El esquema de corrupción de Kadhimi pone en riesgo el apoyo occidental

Por Michael Rubin para 1001 Iraqi Thoughts

Boris Johnson y Al Kadhimi [Primer Ministro GB / Creative Commons]

Los iraquíes nunca eligieron a Mustafá Al Kadhimi como su Primer Ministro. Se convirtió en el líder de la transición después de que las protestas populares y un esfuerzo fallido por aplastarlas, forzaron la renuncia del entonces gobernante Adil Abd Al Mahdi.

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Inicialmente, tanto los iraquíes como los estadounidenses se acercaron al ascenso de Kadhimi con optimismo. Cuando emergió del conflicto tras el colapso de Mahdi, los funcionarios estadounidenses celebraron.Tanto el presidente Donald Trump como Joe Biden lo invitaron a la Casa Blanca. De hecho, los funcionarios del Consejo de Seguridad Nacional del demócrata fueron explícitos, aunque en privado, en que el motivo de la invitación, poco antes de las elecciones iraquíes, era mostrar su respaldo a Kadhimi.

Kadhimi sigue siendo popular en Washington, pero su brillo en Bagdad se desvaneció. La legitimidad de su mandato fue promulgar la reforma electoral. El Parlamento aprobó algunas otras medidas, ampliando el número de distritos para potenciar la responsabilidad popular sobre el poder de los partidos políticos. Sin embargo, fue una forma de diluir las pretensiones mayores de cambio dentro de la élite actual.

En la actualidad, los mismos líderes de los partidos iraquíes —Muqtada Al Sadr, Nouri Al Maliki, Mohamed Al Halbousi y Masoud Barzani, entre otros— participan en la misma competencia, que marcó la política nacional desde las elecciones de 2005, por los puestos de sus representantes.  Por lo tanto, Kadhimi fracasó en su propósito inicial.

Los partidarios de Kadhimi ciertamente pueden decir que esto es injusto. Lo es, pero eso no cambia la realidad. El entonces Primer Ministro recibió una herencia pesada. Como independiente, no tiene ninguna maquinaria partidaria detrás de él. Aún así, un líder más hábil puede maximizar sus ventajas y usar el impulso para superar los déficits. Kadhimi no utilizó su púlpito para mantener la lucha contra la corrupción. No solo desperdició el impulso inicial, sino que también permitió que la ambición se apodere de él.

En un esfuerzo por mantener su posición como candidato de compromiso, ahora realiza el mismo tipo de tratos que tienen sentido para los políticos dentro de la Zona Verde, pero generan cinismo entre los iraquíes comunes que desprecian cada vez más a la clase dirigente. Una cosa es ignorar la dictadura de Barzani o los vínculos comerciales de Maliki, y otra cosa es involucrarse en el mismo tipo de esquemas de corrupción, cuyo combate es la única fuente de legitimidad para Kadhimi, en ausencia de elecciones directas.

Considere esta decisión del gabinete que autoriza la entrega de tierras a aquellos con rango de ministro. Esto significa que no sólo Kadhimi y su gabinete reciben 600 metros cuadrados de tierra gubernamentales además de sus salarios, sino también los jefes de comisiones, teóricamente independientes, como el nuevo jefe de la Comisión Nacional de Inversiones o el Director de la Red de Medios.

La sincronización de Kadhimi es impecable: el Parlamento ahora se disolvió y el electo no prestó juramento. En efecto, utilizó activos estatales para sobornar a aquellos cuyo apoyo necesita para continuar en su cargo. Que la decisión exima a quienes ya recibieron tales concesiones de tierras, de los predecesores de Kadhimi, sólo agrava la corrupción. La cantidad de dinero es inmensa: mientras los iraquíes luchan por los servicios básicos, y los kurdos, privados de sus derechos por la corrupción de su región, se congelan a lo largo de la frontera con Bielorusia, las propiedades inmobiliarias se venden a $6000 dólares por metro. Con un trazo de su pluma, Kadhimi se convirtió a sí mismo y a sus colegas en millonarios.

Tales prácticas no son nuevas. En Kurdistan Rising, describí muchos de los esquemas de corrupción kurdos. El difunto Presidente iraquí, Jalal Talabani, le dio a su propia familia una ganancia multimillonaria inmediata cuando le regaló tierras públicas a su cuñado, Latif Rashid, para que las desarrollara y las vendiera. El Presidente de la región de Kurdistán, Nechirvan Barzani, y el Primer Ministro, Masrour Barzani, invierten mucho en bienes raíces, desarrollando terrenos públicos que les dio Masoud Barzani, respectivamente su tío y su padre. El mismo Masoud se apropió de un antiguo centro turístico de la era de Saddam en el macizo de Salahuddin, como su propio complejo personal de miles de millones de dólares. 

Durante el mandato de Nouri Al Maliki, Barzani entregó tierras a todos los parlamentarios como soborno para permitir que la región kurda aumente la proporción de los ingresos petroleros de Irak que podía reclamar. En Bagdad, Ayad Allawi, a quien L. Paul Bremer nombró Primer Ministro a su salida, también se concedió a sí mismo y a su gabinete propiedades. Asimismo, hizo Nouri Al Maliki, posiblemente el Primer Ministro más corrupto de la historia del país.

Tal vez Kadhimi y sus partidarios argumentarán que, según la letra de la ley, tales concesiones de tierras no son técnicamente corrupción. Sin embargo, el hecho de que programe su movimiento para evitar la supervisión parlamentaria, sugiere que sabe que sus acciones no resistirían el escrutinio. Las lagunas de los códigos legales iraquíes que existen sobre los delitos políticos y financieros, tampoco deberían ser luz verde para que un supuesto reformador se involucre en las prácticas que fue designado para combatir.

Puede que a Kadhimi no le interese. Tiene ambición y está dispuesto a hacer lo que sea necesario para lograrlo. Esta es una actitud peligrosa. Si estallan protestas nuevamente, es posible que los manifestantes no den una segunda oportunidad a la dirigencia. El potencial de violencia es inmenso. El mundo no necesita nuevos casos similares a los de Somalia, Líbano o Afganistán.

Es este último ejemplo el que debería preocupar a los iraquíes. Dentro de Washington, la voluntad de tolerar la corrupción de los aliados está desapareciendo. El presidente Joe Biden y sus aliados progresistas justificaron una retirada que, efectivamente, entregó Afganistán a los Talibán por la corrupción del presidente Ashfar Ghani. “El pueblo afgano vio colapsar y huir a su Presidente en medio de la corrupción y la malversación, entregando el país a su enemigo, los Talibán”, declaró Biden cuando se retiraron las últimas fuerzas estadounidenses.

El equipo de seguridad nacional de Biden indicó que la Casa Blanca no planea retirarse de Irak de la misma manera que lo hizo en Afganistán. Las promesas de Washington, sin embargo, son fugaces y solo son buenas hasta que cambie el estado de ánimo político o se necesite un nuevo chivo expiatorio.Biden recibió su golpe en Afganistán, pero no se arrepiente

Si los informes de prensa sobre los comentarios del Ministro de Asuntos Exteriores de Corea del Sur son precisos, estaría sobre la mesa la retirada de Corea, donde Estados Unidos mantiene fuerzas hace más de 70 años. Si Kadhimi, quien para muchos en Washington representó una última esperanza, se involucra en la misma flagrante corrupción que alguna vez hicieron Barzani y Maliki, la posibilidad de que Estados Unidos le dé la espalda a Irak es alta.

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Michael Rubin es Académico residente en el American Enterprise Institute en Washington, DC.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por 1001 Iraqi Thoughts el 15 de noviembre de 2021.