Cómo Ben & Jerry’s expuso la fallida estrategia israelí anti boicot

Por Ramzy Baroud para Arab News

Camión de reparto de helados Ben & Jerry, Israel. [Abrit / Wikimedia Commons]

La decisión de Ben & Jerry’s de suspender sus operaciones en Cisjordania resultó decisiva para los esfuerzos palestinos destinados a responsabilizar a Israel por su ocupación militar, su apartheid y sus crímenes de guerra. Al responder al llamamiento palestino a boicotear el apartheid israelí, el gigante de los helados asestó un golpe a los intentos de Tel Aviv de criminalizar y, en última instancia, poner fin a la campaña mundial de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS).

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Lo que diferencia la decisión de Ben & Jerry’s de abandonar el creciente mercado de los asentamientos ilegales en Cisjordania de las anteriores decisiones de otras empresas internacionales es el hecho de que la compañía de helados dejó claro que su movimiento tenía una motivación moral. De hecho, Ben & Jerry’s no intentó enmascarar su decisión de ninguna manera. “Creemos que es incompatible con nuestros valores que los helados de Ben & Jerry’s se vendan en el Territorio Palestino Ocupado”, expresó un comunicado del 19 de julio de la empresa con sede en Vermont, Estados Unidos.

Como era de esperar, el gobierno israelí se enfureció por la decisión, especialmente porque se produjo después de años de su bien financiada campaña mundial patrocinada por el Estado para desacreditar, demonizar e incluso prohibir el movimiento BDS y cualquier iniciativa similar que boicotee a Israel.

Durante años, el gobierno israelí consideró al movimiento de boicot como una amenaza real y tangible. Algunos funcionarios llegaron a percibir la ‘deslegitimación’ resultante de la campaña de boicot como la principal amenaza a la que se enfrenta actualmente Israel. Se realizaron conferencias muy concurridas en Las Vegas, Bruselas, Jerusalén y en otros lugares, se reacudaron cientos de millones de dólares y se pronunciaron fogosos discursos, mientras los políticos y los ‘filántropos’ se alineaban prometiendo su lealtad a Israel y acusando de ‘antisemita’ a cualquiera que se atreviera a criticar al ‘Estado judío’.

Sin embargo, el mayor reto de Israel sigue siendo su casi total dependencia del apoyo de políticos partidarios. Hay que reconocer que esos ‘amigos de Israel’ pueden ser bastante útiles a la hora de formular leyes que, por ejemplo, equiparan falsamente las críticas a Israel con el antisemitismo o hacen que el acto de boicot sea ilegal. De hecho, muchos estados de EE.UU. y parlamentos europeos cedieron a la presión israelí y criminalizaron al movimiento BDS y a sus partidarios, ya sea en el ámbito de las empresas o incluso a nivel de la sociedad civil y los individuos. Sin embargo, todo esto se resume a muy poco.

Asimismo, Israel intensificó sus intentos por controlar la narrativa en los principales medios de comunicación, en el mundo académico y en todos los lugares en los que el debate contra la ocupación demostró ser importante. Utilizando una lógica kafkiana y a menudo extraña, Israel y sus partidarios malinterpretan deliberadamente la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto, aplicándola a todas las plataformas en las que se critica a Israel o su ideología sionista. Este imprudente enfoque israelí es, triste pero previsiblemente, adoptado por muchos de los benefactores occidentales de Israel, incluidos Estados Unidos, Canadá e Italia.

Sin embargo, nada de esto acabo, ni siquiera freno, el impulso del movimiento de boicot palestino. Este hecho no debería sorprender, ya que los movimientos de boicot están diseñados fundamentalmente para eludir el control gubernamental y presionar a los políticos, a los Estados y a los aparatos corporativos para que atiendan los llamamientos de la sociedad civil. Así, cuanto más intenta Israel utilizar a sus aliados para criminalizar, deslegitimar y reprimir la disidencia, más la alimenta.

Este es el secreto del éxito del movimiento BDS y es el talón de Aquiles de Israel. Al ignorar la campaña de boicot, el movimiento crece exponencialmente; y al combatirlo, utilizando medios tradicionales y un lenguaje predecible, crece aún más rápido.

Para comprender el dilema de Tel Aviv, basta con maravillarse ante las extrañas declaraciones ofrecidas por altos funcionarios israelíes en respuesta a la decisión de Ben & Jerry’s. El Primer Ministro, Naftali Bennett, advirtió a la empresa británica que adquirió Ben & Jerry’s en el año 2000 de “duras repercusiones” y amenazó con “medidas firmes”, probablemente refiriéndose a acciones legales. Lo verdaderamente extraño fue el lenguaje utilizado por el Presidente, Isaac Herzog, que acusó a Ben & Jerry’s de participar en “una nueva forma de terrorismo”, siendo este, el “terrorismo económico”. Se comprometió a luchar contra “este boicot y el terrorismo en cualquiera de sus formas”.

Nótese cómo la respuesta israelí al éxito continuo del movimiento de boicot palestino sigue limitada en términos de opciones y lenguaje. En el frente legal, la mayoría de los intentos de acusar a los activistas del BDS fracasaron, como demostraron las sentencias judiciales del año pasado en Washington. Mientras tanto, el acto de acusar a una empresa de helados de “terrorismo” merece un serio examen.

Históricamente, Israel utilizó un manojo de términos redundantes en su guerra de propaganda antipalestina, que se basa en la afirmación de que Israel es un Estado judío y democrático, cuya seguridad y existencia misma se ve constantemente amenazada por los terroristas y socavada por los antisemitas. Es posible que este mantra haya logrado anteriormente proteger a Israel de las críticas, al mismo tiempo que empañaba a sus víctimas, los palestinos. Sin embargo, ya no garantiza la simpatía y la solidaridad Internacional. No sólo la lucha palestina por la libertad está ganando adeptos en todo el mundo, sino que el discurso pro-israelí está descubriendo por fin sus limitaciones. Al llamar “terrorista” a una empresa de helados por limitarse a cumplir el derecho internacional, Herzog puso de manifiesto la creciente falta de credibilidad y el absurdo del lenguaje oficial israelí.

Pero este no es el fin de los problemas de Israel. Independientemente de que se las califique de exitosas o infructuosas, todas las campañas de BDS son igualmente beneficiosas en el sentido de que cada una de ellas inicia una conversación que, a menudo, se hace global como hemos visto repetidamente en el pasado. Airbnb, G4S y SodaStream son sólo algunos de los muchos ejemplos. Cualquier debate mundial sobre la ocupación militar y el apartheid israelí es un éxito del BDS.

Dicho esto, hay una estrategia que seguramente acabará con la campaña de BDS, y es la de poner fin a la ocupación israelí, desmantelar el sistema racista del apartheid y dar a los palestinos la libertad consagrada y protegida por el derecho internacional. Desgraciadamente, esta es la única estrategia que los funcionarios israelíes aún no consideran.

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Ramzy Baroud lleva más de 20 años escribiendo sobre Oriente Medio. Es columnista internacional, consultor de medios de comunicación, autor de varios libros y fundador de PalestineChronicle.com.

N.d.T: El artículo original fue publicado por Arab News el 26 de julio de 2021.