«Todos somos desplazados bajo diferentes etiquetas por el derecho internacional»

Por Redacción para The Tahrir Institute for Middle East Policy

Refugiados sirios en un campo en Capadocia, Turquía. [Fabio Sola Penna/Creative Commons]

Entrevista con Sana Mustafa, Directora de Asociaciones y Compromiso de Asylum Access (Acceso al Asilo). Nos habla sobre su camino y el de su familia para salir de Siria, establecerse en un nuevo país y la amplia gama de desafíos que los refugiados deben afrontar para obtener apoyo en nuevos países.

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—¿Por qué y cómo saliste de Siria?

—Nací y crecí en Siria en una pequeña ciudad llamada Masyaf, en la provincia de Hama, en el seno de una familia de clase baja y muy política. Mis padres fueron extremadamente críticos con el régimen de Asad desde que tengo memoria. Crecí viendo a mi padre organizado, a pesar de la censura arraigada que el régimen sirio impuso a la población. Durante esa época, la única causa de la que se permitía hablar en la esfera pública era la de Palestina. Muchos activistas en Siria que se oponían al régimen de Asad pudieron identificarse entre sí y tener un discurso político en torno a esto. Solíamos hablar sobre Palestina, pero también era una forma de conectarnos con otros activistas. Y ese era relativamente el tema aceptable del que podíamos hablar, así que crecí protestando por eso. El régimen sirio siempre tuvo los ojos puestos en la familia y, finalmente, mi padre fue secuestrado en 2006 por el régimen, durante un par de meses antes de ser liberado. Esto fue una parte importante y definitoria de mi adolescencia y del tiempo que viví en casa.

Cuando comenzó la Primavera Árabe en Egipto y Túnez, presencié estos momentos con mi padre, mi hermana, la familia y muchos otros sirios. Para mí, que en ese momento tenía 19 años, y más aún para mi padre con 49 años, quién nunca imaginó que sería testigo de algo así en la región, incluso como alguien que luchó por una revolución desde sus 15 años, fue un momento realmente importante. En consecuencia, cuando comenzaron las protestas en Siria, no fue una cuestión involucrarse o no; actuamos inmediatamente, movilizándonos, organizándonos y protestando. Como resultado, mi hermana y yo fuimos detenidas en 2011. Mi padre fue detenido por segunda vez y todos fuimos liberados en diferentes momentos. Continuamos con el activismo hasta 2013, cuando dejé Siria y vine a los Estados Unidos para cursar seis semanas en una escuela de verano.

Una semana después de llegar a Estados Unidos, mi padre fue detenido por el régimen de Asad por tercera vez, el 2 de julio de 2013. En ese momento, las cosas habían cambiado en Siria y la tensión había aumentado mucho, lo que significaba que no había forma de volver. Mi madre y mis hermanas huyeron inmediatamente, abandonaron nuestro hogar en Siria y llegaron de contrabando a Turquía, ya que en muchos regímenes autoritarios, las mujeres se convierten en armas en la guerra y mi hermana ya había sido señalada por su activismo político. A mí me dijeron que no podía volver por  el miedo a ser detenida también, así que me quedé y pedí asilo político en EEUU.

—¿Cuáles fueron los mayores desafíos que enfrentaste al comenzar de nuevo y luego de trasladarte a un nuevo país?

Creo que algo importante a destacar es que todos somos desplazados por la fuerza bajo diferentes etiquetas por el derecho internacional. Según el derecho internacional, por ejemplo, soy una solicitante de asilo; mi madre y mis hermanas son refugiadas. Mi otra hermana está bajo asilo protegido en Alemania; todas estas son etiquetas puestas por el sistema para diferenciar a las personas, pero al final del día todos somos desplazados por la fuerza por el régimen de Asad solo que con historias diferentes. Aunque nosotros, como una sola familia, compartimos muchas experiencias en torno al desplazamiento forzado, también tuvimos muchas experiencias y circunstancias diferentes, principalmente debido a las diferentes geografías y circunstancias del desplazamiento.

Fui la primera integrante de la familia que dejó Siria para ir a otro lugar más allá del Líbano, así que fue muy importante que viniera a Estados Unidos para empezar. En aquel momento tenía 22 años. Estaba literalmente desarraigada de todo lo que había conocido, en un entorno completamente diferente y sin nada, salvo muchos traumas, incertidumbre y miedos. Apenas hablaba inglés, no tenía dinero y no conocía a nadie en ese momento. Ni siquiera sabía que tenía una opción de asilo. Por suerte para mí, inmediatamente hubo un sistema de apoyo increíble, pero los retos eran muy reales. Pasé por más de 13 sofás en el primer año, simplemente porque el sistema aquí no proporciona ayuda en ese sentido. Esta es una de las diferencias, si llegas a Estados Unidos como refugiado reasentado entras en un sistema de apoyo existente —aunque esté lejos de ser perfecto—; mientras que como solicitante de asilo, ni siquiera sabes que tienes la opción de solicitarlo. Luego descubrí que necesitaba 4.000 dólares para encontrar un abogado antes de poder solicitar el asilo. Incluso después de encontrar un abogado, el gran reto es presentar un caso y demostrar que no puedes volver a casa. Navegar por el sistema legal aquí fue, y sigue siendo, muy difícil para muchos otros refugiados. Al menos en mi caso pude saber que me concedían el asilo en pocos meses. Tengo amigos que solicitaron el asilo en 2013 y sus casos siguen pendientes, lo que significa que sus vidas están pendientes. 

Por otro lado, mi familia, que huyó a Turquía, se acogió a la protección temporal, pero en realidad no había ningún proceso sobre el que pudieran ampararse. Hay mucha discriminación; no tenían derechos legales, ni protección, y no había un sistema de apoyo social como ese en EEUU. Yo era una de las pocas refugiadas sirias en DC. Sin embargo, la ventaja para mi familia al estar en Turquía era seguir estando algo cerca de Siria, en una cultura muy similar y con muchos otros sirios alrededor que se convirtieron en su sistema de apoyo. Desafortunadamente para mí, fue todo lo contrario. Es una cultura, un entorno y un idioma completamente diferentes; la sensación de soledad para mí fue muy desafiante. Estados Unidos también te coloca en este dilema de supervivencia, simplemente nunca te detienes. Es un país, a diferencia de Europa, que no proporciona una asistencia social importante. Realmente no tienes tiempo para procesar ningún trauma; no tienes acceso a terapia, a una vivienda digna del gobierno, lo que significa que tienes que trabajar de inmediato.

Además, como persona desplazada por la fuerza, proveniente de una cultura diferente y con credenciales académicas diversas, no podes utilizarlas inmediatamente. Solo tienes acceso a los ‘trabajos de supervivencia’ como los de la industria de servicios. Trabajé de eso durante un año. A su vez, quería continuar mi educación y logré obtener una beca, pero fue mucho trabajo. El acceso a la educación en los EEUU es muy difícil y costoso. Me ofrecieron una beca en el Bard College de Nueva York y es asombroso que la haya conseguido. Las barreras a la educación aquí no son solo por el dinero, sino también por la clase y el idioma. Es muy exclusivo y, por lo tanto, deja a las personas atrapadas en el sistema de supervivencia y no les brinda la oportunidad de perseguir algo más. Por suerte, en mi caso pude hacerlo, con mucho trabajo y mediante un sistema de apoyo. 

¿Cómo afectó tu experiencia a tu concepto de hogar?

—La comprensión del hogar es para mí una comprensión en evolución. Es algo que no está fijado en un entendimiento determinado. A lo largo de los años, encontré diferentes significados de hogar; y llegué a creer que el hogar es realmente un sentimiento. Hay momentos en los que estoy en un lugar determinado en el que me siento completa y no siento que quiera estar en ningún otro sitio, y eso es el hogar para mí en ese momento. Pero también existe esa sensación de hogar en términos de identidad y en ese sentido el hogar es definitivamente en Siria. El hogar es la revolución, es Siria después de la revolución, no antes. Antes de la revolución, el hogar para mí era mi propia casa, porque era el espacio privado en el que mi familia y yo manteníamos conversaciones abiertas y teníamos intimidad. Y cuando empezó la revolución, Siria se convirtió en mi hogar porque pude hablar de cosas en la esfera pública que coincidían con mi identidad y con la identidad y las creencias de muchas otras personas. Si echo de menos Siria, echo de menos esa Siria, la Siria de la revolución.

¿Cómo se puede recuperar la narrativa que rodea a los refugiados de una manera que centre sus voces y experiencias vividas?

—Para recuperar la narrativa, básicamente hay que empezar con el sistema. Debe centrar a las personas que tienen la experiencia del desplazamiento forzado en el eje de la formulación de políticas y el diseño de programas. Y todo eso conduce a la narrativa. Pero lamentablemente, porque vivimos en una realidad en la que estos espacios son super exclusivos, nosotros como pueblo desplazado por la fuerza podemos empezar por la narrativa; el lugar de la narración. Debería ser todo lo contrario, porque normalmente cuando estás haciendo algo entonces estás dando forma a la narrativa, pero aquí no estamos haciendo ninguna de estas políticas y programas sobre los refugiados. Lo único que tenemos en nuestras manos son nuestras historias, nuestra propia narrativa. Así que intentamos hacer eso, tratamos de contar una historia diferente sobre el trabajo que otros están haciendo. Creo que estamos utilizando lo que tenemos en nuestras manos. Y, obviamente, contar historias es una herramienta muy, muy sensible y peligrosa porque, de nuevo, es una de esas herramientas que se politizan y, al final, nos convierten en refugiados.

En mi trabajo personal trato de reivindicar la narración de historias. Cuando me invitan a hablar ante un público, aprovecho totalmente la plataforma y la oportunidad para dar mi mensaje; para dar mi opinión sobre el desplazamiento forzado, sobre las soluciones y el análisis de las políticas. Teniendo en cuenta la realidad, hay cosas que podemos hacer como refugiados para reclamar la narrativa de una forma que creamos que es fiel a nosotros mismos y a lo que representamos. En cierto modo eso es un poco sistemático para reclamar el espacio. No quiero reclamar sólo la narrativa; quiero reclamar el lugar. Ese asiento en la mesa que nunca se nos dio a ninguno de nosotros.

El sistema de respuesta a los refugiados, por diseño, es problemático. Fue creado por hombres blancos en Ginebra y Nueva York en 1951, por personas realmente muy alejadas de la experiencia, como una extensión del colonialismo. Y esa estructura nunca fue cuestionada desde entonces. Opera así hace más de setenta años, gastando miles de millones de dólares mientras afirma abordar el ‘problema’ y, sin embargo, la estadía promedio en un campamento es de 17 años. Si lo analizamos como un caso de negocio, fracasó. No sé por qué seguimos dándole el dinero a las mismas personas durante setenta años. Si tener agencia y hacer lo correcto al dar poder a los refugiados no es un argumento suficiente, entonces mirémoslo como un caso de negocios. Si alguien estuvo solicitando dinero durante setenta años y fracasó, se podría intentar invertir en otra persona.

Estás hablando de estos enormes desafíos que se extienden a lo largo de generaciones, ¿hay algo que hayas visto recientemente que creas que es un paso en la dirección correcta?

—¡Sí, tantos! Hubo un movimiento. Personalmente, co-fundé con otros refugiados una serie de redes que comenzaron a abogar por la inclusión de los refugiados en la elaboración de políticas. Cuando empecé en 2016, alguien en Ginebra se rió de mí incluso por proponer la idea de añadir a los refugiados a los debates en torno a ellos. Y ahora estamos viendo un momento en el que, debido a esa defensa, los refugiados están ahora en el Foro Mundial de Refugiados con una delegación de más de setenta personas. Es un buen paso, pero no es suficiente. Hubo unos tres mil asistentes al foro, así que unos setenta delegados de los refugiados no es suficiente. Sin embargo, antes de eso, en todas las reuniones de la ONU sobre refugiados no había personas en esa condición. Así que es un paso en la dirección correcta, pero lo más importante ahora es poner nuestras demandas en una acción concertada. 

En el último año, en mi calidad de miembro de Asylum Access, convocamos una coalición de organizaciones lideradas por refugiados en todo el mundo y nos  reunimos para intentar trasladar el poder y los recursos a nuestras organizaciones lideradas por refugiados. Aprendimos del actual sistema de respuesta a los refugiados que la forma de cambiar las cosas, es el dinero. En el Informe Anual Humanitario leemos que del dinero que entra en el sistema cada año —que es de 30.000 millones de dólares— menos del uno por ciento va a los actores locales, o a las sociedades civiles locales. Hablamos de las organizaciones dirigidas por refugiados, que es una subcategoría de la sociedad civil local aún más generalizada que la sociedad civil local porque ni siquiera tienen derecho a existir legalmente. La gente que está comprometida con sus comunidades, que ya está haciendo mucho trabajo, no recibe dinero: los flujos de dinero no satisfacen las necesidades de dinero. 

Solicitamos un gran premio, el Larsen Lam Iconic Impact Award, que se anunció recientemente. Ganamos diez millones de dólares para transferir literalmente el poder y los recursos del sector de respuesta a los refugiados a organizaciones dirigidas por ellos. Esta es la primera inversión de este tipo y a esta escala en esa dirección. Creo que esta es una inversión en el camino correcto y no puedo atribuirlo sólo a la promoción que hicimos durante años, también lo atribuiría a muchos movimientos actuales como Black Lives Matter, de las comunidades LGBTQ y sobre los derechos de mujeres: muchos movimientos en el último año dejaron en claro a los inversores y donantes que nos dirigimos hacia un entorno y un mundo en el que la gente ya no acepta menos. En todo caso, los donantes deben pensar ahora en cómo localizar mejor el dinero y eso es algo que el COVID-19 demostró. Por ejemplo, cuando estalló la crisis, muchos grandes países de acogida de refugiados, muchas ONG internacionales se fueron y evacuaron a su personal por seguridad. ¿Adivina quién se quedó atrás? Organizaciones dirigidas por refugiados, porque no abandonan a sus comunidades; están comprometidos con la problemática y obviamente se les dejó hacer el trabajo. Las ONG internacionales tuvieron que contratar organizaciones dirigidas por refugiados para que implementaran el trabajo durante la crisis porque dejaron de enviar a su personal. Entonces, la pandemia de COVID-19, con todas sus desventajas, dejó en claro que para la sostenibilidad y para el futuro, la solución es local.

¿Qué se debe hacer para ayudar a los refugiados y mitigar algunos de sus desafíos?

—Creo que los actores que no están en condición de refugiados, implicados en los problemas de los refugiados y de los desplazamientos forzados, tienen que escuchar a las personas en esa situación y pensar juntos en cómo ser aliados. Este es un movimiento como todos los demás que se crearon histórica y sistemáticamente. Y ahora es el momento de que los actores que se beneficiaron de la lucha durante años, escuchen realmente y piensen en lo que pueden hacer para cambiar la narrativa y trasladar el poder y la financiación a los actores locales. Cada uno, en su capacidad, puede hacer algo. Muchos financiadores podrían volver a pensar en su mecanismo de financiación y en cómo son excluyentes por diseño, especialmente cuando se tiene un determinado lenguaje y unos criterios que, por defecto, impiden a los actores locales presentar solicitudes. Es dinero que circula dentro del sistema para sí mismo. Invito a todos los aliados a que piensen en lo que se podría hacer a nivel personal, interpersonal, y luego a nivel sistemático. Ahora hay muchos recursos y estuvimos hablando con muchas fundaciones, organizaciones homólogas y gobiernos sobre la importancia de la transformación y la representación internacional dentro de sus propias organizaciones para que se refleje en su trabajo externo. No se puede seguir hablando de la inclusión de los refugiados y de trabajar con ellos a través de la consulta. La consulta es una forma tan simbólica de inclusión. No se puede tener organizaciones que quieran trabajar en la representación e inclusión de los refugiados cuando no están dispuestas a mirar primero internamente, a nivel de personal y de junta directiva. Y si realmente quieres hacer el cambio, entonces ten suficiente representación en tu propio personal y ellos liderarán el cambio y eso por defecto llegará a tu proyecto.

Recientemente, se ejerció presión sobre algunos gobiernos para que implementen políticas que obliguen a los refugiados a regresar. ¿Qué debería hacer la comunidad internacional en respuesta a tales medidas?

—Estas prácticas de retorno forzoso deben cesar inmediatamente y deben ser reevaluadas. Todo se remonta al fondo de quién está haciendo estas políticas y cómo estos responsables políticos están tomando estas decisiones; con quién están dialogando. La actitud es muy fuerte y, desgraciadamente, nosotros aún no lo somos tanto; por eso tenemos que potenciar este movimiento para que tenga una voz más fuerte, porque si somos capaces de comprometernos más con los responsables políticos, quizá no se tomen estas decisiones. Entiendo la política interna. Siempre dicen que es complicada. Sinceramente, no creo que sea tan complicado. El hecho de que se envíe a la gente de vuelta y de que se elijan determinadas zonas que se consideran seguras para enviar a la gente, viola en sí mismo el derecho internacional. Esto debería ser una elección: en el momento en que te conviertes en refugiado se te quita la capacidad de decisión. Literalmente, no puedes decidir dónde vives, qué comes, cuándo dejas el país, cuándo vuelves, en qué país vives, qué trabajo eliges, si tienes hijos o no. Y encima, te mandan de vuelta. 

Y en lo que respecta al regreso, cuando hablamos de personas desplazadas por la fuerza, siempre existe esta conexión con el hogar y también esta suposición de que todo el mundo quiere volver a casa. Creo que es una suposición que fue creada por los poderes políticos para navegar por la política interna en torno a la acogida de refugiados. La realidad es que, por razones políticas, los refugiados nunca regresan. La estancia media en un campo es de 17 años. Definitivamente no me gusta la politización de la retórica que sugiere que todos quieren volver a casa. Eso también nos quita la capacidad de decidir lo que queremos y lo que decidimos. Yo personalmente quiero tener la opción. Quiero poder elegir. Quiero poder ir a Siria cuando quiera, irme y volver a mi segundo hogar cuando quiera. Quiero estar segura.  Quiero ser como cualquier otro ciudadano occidental que tiene la opción de estar donde quiere estar, y ese es para mí el significado real de volver a casa y cómo lo pienso.

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N.d.T.: El artículo original fue publicado por TIMEP el 20 de junio de 2021.