Cuestionando el ‘exilio’

Por Muhammad Dibo para Syria Untold

Huelga de refugiados sirios frente a la estación de tren de Budapest Keleti 2015. [Mstyslav Chernov / Creative Commons]

Vivo fuera de Siria desde 2014. Son siete años, dos de ellos en Beirut y los cinco restantes en Berlín. Lo extraño es que a lo largo de este tiempo no he sentido ni por un momento que estoy viviendo ‘en el exilio’. Simplemente no fue algo que se me pasó por la cabeza hasta que alguien me preguntó al respecto durante una conversación.

[Se prohíbe expresamente la reproducción total o parcial, por cualquier medio, del contenido de esta web sin autorización expresa y por escrito de El Intérprete Digital]

Pero a medida que las preguntas se multiplicaron y mi estadía fuera de Siria se prolongó, la palabra comenzó a filtrarse en mis pensamientos. Mi mente se arremolinaba con diversas preguntas. ¿Quién está realmente en el exilio: yo en Berlín, o alguien atrapado dentro de las fronteras de la ‘patria’ en Siria sin agua ni electricidad, viviendo bajo el miedo, sin los derechos humanos más básicos como el voto, la ciudadanía, los viajes, el acceso a la información, la educación y la salud? ¿Qué es el exilio? ¿Y el hogar? Es el hogar el país donde nacemos, aprendemos a hablar y luego lo perdemos todo, ¿O es el país que nos proporciona todo —aparte de nuestro lugar de nacimiento—, incluida la ciudadanía y un pasaporte?

Si es lo último, ¿cuál es nuestra relación con nuestro lugar de nacimiento? Ya no estamos atados a él y, sin embargo, a veces nuestra nostalgia parece casi matarnos. ¿Qué queda de la idea del exilio en medio de la globalización y de nuestra capacidad para comunicarnos constante y directamente con todos nuestros seres queridos en cualquier lugar en un instante?

Mi relación con el exilio no puede separarse de mi relación con el hogar. Ambos cambian con el tiempo, aunque siguen siendo inversos. Siempre que uno de ellos cambia en mi mente, el otro también debe desarrollarse y cambiar. El significado del exilio en mi conciencia hoy no es el mismo que tenía cuando tenía 20 años. El exilio no es lo mismo a escala mundial que hace medio siglo cuando quizás nació la palabra en este mundo de tristeza y dolor.

Parece que este concepto tendrá una larga vida, siempre y cuando las personas no encuentren soluciones distintas a las guerras y la explotación para resolver sus problemas con los demás —ya sea que ese otro incluya a los seres humanos, los animales, la naturaleza o el vasto universo mismo. No importa lo que sea, hacemos todo lo posible para subyugar.

“Exile Papers” (Documentos del Exilio) del conocido escritor y novelista sirio Haidar Haidar fue el primer libro que leí sobre el tema. En él, analiza su experiencia con el exilio, la escritura y la vida. Actualmente, más de 20 años después de que leyera el libro de Haidar, él regresó hace décadas. Ahora soy yo quien salió del país, hacia lo que otros llaman ‘exilio’. 

La paradoja es que Haidar Haidar regresó al país antes de la caída de la dictadura, viviendo bajo su sombra en un pueblo remoto de la costa siria, en una casi especie de exilio. Curiosamente, no escuchamos una sola palabra de este famoso novelista sobre lo que está sucediendo en Siria. ¿Es este el precio de volver a casa?

Estas palabras no pretenden juzgar a Haidar Haidar o su postura, sino más bien arrojar luz sobre la pregunta: ¿Qué rige nuestras decisiones de regresar? ¿Por qué deberíamos volver a casa de todos modos? Haidar no fue el único que regresó del exilio en la década de 1980, aunque existen quienes lo hicieron y permanecen comprometidos con la política en todos los sentidos de la palabra.

¿En qué se diferencia nuestro exilio actual del exilio de la generación de Haidar Haidar? ¿Estamos destinados a volver a Siria como ellos, o seguiremos los pasos de otros, que decidieron no volver nunca a casa?

Cuando leí “Exile Papers”, mi idea del exilio era romántica, al igual que mi idea del hogar. Hasta un mes antes de dejar Siria, nunca pensé en irme. Nunca había pensado en emigrar o vivir fuera de Damasco, una ciudad que adoro, a pesar de mi amor por los viajes. Toda la arquitectura de mi vida se había construido en torno a vivir en Damasco y viajar dos o tres veces al año a países que amo, regresando siempre a casa después para trabajar, vivir y escribir, para establecerme allí definitivamente.

Pero en algún momento, comencé a sentirme diferente. Tal vez fue por la lectura, la observación o simplemente la experiencia de la vida. Mi conocimiento de mi propio país se expandió y comencé a darme cuenta de que el lugar al que había llamado hogar no era más que una gran prisión. Se tragó a la gente durante muchos años en las celdas de la prisión, las llaves en poder de una junta gobernante que roba todo, comenzando con nuestros recursos y extendiendo nuestra libertad para hablar, criticar y escribir.

Debido a que elegí la escritura y el periodismo como mi profesión, todos los días entraba en contacto con restricciones sobre las que en realidad no podía escribir en mi propio país. Día tras día la idea del hogar cambió para mí, de un lugar hermoso y querido a un lugar difícil y restrictivo. Y, sin embargo, hasta el momento estaba decidido a quedarme, a ampliar el espacio para la libertad y a cultivar la esperanza en su suelo árido.

Al mismo tiempo, en mi mente y en mis recuerdos, el exilio era un lugar remoto y extraño. Fue donde los perseguidos se vieron obligados a buscar seguridad del arresto o la muerte, donde fueron asediados por un anhelo diario, por un hogar perdido, una familia, un espacio familiar. Fue la sensación de nostalgia que leímos en sus libros y artículos, traídos de contrabando a Siria, lo que hizo que la idea del exilio para mí fuera algo a la vez tentadora y repulsiva. Tuve la tentación de experimentar la libertad de la que hablaban estos sirios exiliados, y me repugnó su nostalgia y su distancia de casa, su dolorosa experiencia de pérdida.

Cuando comenzó la revolución siria, el mundo entero comenzó a cambiar a nuestro alrededor. Y en esos primeros meses de la revolución, nos parecía que Siria era el mundo entero. Los que aún estaban en el exilio se prepararon para regresar a casa, y los que aún estaban en Siria estaban decididos a permanecer, esperando ver el momento en que la libertad brillará sobre un país de tiranía. Pero poco a poco, a medida que los diversos caminos de la revolución se tambalean y la gente comenzó a escapar de la violencia brutal y las detenciones, comenzó un éxodo en la dirección opuesta. La gente buscaba seguridad temporal en los países vecinos, lugares donde esperar hasta la eventual caída de la dictadura.

A los que se fueron en esos primeros años no se les ocurrió que continuarían en el exilio, que esos refugios temporales se convertirían en permanentes. ¿Nuestra principal preocupación se convirtió en la búsqueda de un exilio permanente y estable? Sin embargo, ¿no son las palabras ‘exilio’ y ‘tempora’” más o menos lo mismo? El exilio es un estado temporal, no importa cuánto tiempo permanezcamos en él.

Finalmente me vi obligado a salir de Siria en el verano de 2014, después de un largo período de terquedad e insistencia en quedarme. Llegué al punto en que mis amigos, que ya habían buscado refugio en otro lugar, me preguntarán: “¿Cuándo te vas?” y les respondía: “¿A dónde?”.

En ese momento, la idea de irme de Damasco aún no se me había ocurrido, a pesar de todos los peligros y dificultades. Recuerdo que hasta junio de 2014 no había pensado en irme y, de repente, en el espacio de un mes, cambié de opinión por completo y decidí irme. ¿Por qué hice este cambio y cómo?

Mi percepción en ese momento del shabiha y el personal del régimen recorriendo las calles de Damasco después de las ‘elecciones’ de 2014, actuando con la confianza y la arrogancia del vencedor, puede haber influido en mi decisión de dejar el país. Sus sonrisas burlonas me robaron lo que quedaba de mi esperanza, resistencia y capacidad para cambiar desde dentro. (N.d.T.: la palabra árabe shabihah / shabeeha / shabbiha significa literalmente “fantasmas” pero denominan a los militantes del gobierno Sirio, o grupos pro Assad).

Ahora, mientras escribo estas palabras, recuerdo haber conocido a un médico sirio-palestino que había estado viviendo en Alemania durante tres décadas. Me dijo que decidió irse de Siria en la década de 1980 después de un encuentro con las fuerzas de seguridad, quienes lo habían escuchado decir palabras críticas hacia el régimen. Se sintió humillado, asediado por la pregunta: ¿Realmente pasaré el resto de mi vida inclinándome ante estas personas? Respondió a su propia pregunta y decidió irse de Siria sin remordimientos. Hasta el día de hoy dice que no se arrepiente.

Mientras contemplo mis propias razones para dejar Siria y mi conversación con el médico, me preguntó: ¿Cuándo alguien finalmente toma la decisión de dejar su país de origen? ¿Cuándo las injusticias actuales afectan su dignidad y se vuelven insoportables? Pero, ¿cuál es el límite de la dignidad y quién lo define? ¿Realmente dejé mi propio país porque mi resistencia se había agotado?

Cuando reorganizo las cosas en mi mente y miro hacia atrás con más calma, veo que mi reacción hacia la arrogancia de esos soldados del régimen en 2014 fue simplemente la gota que colmó el vaso. A pesar de mi terquedad, la decisión de irme de Siria había ido creciendo en mi alma con el tiempo. Vivía bajo el miedo de ser arrestado por segunda vez, bajo las presiones de una difícil vida cotidiana. Quizás la decisión creció de manera invisible, como una mala hierba que crece en la sombra. Me quedé en Siria bajo la apariencia de valentía, del deseo de permanecer en una patria que ya no era habitable.

Cuando llegué a Beirut en el verano de 2014, no sentí ninguno de los síntomas del exilio. Sin nostalgia, sin ganas de volver en absoluto. No sentí estrés, aparte de algo que mi madre me había dicho por teléfono: “Dejaste Siria y nos dejaste solos”. Luego vino la nostalgia por algunos lugares en Damasco: el café de la calle Al Rawda, Al Salehiyeh, Bab Touma, los callejones y ruidos de Jaramana. Pero por lo demás, pasé poco tiempo sumergiéndome en este nuevo lugar, y ya comencé a encontrar que veía el exilio como mejor que estar en casa. La propia Siria era la tierra del exilio y no al revés. Fue un intercambio de roles espantoso.

En Beirut, comencé a buscar y leer todos los libros prohibidos. Leí cualquier periódico que quisiera cuando quisiera. Escribí lo que quería escribir. Hablé en los cafés con mis amigos de todo e insulté al régimen y a sus aliados sin miedo. Atrás quedó la censura que solía vivir dentro de mí, y con su ausencia, mis puntos de vista cambiaron. Comencé a ver las cosas desde muchos ángulos diferentes y me retiré de algunas creencias que una vez tuve cerca de mí cuando estaba en Siria.

Descubrí hasta qué punto la tiranía ejerce presión sobre nuestro pensamiento y limita nuestra capacidad de desarrollo. Vivir bajo el miedo y la ansiedad diarios significa drenar tu energía en las cosas cotidianas, en censurarte a ti mismo y a tus propias palabras, aún cuando afirmas hacer lo contrario. Incluso el acceso a las fuentes de conocimiento y a lo que sucede en el mundo es limitado, no importa cuánto lo intente. Al final, todo significa que la tiranía puede restringir los marcos dentro de los cuales se mueven nuestras mentes, aunque afirmemos estar libres de ellos.

Descubrir esto me llevó a tener también una mirada crítica hacia Beirut, que se endureció de una especie de cielo a la realidad, con todas sus contradicciones, fragilidad, fealdad y belleza. Beirut en nuestra imaginación había sido una ciudad de sueños, leyendas, libertad, apetito, deseo. Pero vivir allí me hizo ver su otra cara, negativa, brutal y restringida. Curiosamente, esto no disminuyó mi amor por la ciudad. Para mí, Beirut seguía siendo hermosa y cálida, una ciudad que no se parecía a ninguna otra. ¿No existe belleza en la imperfección?

La mayor transformación de mi relación con el exilio fue en Berlín. Si Beirut era una ciudad regional, ciudades como Berlín, donde vivo actualmente, y París, que amo, son verdaderamente globales. Te hacen mirar Damasco y Beirut desde otra posición en el mundo. Empiezas a poner a prueba tus preguntas y tus conocimientos a la luz de tu nueva experiencia, redescubriendo el exilio y la patria. Te das cuenta de que las ciudades no son más que enormes pueblos en este vasto mundo, desde el hemisferio norte hasta el sur.

Tus sentimientos solo se refuerzan cuando observamos los mayores problemas del mundo desde tu nuevo lugar en él. Temas como el cambio climático, la migración, el auge de la ideología de derecha en Occidente, el extremismo islamista, y el coronavirus. Lees sobre tu propia región y tu lucha contra la dictadura en tu país y en el Medio Oriente mientras lidias con estos problemas globales. Antes, tu lucha en casa era el único problema que te preocupaba, el problema a través del cual ves al resto del mundo. Pero hoy ves tus luchas como solo una parte de la lucha más grande que enfrenta el mundo, y reconsideras las cosas a través de este marco.

Aquí redescubres el exilio y el hogar. Te enfrentas a las mismas preguntas pero desde otro lugar. ¿Quién de nosotros está realmente en el exilio: yo, que ahora viajo a todas partes y leo de todo, o mi amigo, preso dentro de las fronteras de su tierra natal? ¿Yo, que soy capaz de expandir constantemente mi conciencia, o mi amigo, restringido en su capacidad para acceder a la información e interactuar con los demás? ¿Qué queda de la idea del exilio cuando la gente del Sur Global se muda hacia el norte, huyendo de tierras que solo sirven como prisiones?

En este contexto, hoy no siento en absoluto el peso del exilio. Me siento como un ciudadano global, qué puedo vivir en todas partes y en cualquier lugar. El mundo es mi hogar y me preocupan todos sus diferentes problemas. Hoy vivo en Berlín. Quizás mañana viva en París o Jartum o Ciudad del Cabo, o incluso Damasco, aunque no simplemente porque sea en mi país de nacimiento. Viviría allí porque me encanta.

¿No era el mundo así de alguna forma antes del concepto moderno del Estado con todas sus problemáticas fronteras? ¿No podría algún viajero de hace 200 años montar en camello o navegar en su barco hacia nuevos lugares, sin obstáculos por las fronteras? Tal vez podríamos regresar a un mundo como ese, uno en el que todo el mundo podría ser nuestro hogar. Palabras como Siria, Alemania, Francia, Sudáfrica y Europa serían simplemente puntos específicos dentro de esa vasta nave humana. Entonces, ¿qué quedaría del exilio?

[Se prohíbe expresamente la reproducción total o parcial, por cualquier medio, del contenido de esta web sin autorización expresa y por escrito de El Intérprete Digital]

Muhammad Dibo es actualmente editor en jefe de Syria Untold. Poeta, escritor e investigador sirio interesado en la cultura y la economía sirias. Es colaborador habitual de numerosos periódicos árabes e internacionales.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Syria Untold el 23 de julio de 2021.

Lea esta pieza en su árabe original aquí.