Para los israelíes de ultraderecha, Sheikh Jarrah es simplemente una chispa para encender el conflicto

Por Yossi Mekelberg para Arab News

Vista desde el Monte de los Olivos a Jerusalén Este. [Zairón / Creative Commons]

Hace menos de un año, estalló una violencia en Jerusalén Este que se extendió a Israel y acabó provocando otra ronda de hostilidades entre Hamás en Gaza e Israel que costó la vida a cientos de personas y provocó una devastación generalizada.

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Hace menos de un año, estalló una violencia en Jerusalén Este que se extendió a Israel y acabó provocando otra ronda de hostilidades entre Hamás en Gaza e Israel que costó la vida a cientos de personas y provocó una devastación generalizada.

Uno de los detonantes del estallido de mayo de 2021 fueron los intentos sin escrúpulos de los colonos judíos de desalojar a los palestinos de sus casas en el barrio de Sheikh Jarrah, en Jerusalén Este, lo que provocó protestas y enfrentamientos entre árabes y judíos.

En los últimos años, este barrio encapsuló el conflicto palestino-israelí en pocas palabras. Simboliza los esfuerzos de los elementos más extremos del movimiento de colonos por desplazar a los palestinos de sus hogares, con el apoyo, al menos tácito, del gobierno israelí.

Uno de los principales provocadores que inflama incansablemente la situación es Itamar Ben-Gvir, que fue elegido por primera vez para la Knéset en las elecciones generales de 2021 con el impulso activo del ex primer ministro Benjamin Netanyahu. (N.d.T.: La Knéset​ es el parlamento o asamblea del Estado de Israel.​)

Ben-Gvir lidera una facción en la Knéset​ heredera del movimiento fascista kahanista, del que fue miembro en su juventud. En el pasado fue condenado por incitación al racismo y apoyo a una organización terrorista por llevar carteles que decían “Expulsar al enemigo árabe” y “Rabi Kahane tenía razón: Los MKS árabes son una quinta columna”. (N.d.T.: MKS son las siglas en inglés para miembros actuales de la Knéset)

La semana pasada, en un acto de puro oportunismo, instaló una oficina improvisada, que no es más que una mesa bajo una carpa, en Sheikh Jarrah. Fue una explotación cínica de lo que podría haber sido el bombardeo de una casa judía en el barrio, aunque la causa del incendio aún no se determinó.

Como todos los oportunistas de ultraderecha, depende de instigar el odio y el derramamiento de sangre para hacer avanzar su ideología enferma y su carrera política. Aunque la violencia nunca debe ser olvidada —y por ahora no se demostró que ningún palestino estuviera implicado en el inicio del incendio— Ben-Gvir y sus partidarios, que a estas alturas deberían considerarse fuera de lugar y más allá del discurso legítimo en una sociedad civilizada, están ahí para inflamar la situación.

Es una mancha para la Knéset y el Estado de Israel que se le haya permitido presentarse a las últimas elecciones y que ahora sea legislador. Encarna el espiral moral descendente que tomó la sociedad israelí en las últimas décadas.

A Meir Kahane, líder ‘espiritual’ e inspiración de Ben-Gvir, se le prohibió participar en las elecciones generales de 1984 por difundir el racismo y el odio. Sin embargo, casi 40 años después, no hay una mayoría en la Knéset, ni en los tribunales del país, que prohíba la participación en la legislatura a alguien con idénticas opiniones y para quien Sheikh Jarrah es el terreno perfecto para difundir su ideología tóxica con el objetivo de encender otra ronda de violencia entre judíos y árabes en Tierra Santa.

Aparte de Ben-Gvir, la culpa de esta situación debe recaer en el gobierno israelí y en las autoridades policiales que no impidieron los desalojos de árabes y las incitaciones asociadas que están intensificando las relaciones hostiles entre judíos y árabes en una ciudad donde su frágil coexistencia podría romperse fácilmente. A este tipo de agitadores políticos religiosos de ultraderecha se les debería prohibir incluso acercarse a Sheikh Jarrah o a otros puntos potenciales similares, y más aún instalar allí sus puestos de odio.

Ningún gobierno razonable permitiría que continuara la situación actual en Sheikh Jarrah, en la que las organizaciones de colonos están explotando cínicamente, como lo hacen en otros barrios palestinos, las leyes discriminatorias de Israel para desalojar a los palestinos de sus hogares. Es despiadado, injusto, inmoral y perjudicial para los intereses nacionales de Israel, generando una publicidad negativa en todo el mundo. Y lo que es peor, podría desencadenar otra guerra.

Cualquier expectativa de que estas organizaciones de colonos puedan mostrar algo de humanidad demostró ser una completa pérdida de tiempo y, por tanto, es imperativo que el gobierno israelí actúe, y que lo haga rápidamente.

La pretensión de los colonos de que se haga justicia reparadora quedó desacreditada, ya que la tierra en la que se construyeron estas casas, que pertenecía a los judíos antes de 1948, no se está devolviendo a sus propietarios originales, sino a colonos mesiánicos extremistas que están ahí para crear fricciones y conflictos y luego culpar a los palestinos de ser violentos, para reprimirlos aún más.

Merece la pena recordar que los residentes palestinos de Sheikh Jarrah que se enfrentan al desalojo son refugiados como sus descendientes, que en 1956 fueron reasentados por Jordania y el Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente tras perder sus hogares durante la guerra árabe-israelí de 1948.

En el sesgado e injusto sistema legal en el que viven los palestinos bajo la ocupación israelí, están siendo sometidos a procedimientos legales que están destinados a terminar en órdenes de desalojo, ya que son sujetos de una jurisdicción que por definición discrimina a los palestinos, incluidos los de Jerusalén Este que, contraviniendo el derecho internacional, fue anexionada por Israel después de la guerra de 1967.

Así las cosas, Israel ya expropió más de un tercio de Jerusalén Este para construir asentamientos israelíes, está demoliendo casas palestinas, desalojando a familias de sus hogares y, en muchos casos, confiscando sus tierras. Los desalojos de los palestinos de Sheikh Jarrah son sólo un aspecto más de este comportamiento discriminatorio.

En el gran esquema de la ocupación y el proyecto de asentamientos, Sheikh Jarrah es pequeño en escala, pero personifica las malas intenciones y la arrogancia de la ocupación en su conjunto, e igualmente cómo el discurso israelí se convirtió, voluntariamente o por apatía, en un rehén de los elementos más extremos del movimiento de colonos.

Inevitablemente en esta situación, sobre todo porque la Autoridad Palestina es cada vez más ineficaz, son Hamás y otros movimientos islámicos los que se aprovechan de la situación y entran en escena como defensores de los residentes de Sheikh Jarrah. En consecuencia, la dimensión religiosa del conflicto israelí-palestino, y su versión más radical, es la que podría estar provocando más brotes de violencia y derramamiento de sangre.

En última instancia, la pelota está en el tejado del gobierno israelí: debe tomar medidas para evitar este peligroso escenario, en primer lugar, prohibiendo sin demora el acceso de Ben-Gvir y su banda de provocadores a Sheik Jarrah y a otras zonas profundamente conflictivas.

Pero lo más importante es que detenga los desalojos en Sheikh Jarrah y otros barrios. Si no actúa pronto, asumirá la mayor parte de la responsabilidad por haber permitido que estalle una situación que ya está ardiendo.

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Yossi Mekelberg es profesor de relaciones internacionales y miembro asociado del Programa MENA en Chatham House. Es colaborador habitual de medios escritos y electrónicos internacionales.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Arab News el 19 de febrero de 2022.