Cómo el régimen de Asad finge un ‘laicismo’ mientras refuerza el conservadurismo

Por Joseph Daher para Syria Untold

Propaganda de Bashar Al Asad. [Watchsmart / Creative Commons]

“También quiero volver a la cuestión del laicismo, porque algunas personas creen que uno de los requisitos del laicismo, o la esencia del laicismo, es separar la religión del Estado. Esto es un error: no existe ninguna relación entre el laicismo y la separación de la religión del Estado […]”. 

Bashar Al Asad, 7 de diciembre de 2020

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Así es como el presidente sirio Bashar Al Asad describió el ‘laicismo’ en un discurso que pronunció el 7 de diciembre de 2020 ante altas autoridades religiosas sirias y eruditos islámicos. Se habían reunido en Damasco para una reunión organizada por el Ministerio de Asuntos Religiosos del país.

Durante el discurso, Asad también acusó al “liberalismo moderno” de haber librado una guerra de décadas contra las “sociedades islámicas” y el “arabismo”. El liberalismo moderno, dijo, fomenta el “matrimonio entre personas del mismo sexo”, la “disforia de género” y el consumo de drogas. Estas últimas posiciones son compartidas por numerosos movimientos de extrema derecha y fascistas en todo el mundo.

El discurso fue una sorpresa para algunos sirios y para los comentaristas y analistas occidentales. De hecho, desde hace varias décadas, el régimen de Asad se presenta a menudo como ‘secular’ y ‘moderno’. Tanto los partidarios como los detractores de Asad apoyaron, en ocasiones, esta opinión. Pero, ¿cuál es la realidad de ese ‘laicismo’?

El régimen sirio utilizó históricamente el laicismo como herramienta para reprimir a los opositores y para ganar legitimidad entre los actores internacionales, mientras que rechaza su aplicación dentro de su propio país, reforzando de hecho el conservadurismo y las instituciones religiosas oficiales.

El régimen sirio: ¿Protector laico del pluralismo cultural y étnico?

El régimen sirio de los Asad se presentó durante mucho tiempo como baluarte contra el ‘extremismo’, tanto dentro de la sociedad siria como a nivel internacional, especialmente a partir de 2003, en un intento de colaborar en la llamada ‘guerra contra el terrorismo’ dirigida por los Estados occidentales y los regímenes autoritarios. Asimismo, Damasco promovió una imagen del Estado como protector de las minorías, ya sean cristianas, alauitas, chiitas o drusas, en un país de múltiples poblaciones religiosas y étnicas, haciendo hincapié en su supuesto rol para garantizar la coexistencia pacífica de la sociedad siria.

Al mismo tiempo, Bashar Al Asad y funcionarios sirios describen a Siria como un Estado laico ante los medios de comunicación extranjeros. En 2010, durante una entrevista con el periodista de la televisión estadounidense Charlie Rose, Asad dijo que el mayor reto al que se enfrentaba su país era la necesidad de “preservar la identidad secular de Siria de la amenaza del extremismo”. Dos años después, una vez iniciada la revuelta, Asad declaró a una cadena de televisión rusa que Siria era “el último bastión del laicismo y la estabilidad en la región”. Reiteró este tipo de discurso en los años siguientes en diversas entrevistas con medios de comunicación extranjeros.

La diversidad de la sociedad siria y el ascenso de las fuerzas fundamentalistas islámicas, junto con la progresiva militarización del levantamiento no significan, sin embargo, que el régimen sea una garantía secular de cohesión social. En realidad, el laicismo fue sobre todo el tema del discurso de cara al exterior de Asad y los funcionarios sirios. Pero dentro del país, los funcionarios del régimen siempre insistieron en cambio en que son “musulmanes fieles” que promueven la “comprensión correcta del islam”, en oposición al “fanatismo” de otros grupos.

Esto ya ocurría bajo el gobierno de Hafez Al Asad. En 1979, una semana después de que los llamados ‘Vanguardias combatientes de la Hermandad Musulmana’ masacraran a los cadetes alauitas en la Escuela de Artillería de Alepo, el mayor de los Asad pronunció un discurso en el que destacó la importancia de “la esencia del islam” en el progreso social. También describió la religión islámica como algo que propugna “el amor, el trabajo y la ética” y se presentó como un “fiel musulmán” que anima “a todos a tener fe y a luchar contra la rigidez y el fanatismo”.

A lo largo de sus 30 años de gobierno, Hafez Al Asad siguió promoviendo una imagen de sí mismo como musulmán piadoso y reintrodujo en las ceremonias públicas fórmulas religiosas anteriormente abolidas. Además, el régimen patrocinó e institucionalizó grupos islámicos alternativos que estaban dispuestos a seguir su juego político, como la orden sufí Naqshbandi Kuftariya del jeque Ahmad Kuftaro y los grupos afiliados al jeque Said Al Buti, o el movimiento islámico femenino Qubaysiyat. Bajo el gobierno de Hafez Al Asad se produjo un aumento en la construcción de mezquitas, al tiempo que se crearon institutos para la memorización del Corán en toda Siria. Esto estaba relacionado con las políticas de Asad de liberalización económica progresiva, especialmente a partir de mediados de la década de 1980, ya que buscaba la colaboración con ciertos sectores de la burguesía, epecialmente en Damasco, así como con los líderes religiosos sunitas, con el fin de consolidar su poder y romper con las políticas baazistas más radicales de la década de 1960.

Tras la llegada al poder de Bashar Al Asad en 2000, siguió un camino similar al de su padre, utilizando la simbología islámica en un intento de ganar legitimidad y popularidad entre los musulmanes sunitas conservadores. El objetivo era movilizar el apoyo de amplios sectores de la sociedad siria frente a un escenario político internacional hostil y las amenazas contra Damasco tras la invasión militar de Irak liderada por Estados Unidos y el Reino Unido en 2003. Siria también se enfrentó al aislamiento político tras el asesinato en 2005 del ex primer ministro libanés Rafic Hariri, en el que fue acusado de estar implicada.

Como explica la investigadora Lina Khatib, Asad promovió la idea de ‘takrees al akhlak wa nashr thaqafat al tasamuh, wa isal al risala al haqiqiya lil islam’ (difundir la moralidad, difundir la cultura de la tolerancia y comunicar el verdadero mensaje del islam) en muchos de sus discursos, entrevistas y presentaciones en conferencias. Se presentó a sí mismo y al régimen sirio, cada vez más, como defensores del ‘islam moderado’ contra el ‘extremismo islámico’. También proyectó la imagen de un líder fiel al islam y de un guardián de la religión islámica en Siria. Los medios de comunicación estatales solían informar de la participación de Asad en las oraciones de las fiestas en las mezquitas de todo el país, mientras que abundaban las imágenes que lo retrataban como un musulmán piadoso. Mientras tanto, el régimen siguió una política continuada de distensión, iniciada por Hafez Al Asad a principios de la década de 1990, hacia los grupos fundamentalistas islámicos de la oposición mediante la liberación de presos políticos y la tolerancia de las publicaciones y movimientos islámicos, siempre que se abstuvieran de participar en la política.

Las políticas neoliberales no hicieron más que acelerarse y profundizarse durante el gobierno del joven Asad mediante la adopción de la ‘economía social de mercado’ como nueva estrategia económica. En otras palabras, el sector privado se convertiría en socio y líder en el proceso de desarrollo económico y en la provisión de empleo en lugar del Estado. El objetivo era fomentar la acumulación privada principalmente a través de la mercantilización de la economía, mientras el Estado se retiraba en áreas clave de la provisión de bienestar social.

Estas políticas neoliberales reforzaron las asociaciones religiosas en Siria, tanto islámicas como cristianas, así como sus redes de servicio y asistencia humanitaria, aumentando su rol en la sociedad a expensas del Estado. En 2009, de las 1.485 asociaciones, el 60% eran de carácter benéfico, la gran mayoría de ellas religiosas. En vísperas del levantamiento, la Qubaysiyat, por ejemplo, era propietaria de unas 200 escuelas, según un artículo publicado en un sitio de noticias prooposición por la personalidad religiosa y exdiputado Muhammad Habash. El apoyo a la Qubaysiyat alcanzó su punto álgido cuando uno de sus miembros fue nombrado asesor religioso oficial del ministro de Dotación Religiosa a principios de 2008, después de que el gobierno estableciera una ‘Oficina de Instrucción Religiosa de la Mujer’.

El régimen sirio de los Asad alternó políticas de confrontación y dura represión con la colaboración de diversos movimientos islámicos. Por ejemplo, a finales de la década de 2000, el régimen reprimió a algunos grupos islámicos e intentó limitar su autonomía e influencia, que habían alcanzado una importancia creciente en los años anteriores.

Sin embargo, existió una política general y un acercamiento a las capas religiosas conservadoras de la sociedad, coincidiendo con la censura de las obras literarias y artísticas y la promoción de la literatura religiosa que llenaba las estanterías de las bibliotecas. El efecto fue una islamización en el ámbito de la educación superior. Al mismo tiempo, los activistas y grupos feministas fueron acusados públicamente por los movimientos religiosos conservadores cercanos al régimen de herejía y de pretender destruir la moral de la sociedad. Dichos movimientos acusaron a las activistas de propagar los valores occidentales, como la noción de matrimonio civil, los derechos LGBTIQ y la libertad sexual. Por ejemplo, el 11 de abril de 2005, el jeque prorrégimen Buti lanzó un virulento ataque contra los derechos de las mujeres y las activistas feministas, describiéndolas en un discurso público como “impuros agentes”, “traidores”, “enanos” y “esclavos cuyos amos buscan erradicar la civilización islámica desde sus raíces”. En 2010, varios clérigos islámicos, como el jeque Osama Rifai, que ahora se encuentra en el exilio por su oposición al régimen y ejerce como jefe del Consejo Islámico Sirio, respaldado por Turquía, y el jeque Ratib Al Nabulsi, que no se posicionó en contra del régimen, calificaron al Comité de la ONU para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (EDM) “como una grave amenaza para la vida, la moral y los valores religiosos de los sirios”. Estos mismos hombres apoyaron varios de los argumentos del régimen sirio contra disposiciones clave de la EDM. Por ejemplo, se opusieron al artículo 2 del pacto, que ordena, en particular, que los Estados consagran el principio de igualdad entre hombres y mujeres en sus constituciones nacionales y en otras leyes apropiadas.  En 2012, en uno de sus informes periódicos al EDM, el gobierno sirio dijo que tenía dificultades para modificar la ley del estatuto personal, argumentando que si bien “las convenciones internacionales sustituyen a las leyes nacionales, no sustituyen a la ley divina”.

Con el levantamiento popular en 2011, el uso de la ideología islámica siguió siendo un elemento clave en la propaganda del régimen, que presentaba al Estado sirio como promotor del islam ‘moderado’ y ‘correcto’ en oposición a las prácticas más ‘extremistas’ y ‘fanáticas’. En septiembre de 2011, Asad argumentó en un discurso que las causas subyacentes de los “acontecimientos” en Siria se basaban en creencias religiosas. Se refirió a la situación como una “crisis de moralidad” (azmat akhlaq). En su discurso del 7 de diciembre de 2020, Bashar Al Asad repitió que la violencia era el resultado de un malentendido de las creencias religiosas. Al mismo tiempo, acusó de ateos a los primeros manifestantes de 2011, que salían de las mezquitas después de la hora de la oración entonando el cántico común de protesta “¡Dios es grande!”, en un intento de desacreditarlos.

El conservadurismo como herramienta de control 

“Pero la religión es la ley que controla la sociedad […]. La ley controla las relaciones entre las personas en el sentido institucional, mientras que la religión las controla en el sentido subjetivo e ideológico”.  

Bashar al Asad, 7 de diciembre de 2020

Este sentimiento se refleja de hecho en la Constitución siria y en la legislación, que está llena de diversas dimensiones religiosas. Desde hace tiempo se asignan determinados derechos y deberes en función de la identidad religiosa y la etnia, con el resultado de que no exista igualdad entre sectas y grupos étnicos. Lo mismo sigue ocurriendo después de años de guerra.

Por ejemplo, la Constitución de 2012, estipula que el presidente debe ser un hombre musulmán y que “la principal fuente de derecho es la sharía”, una cláusula discriminatoria hacia otras sectas religiosas y hacia las mujeres. La Constitución no incluye ninguna disposición para abolir la discriminación o la violencia contra las mujeres y no garantiza la igualdad de éstas como ciudadanas de pleno derecho del Estado, mientras que confirma el poder de las autoridades religiosas para presidir la vida de los sirios mediante la siguiente cláusula: “El estatuto personal está protegido por cada secta religiosa y sometido a ella”. Esta cláusula divide a los ciudadanos en comunidades sectarias y los somete a diferentes sistemas religiosos, sectarios y jurídicos.

Siria cuenta con ocho conjuntos diferentes de leyes sobre el estatuto personal, cada uno de los cuales se aplica en función de la secta religiosa del individuo. Las comunidades cristianas y drusas siguen sus propias leyes, mientras que las leyes del estatuto personal para el resto de la población musulmana de Siria se basan en una interpretación particular sunita de la sharía islámica, la jurisprudencia hanafí y otras fuentes islámicas. Estas leyes también incluyen importantes medidas discriminatorias contra las mujeres. En términos más generales, las leyes sirias sobre el estatuto personal están, como sostiene la abogada siria Daad Mousa, “se basan en el principio de que el hombre es el cabeza de familia, lo que socava los derechos de las mujeres como seres humanos”. Por ejemplo, el artículo 548 del Código Penal retiene las penas completas para los llamados ‘crímenes de honor’. Otro ejemplo es la llamada ‘violación legalizada’ consagrada en el artículo 489 que permite al marido agredir sexualmente a su mujer. [i] El matrimonio también es una institución religiosa, más bien civil, según la ley y, por tanto, impone una serie de restricciones. Las madres sirias no tienen derecho a conceder la nacionalidad a sus hijos.

En este sentido, la identidad étnica árabe es la suprema reconocida en la legislación siria, según la Constitución, mientras que otras se toleran como subordinadas o casi prohibidas, como la identidad kurda. Las poblaciones kurdas de Siria sufrieron políticas discriminatorias y represivas a nivel político, social y cultural desde la independencia de Siria en 1946. En su discurso de diciembre de 2020, Bashar Al Asad reiteró esta postura, explicando que el islam y lo árabe están en la base de la identidad nacional de Siria.

Esta postura está en contradicción con el concepto de Estado laico. Como mínimo, el concepto de laicismo abarca la separación del Estado y la religión, así como la neutralidad hacia las diferentes creencias religiosas y étnicas, incluso en la distribución de recursos u oportunidades. La religión y las instituciones religiosas no imponen sus leyes a la sociedad, y ningún credo religioso es privilegiado sobre otro. Al mismo tiempo, la libertad de conciencia garantiza el derecho de los creyentes a practicar sus religiones y de los no creyentes a no creer ni practicar ningún dogma religioso.

Este sistema de leyes y este marco político, que están regulados según criterios religiosos, étnicos y patriarcales, son fundamentales para el mantenimiento de las divisiones dentro de la sociedad. Por lo tanto, a pesar de la supuesta apelación ‘moderna’ del régimen, en realidad tiene interés en mantener esas leyes como instrumento de división y dominación.

Desde el ascenso al poder de Hafez Al Asad en 1970, el régimen sirio utilizó políticas que instrumentalizan el sectarismo religioso y la identidad étnica para dividir a los sirios, al tiempo que desarrolló una doble política de represión de las organizaciones cívicas y laicas populares independientes y de los partidos políticos.  El régimen sólo permitió el desarrollo de organizaciones alternativas bajo su propio control, al tiempo que reforzó las identidades sectarias y primarias, incluidas las tribales. Además, existe un largo historial de relaciones entre el régimen de Asad y los grupos fundamentalistas islámicos, tanto en Siria como en el extranjero, así como la instrumentalización de grupos yihadistas, incluso durante la ocupación de Irak dirigida por Estados Unidos.

Fortalecimiento de las instituciones religiosas

“El poder institucional religioso era auxiliar al ejército […] Si el ejército hubiera fracasado, el terrorismo habría triunfado, y si el establecimiento religioso hubiera fracasado, la sedición habría triunfado”.

Bashar Al Asad, 7 de diciembre de 2020

En su discurso, Asad elogió el rol del Ministerio de Asuntos Religiosos en el transcurso de la guerra, diciendo que había purificado las ciudades sirias “liberadas” del atraso, el fanatismo y la blasfemia, promoviendo el mensaje islámico “correcto”.

El gobierno utilizó durante mucho tiempo estas redes de poder religioso —el ministro de Asuntos Religiosos y otras asociaciones religiosas islámicas favorables al régimen, así como los clérigos de otras confesiones islámicas y cristianas— como herramientas para controlar la sociedad. Como símbolo de la importancia de esta red, clérigos de diferentes religiones participaron en los mítines y manifestaciones públicas para apoyar la ‘reelección’ de Asad en mayo de 2021. El Ministerio de Asuntos Religiosos desempeñó un rol destacado en la movilización de los clérigos sunitas para estos mítines. Pidió a los predicadores de las mezquitas que fomentaran la participación en las elecciones como “uno de los complementos de la fe” y organizó reuniones públicas para los clérigos sunitas y sus miembros en varias ciudades del país, como Damasco, Homs, Hama y Alepo.

El régimen también utilizó a los clérigos sunitas como parte de los llamados acuerdos de reconciliación con los grupos armados de la oposición, al tiempo que ha ampliado las redes religiosas locales leales en las zonas que ha recapturado. Una de estas redes religiosas prorrégimen, Al Fariq Al Dini Al Shababi (el Equipo Religioso Juvenil) está dirigida por Abdullah Sayyed, el hijo del ministro de Asuntos Religiosos. El ministerio creó el grupo como una organización de voluntarios en 2016 para movilizar a los jóvenes eruditos religiosos en la lucha contra el ‘extremismo’ y promover un discurso religioso ‘moderado’. Desde entonces, el Equipo Religioso Juvenil organiza sesiones de formación y conferencias en todo el país, a la vez que disfruta de un amplio acceso —incluido su propio programa semanal— al canal de televisión Nour Al Sham del ministerio. Sus miembros gozan de privilegios políticos y de seguridad, incluidos los nombramientos y el permiso para realizar actividades religiosas. Esta estrategia permite al régimen crear una nueva generación de clérigos leales.

El rol del Ministerio de Asuntos Religiosos, y especialmente de su ministro desde 2007, el muftí de Tartús Muhammad Abdul Sattar Sayyed, se reforzó aún más en septiembre de 2018 mediante el Decreto 16. El decreto revisó y amplió las responsabilidades y las estructuras internas del ministerio para recompensar a los grupos religiosos que prestaron apoyo al régimen durante el levantamiento. También amplió los poderes del ministerio en varios niveles, convirtiéndose en una herramienta para evitar la movilización religiosa incontrolada. En primer lugar, el Decreto 16 permite al Ministerio de Asuntos Religiosos establecer sus propios establecimientos comerciales, cuyos ingresos pueden llegar directamente a su tesorería sin pasar por el Banco Central o el Ministerio de Finanzas, lo que le otorga una total independencia financiera. De ahí que puede ahora externalizar sus propiedades, crear proyectos turísticos como restaurantes, hoteles y cafés, y arrendar sus terrenos a inversores. El mismo decreto también concede una exención fiscal total a los trabajadores del dominio religioso del ministerio y a las propiedades de dotación. Incluso antes de la aprobación del decreto en 2018, el ministerio era la institución más rica de Siria debido a un flujo constante de fondos de caridad y sus grandes extensiones de propiedades que habían sido registradas como dotaciones religiosas desde la época otomana.

Por otra parte, el Decreto 16 también permitía al ministerio gestionar las instituciones financieras y educativas, además de regular la producción artística y cultural y autorizar a un grupo denominado Juventud Religiosa a formar y supervisar a los predicadores, oponerse a las medidas contrarias a cierta moral y recaudar los impuestos (zakat). Estableció escuelas preuniversitarias de la sharía y consejos religiosos en las mezquitas, independientes de los Ministerios de Educación y de Enseñanza Superior. Todo ello llevó a reforzar el rol del ministerio en detrimento del Gran Muftí —antes considerado oficialmente la máxima autoridad religiosa musulmana sunita del país— en una lucha por la influencia y las ventajas materiales entre las dos instituciones religiosas sunitas. El decreto autoriza al ministro a nombrar al Gran Muftí, un derecho que antes correspondía a la presidencia, y limita su mandato a tres años, renovable sólo con la aprobación del ministro, al tiempo que elimina el derecho del muftí a presidir el Consejo Supremo de Awqaf. De hecho, este cargo se transfirió al ministro de Asuntos Religiosos. Es más, el mismo decreto suscitó una importante oposición tanto de los círculos leales como de la oposición democrática, que denunciaron una profundización del proceso de islamización de la sociedad siria. El decreto fue objeto de numerosas enmiendas por parte de los diputados que limitaron algunas de las competencias del ministerio —como la exención de impuestos para los trabajadores de asuntos religiosos o la posibilidad de contratar a extranjeros como funcionarios en el ministerio—, pero confirmó la ampliación del alcance del ministerio en la sociedad.

Finalmente, en noviembre de 2021, el cargo de Gran Muftí fue abolido por completo mediante un decreto presidencial y sus responsabilidades pasaron a manos del Consejo Islámico de Eruditos de la Jurisprudencia, una institución afiliada al Ministerio de Asuntos Religiosos. Esta medida confirmó el dominio del ministerio en el plano institucional religioso.

Esta tendencia a una mayor islamización de la sociedad puede observarse en otras redes afiliadas al Estado, mientras que el partido Baaz y sus cuadros utilizan cada vez más el discurso religioso en sus actividades. Por ejemplo, la Unión Nacional de Estudiantes Sirios, una institución históricamente vinculada al Baaz, patrocina ahora talleres religiosos.

No existe laicismo sin democracia e igualdad para todos

El establecimiento del moderno Estado patrimonial sirio se produjo bajo el liderazgo de Hafez Al Asad tras su llegada al poder en 1970 y fue considerablemente reforzado por Bashar Al Asad desde el año 2000. Los Asad impusieron por encima de todo el dominio del Estado sobre la sociedad mediante una represión brutal y otras herramientas como el corporativismo, el sectarismo, el racismo, la corrupción, el nepotismo y otras, gestionadas sobre redes informales de poder y patrocinio. Estas herramientas permitieron al régimen integrar, impulsar o socavar grupos pertenecientes a diversas etnias y sectas religiosas. En el ámbito local, diversos actores colaboraron con el régimen, entre ellos funcionarios del Estado o del Baaz, oficiales de inteligencia, clérigos, líderes tribales, empresarios y otros, que gestionaban localidades específicas.

En este sentido, el régimen carecía de una verdadera hegemonía ideológica, y adaptaba sus discursos y prácticas según el contexto y los actores. Los dos Asad recurrieron a menudo al eclecticismo religioso en un intento de atraer al mayor número posible de símbolos y grupos. Una prueba de esta falta de hegemonía es la adopción y promoción gradual del discurso religioso conservador por parte del régimen sirio, junto con la adopción de políticas económicas neoliberales que entran en contradicción con el discurso baazista original sobre el ‘socialismo’ y el ‘laicismo’.

El régimen de Asad está lejos de ser un defensor laico del pluralismo en la sociedad siria. Además, cualquier proyecto laico en Siria o en cualquier otro lugar no debe separarse de la lucha colectiva más amplia por la democracia, la justicia social y la igualdad. El laicismo no puede existir sin la democracia, y viceversa. El laicismo no debe diferenciar entre diferentes sectas y etnias, entre creyentes y no creyentes, mujeres y hombres. Desde esta perspectiva, promover un Estado laico es clave para desafiar el sectarismo, el racismo, el sexismo y la homofobia.

El laicismo es un primer paso para desafiar estas diversas formas de discriminación y es, por tanto, una parte importante de la reivindicación de la democracia. La lucha por el laicismo, junto con los otros componentes mencionados anteriormente, es una lucha contra las ideas dominantes de los regímenes autoritarios y los movimientos religiosos fundamentalistas.

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Joseph Daher es un activista socialista suizo-sirio, académico y fundador del blog Syria Freedom Forever. Forma parte del proyecto Wartime and Post-Conflict in Syria del Instituto Universitario Europeo de Florencia (Italia). 

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Syria Untold el 12 de enero de 2022.

REFERENCIAS: 

[i] El texto del artículo 489 es el siguiente: “El que utilice la violencia o coaccione para obligar a una persona que no sea su cónyuge a mantener relaciones sexuales será castigado con un mínimo de cinco años de trabajos forzados”.