Guardián del hermano: pánico, muerte y locura en un internado turco

Por Nahrain Al Mousawi para The New Arab

Localidad de Damlabasi en el territorio turco reclamado por la población kurda. [Gomada/Creative Commons]

Seleccionado para el Festival de Cine de Berlín de este año, el segundo largometraje de Ferit Karahan, Brother’s Keeper (Guardián del hermano), sigue a Yusef y Memo en un internado para niños kurdos en las montañas nevadas de Anatolia oriental, y a la cual un estudiante identifica como ‘la región kurda’ antes de que su maestro responda «¡No hay región kurda!».

Esta escena de represión identitaria y geográfica apuntala las tensiones de la película. En la clase de idioma turco nos enteramos de que algunos estudiantes se habían matriculado en la escuela sin saber ni una palabra de turco, a pesar de que se espera que lo hablen todo el tiempo.

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Los maestros se refieren solapadamente a una mala ética de trabajo de los kurdos cuando frente a sus propios estudiantes comentan la incapacidad del conserje para hacer que la calefacción funcione. Los profesores temen quedar atrapados en la nieve en la mitad de la montaña, no sea que «tengan que lidiar con ellos» —los aldeanos kurdos.

En el internado, los sobrecargados de trabajo profesores turcos someten a los estudiantes kurdos a la humillación, la violencia y la apatía. A los alumnos se les dice que tienen suerte de tener la oportunidad de estudiar, pero su plan de estudios más estable es el castigo aunque no se haya violado regla alguna.

Reprendidos, abofeteados, degradados, bañados en duchas frías cuando hay agua caliente disponible, obligados a pasar hambre cuando la cafetería está llena de comida, los estudiantes son embarcarcados en un curso de estudio de privación y abandono.

La escena de apertura sigue el andar de niños pequeños, vulnerables, ruidosos, flacos, y discutidores haciendo fila para las duchas. La trama inicia con el castigo de un maestro —el primero de muchos en el draconiano internado— a un grupo de chicos discutiendo: se les prohíbe el uso de agua caliente y, en su lugar, deben ducharse con agua fría. Los niños aceptan su castigo en silencio, tal cual fueron entrenados, a pesar de que su dormitorio parece estar helado y sin calefacción en un clima bajo cero.

Después de su ducha semanal, Memo, de 11 años, se enferma. Su amigo Yusef intenta abogar en nombre de Memo, pero los distraídos maestros descuidan al niño hasta que queda completamente inconsciente.

Habiendo asistido a un internado cuando era niño, el director, Karahan, revela conmovedoramente en una entrevista que el gran nivel de violencia en su escuela le causó una enorme impresión. Pero, al ver la película el aspecto más sorprendente de la negligencia y la privación es el procedimiento disciplinario que acecha a todos los aspectos mundanos, rutinarios, y cotidianos de la vida de los estudiantes.

La mecánica de la escolarización —la jerarquía, impersonalidad y disciplina— obstaculiza a los estudiantes mientras intentan pasar del punto A al B. Cuando Yusef intenta que sus profesores asistan a Memo, se le dice que lo lleve a la ‘habitación de enfermos’. Allí, se encuentra con un estudiante mayor que solo puede repartir aspirinas en lugar de un médico o una enfermera.

Cuando Memo no come ni habla, las súplicas de Yusef de ayuda a sus maestros se ven frustradas por los intentos de disciplinar a otros estudiantes.

Incluso el intento de un maestro de informar a las autoridades se ve frustrado por la demanda del director de que castigue a otro estudiante. A Yusef se le pide luego que se quede al lado de su amigo hasta que llegue el conductor de la camioneta. Para hacer eso, el joven tiene que obtener el permiso de otra figura de autoridad que lo hace esperar mientras se adentra en una diatriba racista sobre los kurdos. Luego, el personaje se niega a otorgarle el permiso porque no está de servicio, y finalmente cede porque no hay nadie más para dar o rechazar el permiso.

Mientras tanto, el coche preparado para llevar a Memo y Yusef al hospital no se mueve en la nieve y la señal de los teléfonos se pierde. La obstinación del entorno es un mero reflejo de la tendencia del sistema escolar a abrumar a los estudiantes con un orden arcaico, insensible e ineficaz.

Si bien es evidente la condena que Karahan deposita sobre este sistema escolar cruel e ineficaz es clara, su tratamiento de los personajes que sostienen este orden patológico no lo es tanto. Aunque demasiado tarde, algunos de los maestros y el director finalmente muestran un sentido de responsabilidad por Memo. Eventualmente sí intentan que les envíen una ambulancia desde el hospital. Pero el lento ritmo con el que llegan a este momento definitorio e intuitivo —salvar la vida de un niño— es en última instancia frustrante.

La perspectiva del niño de los pasillos de la escuela, las multitudes y las colas de niños nos arrastra hábilmente en su laberíntico orden burocrático: rango, jerarquía, impersonalidad, procedimiento y regulación de manera tal que también nosotros quedamos frustrados.

Si la escuela moderna en su conjunto fue concebida por académicos como un régimen disciplinario —lo cual Foucault llamó una ‘ortopedia moral’ correctiva y restrictiva—, la visión del internado para niños kurdos de Karahan representa entonces a la ‘escuela como una prisión’ de Foucault por excelencia. De hecho, el director muestra la mecánica cotidiana de la escolarización como tecnología disciplinaria: enseñar el sometimiento y la coerción tan fácilmente como la gramática y la geografía turcas.

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Nahrain Al Mousawi es Doctora en Literatura Comparada por la Universidad de California, y profesora adjunta de literatura inglesa poscolonial en la Universidad de Balamand.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por The New Arab el 26 de marzo de 2021.