De las prisiones de Asad a las de EIIL: una historia del mes del orgullo sirio

Por Hammoudi para Al Jumhuriya

Bandera del orgullo. [Creative Commons/quinn.anya]

Cuando comenzó la revolución siria en 2011, estaba estudiando arquitectura en la ciudad de Raqa, en el noreste de Siria. Fui arrestado por primera vez por el régimen de Bashar Al Assad después de participar en las manifestaciones allí, pero en esa ocasión me liberaron después de diez días. La segunda vez que fui arrestado, en un puesto de control cerca de Raqqa en junio de 2012, fue mucho más difícil. Había continuado con mi activismo y estaba apoyando a los civiles desplazados que habían huido de la brutalidad del régimen. Que yo fuera homosexual solo aumentó el riesgo de mi vida, porque ser gay es ilegal según la ley siria.

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En prisión, nunca olvidaré a un guardia llamado Abu Jasem que aprovechó cualquier oportunidad para torturarnos a los detenidos. Los otros detenidos eran homofóbicos, así que sufrí tanto a manos de mis carceleros como de mis compañeros de celda. Un día me golpearon nueve veces. Todavía puedo sentir la vergüenza y la humillación vívidamente. Mis compañeros de celda se negaban a dormir a mi lado en nuestra pequeña celda, mirándome con disgusto. Estas experiencias me dejaron con un continuo y destructivo dolor emocional.

Fui transferido a otro centro de detención en Deir Al Zor, donde conocí a un compañero de celda que fue amable conmigo y me trató bien. Un día, a través de la ventana de mi celda, tuve que soportar la imagen de él siendo torturado. Al día siguiente, la tortura lo mató. Nunca olvidaré lo que pasó después. Los guardias llevaron el cadáver de mi amigo a mi pequeña celda y lo dejaron allí conmigo durante dos días enteros. A veces no puedo creer que haya sido yo quien estuvo acostado allí con el cadáver de un joven durante dos días.

Fui liberado después de dos meses y diez días. Sobreviví físicamente, pero la experiencia me atormenta. Fuimos torturados por defender un futuro mejor para nuestro país, y ninguno de nosotros podrá olvidarlo jamás.

A fines de 2012, luego de mi liberación, regresé a mi ciudad natal, Raqqa, que disfrutaba de un breve período de nuevas libertades después de que el ejército del régimen se retirara de la zona. Empecé a trabajar con la comunidad local. Estábamos apasionados y llenos de energía para organizar una sociedad mejor. A principios de 2013, fundamos una organización local de la sociedad civil llamada ‘Nuestro Derecho’, que promovía la democracia y métodos alternativos de gobierno local, como elecciones y justicia social. Se sentía como un sueño hecho realidad.

Después de un tiempo, sin embargo, comenzamos a escuchar acerca de combatientes extranjeros que ingresaban al país. No lo creí al principio, pero en efecto estos fueron los mismos combatientes extranjeros que luego se unieron al Estado Islámico (EIIL) y otros grupos yihadistas, como Jabhat Al Nusra. En junio de 2013, un automóvil ingresó a una de las famosas plazas de Raqqa y anunció que EIIL estaba a cargo y que Abu Bakr Al Baghdadi era su líder. Yo estaba lleno de miedo. Recién habíamos comenzado a experimentar la libertad del régimen de Assad, y otro opresor ya se estaba estableciendo.

El EIIL observó el trabajo de nuestra organización desde el principio, pero aún así nos pronunciamos. Sabíamos que estábamos asumiendo un gran riesgo, pero ya lo habíamos hecho contra el régimen y necesitábamos proteger a nuestra comunidad para que no fuera tomada por EIIL. Lanzamos una campaña llamada ‘Plazas de libertad, no plazas de ejecución’ y otra contra el reclutamiento de niños soldados por parte de EIIL.

Un día, un miembro de EIIL nos arrestó a mí y a mi amigo Abd Al Ilah Al Hussein. Nos interrogaron y exigieron las contraseñas de nuestras cuentas de redes sociales. Abd Al Ilah no era simplemente un amigo, era más como familia para mí. Tenía seis años menos, pero siempre me inspiró su coraje, su amabilidad y su creencia en el cambio. Estudiaba derecho y había sido detenido siete veces por el régimen por su activismo no violento.

El EIIL torturó a Abd Al Ilah por sus publicaciones contra ellos en Facebook. Estaba en una habitación diferente, pero una vez más me vi obligado a escuchar a un querido amigo siendo torturado. Todavía puedo recordar su voz ese día en mi cabeza. Después fue mi turno. Los miembros de EIIL dijeron que no les importaba nada de lo que había hecho con la ONG; me habían traído allí porque era gay. Me dijeron que no merecía vivir.

No hubo diferencia entre EIIL y el régimen en la forma en que trataron a los ciudadanos LGBTQ+. Una gran cantidad de activistas queer no sobrevivieron esos años. O fueron ejecutados o desaparecieron. Hasta el día de hoy se desconoce su paradero. 

Yo estaba esperando mi muerte, imaginando cómo iba a suceder. Pero, sorprendentemente, sobreviví. Nos tuvieron en un departamento residencial, ya que era común que EIIL usara edificios privados como centros de detención. Un día hubo enfrentamientos en la zona y los miembros de EIIL  tuvieron que escapar del edificio de repente. Yo también escapé. Esa es la única razón por la que estoy contando mi historia hoy. En cuanto a mi amigo Abd al Ilah, no lo volví a ver desde entonces. Quería quedarme en Raqa para tratar de descubrir toda la información posible sobre él, pero después de seis meses me vi obligado a irme. Vivía de incógnito y parecía no haber final a la vista para el gobierno de EIIL. Mis amigos y mi familia me suplicaban que me fuera. La sensación de que lo había dejado atrás fue lo más difícil.

Hoy tengo 34 años y vivo en Berlín. Esta es la primera vez que cuento mi historia. No es solo mi historia, sino también la historia de miles de sirios LGBTQI+ que no tienen el privilegio de salir del armario, expresar su dolor y contar sus historias. Tantos de nosotros nos quedamos sin respuestas sobre dónde están nuestros amigos, familiares y seres queridos detenidos y desaparecidos, y qué les sucedió. La comunidad internacional debe asumir su responsabilidad y apoyarnos en la búsqueda de estas respuestas.

El mes pasado, el mundo celebró el orgullo, pero muchos sirios todavía viven con miedo a la opresión de varias partes del conflicto, así como de nuestras propias comunidades. El mes del orgullo debe ser un momento no solo para reflexionar sobre lo que se logró por los derechos LGBTQI+, sino también para recordar a aquellos de nosotros que sufrimos, quienes fueron desaparecidos e incluso asesinados simplemente por nuestra orientación sexual.

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N.d.T.: El artículo original fue publicado por Al Jumhuriya el 30 de junio de 2021.

Un sirio gay de 34 años habla por primera vez sobre sus encarcelamientos tanto bajo el régimen de Assad, como el de el Estado Islámico de Irak y el Levante; experiencias que casi lo matan, como lo hicieron con varios de sus amigos.