Perdido en la literatura migrante keralense de la Península Árabe

Por Mohamed Shafeeq Karinkurayil para Jadaliyya

Trabajadores migrantes en la estación central de colectivos de Al Ghanim. [Alex Sergeev/Creative Commons]

Una historia malabar (N.d.T.: idioma del estado de Kerala, India) cuenta que un día un padre y un hijo regresaban a casa desde un lugar lejano y por una ruta desconocida. Era tarde en la noche y los dos querían recostarse. Pronto vieron y escucharon los carteles distantes e iluminados de una feria llena de vida. Consideraron que sería mejor dormir allí, entre personas y en un terreno despejado, en lugar del rastrojo seco de la tierra de verano y rodeado de criaturas salvajes. Así, el padre y el hijo se pusieron en marcha hacia las luces. Al llegar a la feria, encontraron las cosas como esperaban; rebosando de actividad. Se dirigieron a una esquina donde no serían molestados, y después de entregar en custodia su ahorros a un comerciante, se acostaron a dormir. Cuando despertaron, vieron que no solo no estaba el comerciante sino que también faltaba su tienda, la feria completa y todas sus personas. Confundidos por el giro de los eventos, padre e hijo se dirigieron a casa rápidamente. Fue en el siguiente pueblo que encontraron la respuesta al enigma. Lo que habían presenciado la noche anterior era la feria anual de los genios (N.d.T.: del árabe djinn que hace referencia a los espíritus de la mitología preislámica): los habitantes de la dimensión invisible. Son espíritus que también tienen sus civilizaciones, sus personajes buenos y malos, locos y débiles, tal cual los seres humanos pero al mismo tiempo no lo son. “Vuelvan el mismo día el próximo año, y recuperarán sus ahorros”, explicaron los aldeanos.

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Lo que el padre y el hijo atestiguaron fue una ciudad del futuro; ya no existe.

No es raro en Kerala toparse con una mezquita construida durante la noche por los genios. Los caminantes que duermen en las mezquitas a menudo relatan haber oído a los genios haciendo sus abluciones cerca del estanque de la mezquita. No es difícil imaginar la vida en otra dimensión. El encanto de lo desconocido puede ser devastador. Algunos hombres ven casualmente una luz que los lleva a algún lugar en las primeras horas del amanecer, y a menudo son encontrados lejos de su casa. Aquellos atraídos por sueños luminosos temen perder el sentido de quiénes son. Si el yo se trata de seguir los sueños de uno mismo, ¿es perdiéndose a sí mismo que uno se encuentra a sí mismo?

Estudiar la migración sin prestar atención a su aventura la priva de su atractivo. Es la luminosidad afectiva de dejarse llevar lo que permitirá una mejor comprensión sobre lo que impulsa a la migración. Durante los últimos años, estuve estudiando las expresiones culturales de los migrantes de la provincia sureña de la India de Kerala que viven en el Golfo. Kerala estaba entre las provincias más pobres de la India antes del auge del golfo. Cuando se creó la provincia de Kerala en 1957, el primer miembro del Partido Comunista asumió como Primer Ministro de la India (y el segundo en el mundo en llegar al poder a través de la vía electoral), consideró la importación de macarrones como solución a la escasez de alimentos en la provincia. Mientras que los macarrones podrían ser parte de una cena elegante, todavía no se considera en Kerala una comida para llenar un estómago hambriento. En una provincia que enfrenta la escasez de alimentos y el desempleo, para no mencionar los problemas vinculados con la movilidad social, viajar para buscar comida no era una excepción. De hecho, por momentos la actividad se transformó en una forma de trabajo. Más, se esperaba que los niños abandonaran Kerala a una determinad edad salgan a recorrer el mundo desconocido. La tarea era la siguiente: descubrir lo desconocido para el beneficio de todos. Aunque sostenidos por una red de pioneros, el migrante tiene como tarea la aventura de ir un paso más allá que los viajantes previos.

Ser parte de esa otra dimensión invisible pero muy real de la migración es emocionante por la cantidad de peligros y oportunidades que ofrece. Los primeros migrantes nos cuentan de una vida vagando a través de Bombay, Madrás y ciudades que ya no existen. Vagaban hasta encontrar un lugar en uno de los dhows (N.d.T.: embarcación de vela de origen árabe) que los llevaría hasta una de las costas de las que tanto habían oído. El migrante viviente más antiguo de mi aldea me contó cómo se esperaba que cada migrante conservara consigo una fotografía de él mismo envuelta en plástico durante el viaje en dhow en caso de que se encontrara con un fatídico final en la profundidad de sus sueños.

Hasta hace una década, el mayor grupo de migrantes en los países de la Península Árabe era oriundo de Kerala. [1] Si bien dicho flujo migratorio existió desde los primeros días del descubrimiento de petróleo y a través de las agencias británicas, [2] fue a fines de los años sesenta que la península se estableció como el horizonte del imaginario popular. Los primeros migrantes pasaron la batuta de la migración a la siguiente generación que fue en la mayoría de los casos educada con un ojo en el mercado laboral árabe. Esto no debe darse por sentado aunque suele serlo. A menudo hablamos de mano de obra migrante como si el trabajo fuera puramente material, y con la misma frecuencia nos olvidamos que las ciudades no están construidas únicamente con piedra, ladrillo y mezcla. Las ciudades también están construidas de sueños que pasan de una generación a otra. Para el trabajador migrante, la orilla del otro lado existía en su imaginación mucho antes de que ponga un pie en ella. Existe en el folclore y en las anécdotas; en los relatos fantásticos contados frente a las subastas para las renovaciones de las mezquitas; en cuentos de hadas de oro árabe; y en los voluminosos álbumes de fotos que llegaron desde la península.

Para comprender el afecto que genera la península, hay que entenderla no sólo como una ruta de escape para la subsistencia sino también como un bhramam, es decir, una obsesión que conduce a perder la autoconciencia y el autocontrol. Como señala Udaya Kumar en su estudio sobre las primeras novelas malabares, bhramam se asocia generalmente con la imitación de las costumbres inglesas, mientras que también puede estar relacionada con la decadente, impensada y bruta tradición —opuesta a la modernidad—. Es lo que se debe poner en suspenso para ser el sujeto adecuado de la modernidad. Es precisamente eso lo que amenaza con desatar aquello que a uno lo amarra. En Indulekha (1889), la primera novela malabar según algunas versiones, reemplazar el bhramam —obsesión, locura y pasión— hacia los miembros del sexo opuesto por un amor mutuamente respetuoso es el anuncio de un nuevo orden. [3]

En las auto-narraciones de los trabajadores migrantes de Kerala al Golfo, hay otro bhramam: la indulgencia en las chucherías que la península puede generar sujeta al migrante a una vida de perpetuo alejamiento. En el libro de cómics de Sageer, Gulfumpadi Po (2005), cuyo espacio diegético es Kerala, se invisibiliza al trabajador y se hace presente a través de los artefactos y las condiciones de vida de sus familiares que están en Kerala, especialmente, como figura materna. Son las constantes demandas de su familia por cada vez más artilugios y todavía mejor comodidad que hace del retorno al hogar del migrante un espejismo. La naturaleza eternamente ‘temporal’ y tentativa de la migración y los muchos riesgos que conlleva a menudo encontró su expresión en las memorias. Pravasiyude Kurippukal (2000), Pravasiyude Vazhiyambalangal (2011), Pravasiyude Vazhiyambalangal (2011), y Pravasathinte Murivukal (2012) de Babu Bharadwaj y Dubai Puzha (2005) de Krishnadas (2005) [4] son ​​solo algunos de los ejemplos más exitosos de las memorias publicadas principalmente por editores relativamente desconocidos. Más frecuentemente, las memorias se publican en revistas distribuidas entre miembros de las organizaciones culturales que las publican y, generalmente, no están disponibles para el público.

Temporary People (Personas Temporales, 2017) de Deepak Unnikrishnan, aunque no fuera escrito en malabar, interpreta la temporalidad de la migración a la península en torno a la centralidad de la migración para la vida cotidiana en Kerala. El migrante malabar —y por extensión, los migrantes en general— es presentado en su propia alienación tanto en casa como en el mundo. Unnikrishnan concreta esta alienación en la palabra malabar pravasi —una palabra malabar para ‘no residente’— que vuelve a aparecer recurrentemente en el trabajo, y desarrollada como los migrantes mismos con las expectativas de los demás. Unnikrishnan juega con el irrealismo y los medios mixtos. En la naturaleza oculta de un alfabeto extranjero que sale a la superficie en un libro en inglés —por otro lado, al revés se consideraría muy normal, provocando así nuestros pensamientos sobre quién puede presentarse como autor en cualquier lugar determinado—, el libro pone en primer plano la cuestión de la estabilidad de las propias palabras, para capturar la naturaleza eventual de las vidas migrantes individuales en una temporalidad garantizada por la estructura.

Cities of Salt (Las ciudades de Sal, 1984) de Abdul Rahman Munif narra la historia de la transformación de un pueblo beduino con el descubrimiento de petróleo. La obra llevó a Amitav Ghosh a acuñar un nuevo término: petroficción. En la novela de Munif, los cambios provocados por el descubrimiento son integrales: el petróleo borra las orientaciones de una vida anterior y relanza a los humanos en direcciones impredecibles. Cities of Salt involucra cambios generacionales y viajes a través de una amplia geografía en la Península Árabe, argumenta Ghosh, y tuvo que ser revisado ​​de manera diferente. Es decir, ubicando la historia de la novela en una provincia particular como una forma desarrollada por comunidades lingüísticamente homogéneas. Escribiendo en la La Nueva República en 1992, Ghosh explica que la refinería de petróleo fue un lugar de encuentro de muchos idiomas. [5] Sin embargo, y debido a la pura invisibilidad de las operaciones que las hacen difícil de reproducir en el imaginario, el petróleo dio paso al silencio. Las comunidades que se construyen de forma espontánea en torno a los encuentros casuales fueron centrales para las propias obras de Amitav Ghosh. Ahora, vuelto un novelista de renombre más identificado con preocupaciones ecológicas, Ghosh debutó con The Circle of Reason (El círculo de la razón, 1986) que lleva al lector desde Calcuta hacia la Bengala rural, y luego a una ciudad anónima en la Península Árabe mediante un viaje a través de Mahe en la costa suroeste de la India. Así, se ofrece quizás el primer repaso en la literatura india en inglés de una península en rápida transformación. The Circle of Reason fue la meditación propia de Ghosh sobre las afiliaciones que no están unidas por lazos de la sangre. La obra es una con el espíritu de la forma de la novela en su origen moderno al mismo tiempo que amplía aún más su alcance para imaginar una comunidad, incluso a pesar de las limitaciones prácticas que no están vinculadas con el idioma o la patria. Aquí, Ghosh se aleja de la necesidad conceptual de la nación como el horizonte final de la inteligibilidad de una comunidad, y al presentar a los náufragos como sus protagonistas, el autor imagina la a globalización desde abajo, o lo que podría llamarse un cosmopolitismo subalterno.

Entonces, nuestra tarea es escuchar aquellas frecuencias migratorias que escapan a los dispositivos conceptuales que nosotros construimos en torno a comunidades homogéneas. El realismo provee un servicio deficiente como técnica literaria cuando se convierte en el modo para estudiar la migración, porque cree que las vidas de los migrantes se pueden volver transparentes. Estar bhramam por la migración no solo es perderse a uno mismo, sino que también es dejar atrás el lenguaje en el cual perderse a uno mismo se puede volver transparente. En otras palabras, el idioma se pierde al mismo tiempo que se pierde el ser migrante. La certeza de un mundo transparente es incapaz de alcanzar la velocidad de un mundo transformado por una fuerza invisible; la fuerza prescindible de la mano de obra flotante y el petróleo que brota de las tuberías. En Temporary People, “un adolescente de habla inglesa que fue a una escuela india en Abu Dhabi estaba esperando para cruzar la calle cuando su lengua lo abandonó, saltando de su boca y huyendo”. Leer esto como hibridación es todavía conservar el sentido de sí mismo, incluso cuando uno no reivindica un origen —y, por lo tanto, afirma singularidad—. Esto es bhramam, el momento en que todo lo que le queda a uno es “Yabba Dabba Doo” (N.d.T.: pronunciado en castellano como ‘iaba daba du’, refiere al latiguillo de Pedro Picapiedra en la serie animada Los Picapiedra); es decir, la palabra primitiva en el mundo aún no formado que tampoco sobrevive.

El trabajo invisible de la petroficción —esos genios que construyen ciudades enteras en una noche donde muchos padres e hijos y madres e hijas encuentran un lugar para descansar antes de reanudar su viaje a casa— también nos obliga a imaginar espacios heterogéneos llenos de deseo. Cuando la temporalidad aflige no solo a la vida humana sino también a la forma en que las ciudades se construyen —como Yasser Elsheshtawy ilustra con referencia a la península—, las palabras se funden con el placer de la frustración y lo romántico. Las palabras del migrante alcanzan un envidiable doble discurso, solo para hacerse inteligibles en sus múltiples dimensiones al pertenecer a una comunidad que es principalmente una comunidad del chisme. El discurso público se vuelve traducible a un idioma privado a través de sus fisuras e incapacidades cargadas con el disfrute de los chismes y los enlaces secretos, complacientes y temidos en diferentes audiencias privadas.

Es para tener en cuenta las convulsiones de que la migración implica que necesitamos no solo una nueva práctica de escritura sino también una nueva práctica de lectura. Aunque el lector siempre puede juzgar, su juicio no debe ser desde la posición de un conocimiento trascendental. La migración está en gran parte compuesta de placeres secretos como aquella que sigue a la luz en las primeras horas del amanecer. En el muy célebre libro Goat Days (Días de cabra, 2008) escrito por Benyamin, la nota del autor habla de un tal Najeeb a quien el autor conoció para saber sobre su ‘contundente narrativa’. La novela de suspenso sobre la supervivencia y la difícil vida de un hombre en el desierto que se enfrenta a una autoridad opresora (Arbab) es, justamente, el resultado de aquella conversación. Y, sin embargo, ¿qué pasaría si uno fuera vencido por la bhramam? ¿Qué pasaría si uno desechara este marco de realismo y lo tratara como es: un marco burlón que lo desafía a uno a dar un paso más allá y ver qué sucede luego realmente? Una carta que Najeeb escribe desde el desierto a su esposa Sainu en Kerala ofrece una pista. El maestro árabe de Najeeb no le permite tomar un baño, porque el agua es preciosa y se debe usar solo para beber. Además, su maestro sólo lo alimenta con pan duro y leche de cabra. Sin embargo, cuando Najeeb escribe a Sainu le cuenta sobre lo cómodo que está en su nuevo trabajo, y dice que es “en una gran empresa que produce leche y lana”. “Las máquinas se encargan de todo. Arbab me quiere mucho”, cuenta en la carta. Najeeb dice que está “escribiendo esta carta después de comer pan con curry de pollo y cordero con masala”. Teniendo en cuenta que la carta ni siquiera está destinada a ser publicada, y Sainu es, por lo tanto, solo una destinataria homónima, el receptor real parece ser el lector. Y la novela parece reírse en nuestras caras por creer que el migrante es un subhumano incapaz de creatividad. En esta novela está escrita en primera persona, una carta deshace la estabilidad de la narrativa realista. Somos traídos vivos a la imposibilidad de determinar la veracidad de la auto-narrativa. Habiendo hecho esto, ahora se forja un nuevo pacto entre el lector y el novelista migrante; un pacto que no sigue el decoro del discurso público, sino que se revela en los placeres del secreto. Como si dijera: ‘esto es entre vos y yo’. Y, si puedo escribir una carta, soy capaz de hilvanarte una historia real.

El punto no es decir que la narrativa pueda ser más imaginación que realidad. El problema es cuestionar nuestros propios recursos en la narración de la vida migrante. Por lo tanto, leer literatura migrante es permitir que el espacio para la incomprensión y el saber que siempre es posible, incluso cuando las palabras signifiquen lo que se supone que significan, existe una filtración secreta del placer hacia afuera de nuestros ojos y oídos. Las palabras pueden adquirir significados secretos, y estar disponibles solo para un participante en la migración. Por eso, leer literatura migrante es también reconocer los límites de la lectura: saber que cada palabra también puede lograr perderlo a uno en los placeres secretos implícitos en la persecución de un sueño.

La literatura malabar también realizó esfuerzos por no someter al espacio de la península a la aguda temporalidad de la migración, sino presentarlo como un lugar en el que se desarrolla la historia más larga. Los escritos de viaje de V. Muzafar Ahmed cruzan Arabia Saudí y explora la región a través de su gente, arte, arquitectura y geología escondidas lejos de la vida de los migrantes. [6] Las novelas recientes de Benyamin basadas en la Primavera Árabe, Mullappoo Niramulla Pakalukal (2014), y su gemela Al Arabian Novel Factory (La fábrica árabe de novelas, 2014), habitan en la cuestión del costo del trabajo migrante para las poblaciones de los países de la península. Al poner sobre la mesa la discriminación y la represión, Benyamin cuestiona la invisibilidad en la propia narrativa de la invisibilidad.

La literatura, debe decirse, es una escasa sino pobre avenida para aproximarse a las expresiones creativas de los primeros migrantes, quienes a menudo provenían de condiciones menos privilegiadas. Por lo tanto, leer literatura como expresiones de la creatividad migrante requiere tener en cuenta otras expresiones creativas que no pueden encontrar un lugar dentro de las coordenadas de la ‘literatura’. La bhramam que era la península se hace sentir en innumerables expresiones migrantes como la fotografía, la letra de canciones, o en la materialidad de los artefactos de otra era, como pueden ser las grabadoras de casetes. Más importante aún, la literatura del Golfo en malabar, quizás perdida para siempre salvo por algún dedicado esfuerzo, exige que leamos hacia el presente y los silencios del pasado, no como vidas a las que uno puede acercarse sino como voces creativas capaces, entre otras cosas, de silencios.

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Mohamed Shafeeq Karinkurayil es Doctor en Estudios Culturales por la Universidad de Inglés e Idiomas Extranjeros Hyerabad y profesor adjunto en la Academia de Educación Superior de Manipal.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Jadaliyya el 24 de marzo de 2021.

Referencias:

[1] See the section on Gulf migration in Chinmay Tumbe’s India Moving: A History of Migration. Also, see works by S. Irudaya Rajan and K.C. Zachariah for the statistical details of migration from Kerala.

[2] See M.H. Ilias’s “Memories and Narrations of ‘Nations’ Past.”

[3] See the chapter “Unsteady Luminosity: Reading the World in Early Novels” in Writing the First Person: Literature, History, and Autobiography in Modern Kerala by Udaya Kumar.

[4] Now available in translation as Dubai Puzha: When Seagulls Fly over Dubai Creek (2019).

[5] The review is available in The Imam and the Indian.

[6] Now available in translation by P J Mathew titled Camels in the Sky: Travels in Arabia (2018).