siempre estuvo en medio de la rivalidad regional entre Irán y los Estados del Golfo – posición que ha tenido un marcado efecto en sus esfuerzos de estabilidad y desarrollo. Los gobiernos posteriores a la invasión, infamemente poco representativos, han sido decisivos para avivar las tensiones religiosas al tiempo que mantenían una gestión económica desordenada, haciendo de Irak un terreno fértil para el reclutamiento de terroristas. Después del EIIL, los líderes iraquíes no tienen otra opción que acomodar a los árabes sunitas, regular el papel político de los chiítas y gestionar los renovados llamamientos a la independencia kurda.

Aunque el éxito del EIIL fue en parte una reacción a la corrupción rampante de las nuevas élites de Irak, también demostró los peligros de involucrar a potencias extranjeras en los asuntos iraquíes. La presencia de la Fuerza Quds Iraní, que ha reforzado las milicias chiítas, también demostró ser perjudicial. Para que la sociedad iraquí avance, el gobierno debe tratar de restringir las actividades de las milicias.

Desde que los británicos abandonaron Irak en 1932, casi todos sus líderes, incluyendo a Saddam, sólo han hablado de la inclusión en el estado Iraquí; en lugar de favorecer a sus propias tribus para crear círculos relativamente pequeños de poder. Para que Irak prospere, sus instituciones estatales deben reconstruirse a ciegas de las confesiones religiosas y suscribir al Estado como una prioridad.

Una realidad histórica semejante a la de Irak siempre ha sido central para el mundo árabe. No es casualidad que, tras la implosión del Estado, toda la región se volviera más insegura. Si los vecinos árabes de Irak desean contrarrestar el peso de Irán, deben tomar un papel activo en el desarrollo del mismo y condicionar su colaboración con el gobierno de Bagdad para evitar la injerencia de las milicias iraníes. El papel de Irak en la OPEP también es sumamente importante, al igual que sus vínculos de parentesco con el mundo árabe y su potencial para participar en el desarrollo económico de la región. Irak ya no puede darse el lujo de mirar hacia el este – por el contrario debe buscar regresar a casa.

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Zaid M. Belbagi es comentarista político y asesor de clientes privados entre Londres y el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).

N.d.T.: El artículo original fue publicado por AN el 24 de marzo de 2021.