Centenario de Irak: la construcción del Estado y la consolidación de la paz

Por Alaa Kadhem para 1001 Iraqui Thoughts

Torre de reloj de la plaza Qushla frente al río tigris, Bagdad, Iraq. [Samir Al-Ibrahem / Wikimedia Commons]

El 23 de agosto de 1921 fue la fecha de la coronación del rey Faisal I en la plaza Qushla de Bagdad, que marcó el nacimiento del Estado iraquí moderno. Este agosto, Irak cumplirá 100 años. Durante este último siglo, varios gobiernos y dirigentes iraquíes señalaron comunidades para reprimirlas y, desgraciadamente, con demasiada frecuencia, para exterminarlas. En cada uno de esos casos, los conciudadanos de otras comunidades guardaron silencio y observaron, implicándose desde lejos. Su falta de respuesta se sumó al dolor de las víctimas y creó desafíos adicionales al proceso de reconciliación y consolidación de la paz. Si bien algunos genocidios fueron reconocidos por la Constitución iraquí de 2005, otros fueron olvidados. Mientras tanto, Irak sigue siendo testigo de genocidios. Hasta que los iraquíes no puedan dar mayor importancia al bienestar de otros grupos étnicos y religiosos, seguirá siendo difícil para el país desarrollar su identidad nacional más allá de la bandera, las fronteras y las lenguas.

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Como hace un siglo, Irak sigue luchando por encontrar la paz consigo mismo. Incluso, cuando la nacionalidad iraquí se estaba construyendo en torno a la unificación de árabes y kurdos, se producía al mismo tiempo la opresión de minorías étnicas, como la masacre de asirios en Simele en 1933 o la deportación de judíos en 1948 —y, más tarde, en 1969, su ejecución pública—. En la década de 1980, el Estado comenzó a ensañarse con grupos étnicos más grandes, empezando por el programa de deportación y ejecución de miles de chiíes y kurdos feyli acusados de ser de origen iraní. A finales de la década de 1980, Saddam Hussein inició el genocidio de Anfal contra los kurdos. En 1991, el Estado desató brutales represalias contra los levantamientos en las zonas chiíes y kurdas, dejando tras de sí incontables fosas comunes. Históricamente, el Estado iraquí no ha sido amable con muchos.

Recientemente, fue la incompetencia del Estado la que provocó el genocidio contra yazidíes, asirios y turcomanos chiíes a manos de los terroristas de el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) en 2014. Podría decirse que estas atrocidades se debieron a la incapacidad de los políticos para entablar un verdadero diálogo nacional y una reconciliación en relación con los crímenes históricos. Este fracaso llevó a los individuos a buscar otros medios de justicia retributiva, impropios de un Estado en proceso de democratización, lo que creó resentimiento entre los árabes suníes. Lo más difícil es el trauma que siguen teniendo estas comunidades porque no se reconoce su victimización, sino que sólo se politiza. Por ejemplo, la prisa por atribuir el Premio Nobel de la Paz de Nadia Murad a Irak o exclusivamente a la región del Kurdistán, cuando tanto el gobierno de Irak como el de la región del Kurdistán son cómplices del genocidio que creó la tragedia yazidí en primer lugar. La propia Murad dedicó el premio a todos los iraquíes, en un mensaje unificador. La importancia de reconocer el trauma y buscar la justicia reparadora supera la importancia de elegir una bandera, un himno u otro símbolo de inclusividad superficial.

Irak es una tierra de encuentros étnicos, religiosos y geográficos. Es diversa, pero difícil de navegar y gestionar, por lo que el Estado iraquí ha pasado por muchas formas: de la monarquía al gobierno militar, al totalitarismo y, finalmente, a un intento de democracia. Sin embargo, las dificultades para gobernar Irak se remontan al Imperio Otomano, y como describe el historiador Justin Marozzi: “siempre hubo una fina línea entre mantener el orden y la severidad autodestructiva al gobernar Bagdad”.

A pesar de estos retos, el potencial de Irak se mantiene. A diferencia de muchos de sus vecinos, la identidad de Irak, a pesar de los violentos intentos de anteriores dirigentes, sigue siendo una identidad nacional que no se basa en la etnia ni en la religión. Esto no convierte a Irak en un ‘Estado artificial’, como se le suele llamar, y como sostiene la historiadora Sara Pursley, esta etiqueta fue utilizada por los colonizadores británicos “para argumentar que Irak no era todavía lo suficientemente coherente como para gobernarse a sí mismo”. De hecho, la propia palabra ‘Irak’ es anterior a la formación del Estado. Que Irak sea y pueda seguir siendo una ‘comunidad imaginada’ no invalida su existencia —ni la de la mayoría de los Estados—, la única cuestión es cómo se imaginará esta comunidad en el próximo siglo. La posibilidad de construir un Irak para todos sigue existiendo y en eso deben centrarse los iraquíes.

La actual clase política está mal preparada para construir una identidad iraquí inclusiva, ya que sus vidas fueron moldeadas por la oposición a la dictadura y se beneficiaron de la división etno-sectaria. La unidad de Irak tendrá que depender de las generaciones más jóvenes, que, en su lenguaje de protesta, ya redefinieron el nacionalismo lejos de la política identitaria.

Aunque los jóvenes de Irak son su futuro, las guerras y las sanciones les restaron poder de forma desproporcionada, negándoles servicios y educación adecuados. Ningún nacionalismo puede construir un Estado sin las herramientas que se arraigan a través de la educación. La falta de educación dejó a Irak sin liderazgo y, si no se aborda, lo privará de los cimientos con los que construir la próxima generación de líderes. Por ello, los iraquíes de hoy deben centrarse en mejorar las instituciones, especialmente los sectores del gobierno que tienen un impacto directo en la vida cotidiana de los ciudadanos. Este próximo siglo debe aprender del único aspecto positivo del siglo anterior: el enfoque en la construcción de instituciones y la educación de los iraquíes.

En estos próximos años, Irak tendrá que comprometerse en la consolidación de la paz y reconciliarse consigo mismo para superar las divisiones étnicas y religiosas. Sólo después de la reconciliación y de la aceptación de unos y otros, arraigará una verdadera estructura de gobierno, en la que los poderes y las responsabilidades de las gobernaciones, las regiones y el gobierno federal serán respetados por todos. La Constitución actual garantiza la unidad y la soberanía de Irak, pero internamente el país está peleado consigo mismo. La forma de estructurar el federalismo sigue siendo objeto de disputa y deja a Irak vulnerable, incluso después de derrotar al EIIL. Lo ideal sería que estas cuestiones se hubieran resuelto después de 2003, pero en aquel momento los dirigentes no tenían una visión a largo plazo para construir un Estado. Sin embargo, 100 años después, con tantas formas de gobierno probadas, ya es hora de intentar construir un Irak para todos los iraquíes.

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Alaa Kadhem es abogado y consultor de liderazgo con experiencia en Oriente Medio.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por 1001 Iraqui Thoughts el 20 de agosto de 2021.