Islamo-izquierda: el siniestro concepto para difamar y silenciar académicos

Por Philippe Marlière para The New Arab

Frédérique Vidal durante una visita al Ecole Polytechnique. [Ecole Polytechnique/Creative Commons]

En una reciente entrevista con CNews, el equivalente francés de Fox News, la Ministra de Educación Superior lanzó un ataque sin precedentes contra toda la comunidad académica francesa. Frédérique Vidal argumentó que la academia francesa está «gangrenada por el islamo-gauchisme» o el «islamo-izquierdismo». 

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La etiqueta de ‘islamo-izquierdismo’ es utilizada acríticamente, en los días que corren, por miembros del Gobierno, una gran parte de los medios de comunicación y académicos conservadores.

Sin duda, se trata de una reminiscencia de la injuria antisemita conocida como ‘judeo-bolchevismo’ de la década de 1930, que culpó a los judíos de la propagación del comunismo en Europa. Sin embargo, el ‘islamo-izquierdismo’ es un pseudoconcepto bastante esquivo que confunde arbitrariamente al islam —y los musulmanes— con el extremismo islámico, y apunta a los ‘académicos de izquierda’ que supuestamente se confabulan con estas nebulosas entidades islámicas.

La noción, que es descartada por la comunidad científica por ser errónea, fue acuñada por el académico Pierre-André Taguieff a principios de la década del 2000. El neologismo se forjó originalmente para señalar la supuesta convergencia política entre los ‘Altermundialistas’ de izquierda y los extremistas musulmanes que luchan contra los socios ‘norteamericanos-sionistas’. Taguieff argumentó que se formó una alianza poco probable que expresaba una ‘Nueva judeofobia’ entre los dos campos en nombre de la lucha contra el imperialismo y la globalización neoliberal.

Taguieff hoy acepta sin problemas el nuevo uso de su propia palabra. Es cofundador de una red académica llamada ‘Vigilance Universités’, que supervisa la supuesta ‘deriva racial’ en la academia francesa. Las acciones de la red comprenden señalar al Gobierno algunas de las investigaciones académicas realizadas por supuestos ‘islamistas de izquierda’ sobre raza, interseccionalidad o estudios decoloniales/poscoloniales.

El mismo día de la entrevista de CNews, la Ministra de Educación declaró que pediría al Centro Nacional de Investigación (CNRS) —órgano financiado por el Estado— que investigara las obras académicas en las universidades francesas. La propia funcionaria se comprometió, además, a identificar «el trabajo militante e ideológicamente impulsado» en la academia.

Asimismo, la Ministra citó a los estudios poscoloniales como un ejemplo de investigación ‘no científica’. Aún refiriéndose a los estudios poscoloniales, confesó estar ‘extremadamente conmocionada al ver banderas confederadas en el Capitolio’ durante la embestida de los partidarios de Donald Trump. La comparación rozó tanto el absurdo que dejó a los comentaristas sin palabras.

Los académicos franceses, en general, perciben su intervención como un ataque a la libertad académica y como una clara señal de que se está consolidando una  ‘policía del pensamiento’ para vigilar de cerca lo que se les permite investigar. Las declaraciones de la Ministra Vidal generaron impugnaciones inusualmente sólidas de dos de las instituciones académicas más influyentes de Francia. En primer lugar, de la tradicionalmente discreta Conferencia de Rectores Universitarios (CPU) quien descartó el ‘islamo-izquierdismo’ como un pseudoconcepto que pertenece a la prensa amarillista y a la retórica de extrema derecha. Además, argumentó que la universidad no es un «lugar de adoctrinamiento que fomenta el fanatismo». En resumen, la CPU declaró que la Ministra estaba diciendo disparates.

En segundo lugar, y poco después, llegó una refutación igualmente robusta del propio CNRS. A pesar de cumplir con la orden ministerial de revisar las investigaciones en la academia, el centro de investigación reiteró que la palabra ‘islamo-izquierdismo’ no tiene fundamento científico. Más aún, la institución afirmó que «condena firmemente» los ataques a la libertad académica y «los intentos de deslegitimar diferentes campos de investigación, como los estudios poscoloniales, los estudios interseccionales y la investigación racial«.

Las injuriosas declaraciones de la Ministra Vidal no surgieron, sin embargo, de la nada. En junio de 2020, el propio Presidente Macron declaró: «El mundo académico, en busca de un nicho, es culpable de haber fomentado la racialización de las cuestiones socioeconómicas. El resultado de esto solo puede ser secesionista. Todo se reduce a acabar con la República».

Macron hizo estos despectivos comentarios después de que el asesinato de George Floyd en Estados Unidos desatara las protestas antirracistas más importantes que Francia había experimentado desde la década de 1980. No es coincidencia que esas palabras iniciaran una nueva ola de retórica antiamericana contra los llamados conceptos ‘no franceses’ como ‘ privilegio blanco’, ‘gente racializada’, ‘racismo de Estado’ o ‘pensamiento descolonial’. 

Francia está familiarizada con la sistemática brutalidad policial contra personas de color de orígenes más pobres. Sin embargo, cuando se trata de raza, la mayoría francesa lo niega por completo. De igual manera, la mayoría de los políticos y periodistas retoman el agotado argumento de que hablar de ‘raza’ es ‘racista’. Argumentan, por el contrario, que Francia —una ‘República sin colores’— tiene el deber de defender sus valores ‘universales’, los cuales son la mejor defensa contra el racismo y la desintegración.

En un discurso televisado a la nación el día después de una histórica marcha antirracista en París, el Presidente Macron calificó a los manifestantes antirracistas de «separatistas» y «comunitaristas», un término bastante peyorativo que implica que rechazan las leyes y tradiciones de la República, y que cultivan en su lugar valores propios y estilos de vida «impulsados por la comunidad». Por el contrario, Macron celebró el «patriotismo republicano» y el «orden republicano», expresiones que tradicionalmente complacen a la derecha y la extrema derecha francesas.

Eminentes miembros del Gobierno siguieron su ejemplo: Jean-Michel Blanquer, el Ministro de Educación, fue el primero en cruzar la línea y usar la etiqueta ‘islamo-izquierdista’ tradicionalmente asociada con los medios conservadores o de extrema derecha. En un significativo canal de radio francés, declaró que «el islamo-izquierdismo está causando estragos en la academia«. Como siempre, esas afirmaciones carecían de fundamento.

Recientemente, el Ministro del Interior Gérald Darmanin, trató de superar a la líder de extrema derecha Marine Le Pen poniéndose aún más a la derecha que ella en materia de inmigración. La acusó de ser «demasiado blanda con el islam». Esas declaraciones públicas culminaron en febrero de 2021 con la aprobación de un controvertido proyecto de ley destinado a combatir el llamado ‘separatismo’ islámico. Muchos en Francia ven el proyecto de ley como una violación de la libertad religiosa y como la consagración de la islamofobia como una doctrina estatal.

Mientras tanto, la acusación de ‘islamo-izquierdista’ es descartada de plano por las principales instituciones académicas y nadie todavía logra definir exactamente qué es un ‘islamo-izquierdista’. Así y todo, los estudios poscoloniales y decoloniales, los estudios sobre el racismo y los estudios de interseccionalidad siguen siendo extremadamente marginales y subestimados en la academia francesa: solo el 2% de las publicaciones en revistas sociológicas francesas se dedicaron a esos estudios desde la década de 1960.

Entonces, ¿por qué tanto escándalo por el ‘islamo-izquierdismo’? Sucede que los académicos que trabajan en temas de interseccionalidad, racismo o descolonización toman en serio las discriminaciones y desigualdades relacionadas con el género y las etnias. Por lo tanto, los hallazgos de su investigación resultan difíciles de tragar para un Gobierno que defiende la postura de que no existe sexismo estructural ni racismo en Francia, o que no hay nada que se deba discutir sobre el pasado colonial de Francia. De ahí resultan, pues, los ataques concertados a los ‘académicos críticos’ para lograr desacreditar su trabajo y silenciarlos.

Es más, Macron sabe que ahora la mayoría de los votantes lo perciben como un hombre de derecha. Su electorado también se desplazó drásticamente hacia la derecha desde 2017. Entonces, está apostando a enfrentarse nuevamente a Le Pen en una segunda vuelta de las elecciones presidenciales del próximo año en las que buscará presentarse como la cara respetable del conservadurismo. Para lograrlo, cree que «ser duro con los valores patrióticos y el islam» ganará a los votantes más conservadores.

Macron considera a Le Pen como una oponente más débil porque se supone que los votantes más moderados de la izquierda se unirán a él para evitar que la extrema derecha gane la segunda vuelta de forma decisiva. Esta estrategia funcionó claramente en 2017, pero es posible que no funcione una segunda vez.

Después de los combativos movimientos sociales que se opusieron a sus reformas económicas, como los chalecos amarillos, un manejo inadecuado de la pandemia del COVID-19 y las significativas concesiones a la extrema derecha en cuestiones de orden público, Macron ya no es visto como un baluarte creíble contra la creciente marea de la extrema derecha.

Al imitar, e incluso superar, a la extrema derecha en sus temas tradicionales de inmigración e islam, Macron estuvo jugando con fuego. Sus fracasos económicos, su impopularidad y la falta de candidatos populares de centroizquierda y centroderecha podrían hacer que Francia, sonámbula, vote por un presidente de extrema derecha, casi por defecto.

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Philippe Marlière es Doctor en Estudios Políticos y Sociales del Instituto Universitario Europeo de Florencia y profesor de Política francesa y europea en la University College London. Centra sus investigaciones en las ideas políticas y en la política partidaria, y actualmente está escribiendo un libro sobre la ideología republicana en Francia.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por The New Arab el 19 de febrero de 2021.