Las nuevas batallas del cine libanés

Por Joey Ayub para Hummus for Thought

La siguiente es una traducción del artículo de Hugo Lautissier «les nouvelles batailles du cinéma libanais» publicado en la edición francesa de Middle East Eye. Fue traducido por Joey Ayoub y se publicó en Hummus for Thought con fines educativos. No hace falta decir que esta pieza refleja la opinión del autor.

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Cannes, mayo de 2015. Luciendo un traje con corbata de moño, Ely Dagher da una conferencia de prensa frente a una multitud de periodistas internacionales. El joven beirutí de 29 años acaba de ser nominado al premio Cortometraje Palme d’Or por su película animada Waves ’98 (Olas ‘98). [N.d.T: Ely Dagher fue entrevistado por Hummus for Thought].

“¡Estamos muy orgullosos de vos!”, le grita un periodista libanés, eufórico entre la multitud. Y con buenas razones: es la primera vez que este pequeño país alcanza la máxima distinción desde la primera elección de Georges Nasser por su película Ila Ayn (A dónde) en 1957.

En este país de cine, donde en 1987, un año después de la invención del séptimo arte, Alexandre Promio filmaba en Beirut una película en nombre de los hermanos Lumière, ¿tomó el relevo la generación joven? Más allá de la respuesta, en los últimos años los directores libaneses llegaron a los festivales internacionales más importantes del mundo.

Estos últimos meses vieron a Ziad Doueiri ganar un premio en Venecia por su película The Insult (El Insulto), y luego ser nominado a los Oscar en la categoría de mejor película extranjera. También tuvieron a la joven Dania Bdeir, de 28 años, y su primer cortometraje In White (De Blanco) galardonados en el festival internacional de Curtas de Río de Janeiro, lo que la calificó para los Oscar 2019. En cuanto a Nadine Labaki, está actualmente compitiendo en Cannes por su nueva película Capharnaüm.

Este éxito está ligado al lento pero constante crecimiento que la industria cinematográfica libanesa experimentó en los últimos años, a pesar de la ausencia de apoyo público.

Entre los años 2016 y 2017, la Fondation Liban Cinéma identificó 40 películas libanesas, diecinueve de las cuales se proyectaron en cines, en comparación con solo una o dos a principios de la década del 2000. La Autoridad de Desarrollo de Inversiones del Líbano (IDAL por sus siglas en inglés) estimó que en 2015 se invirtieron 32,4 millones de dólares en 31 largometrajes, en comparación con sólo 8,8 millones de dólares en 11 películas entre 2011 y 2014. El número de películas se duplicó en una década, llegando a unas cien salas de cine, mientras que el número de oportunidades de formación también se disparó.

“Veo muchos directores jóvenes con talento. No podía decir eso hace diez años. Había diez directores y teníamos que elegir tres o cuatro. Hoy es completamente diferente. Hay un círculo virtuoso que favorece a los talentos. En general uno tenía que estar loco para hacer una película, pero hoy se volvió más factible «, comenta entusiasmada Myriam Sassine, productora de Abbout Production.

Una generación, dos identidades

Un año y medio después de su Palme D’or, Ely Dagher está en Demo, un bar cosmopolita en el barrio cristiano de Gemmayze. Lleva una corbata de moño con un suéter marrón y una campera de jean. Allí se codean cineastas, trabajadores autónomos y todo tipo de estudiantes europeos desempleados. 

En voz baja y en un impecable francés, acoge el dinamismo del séptimo arte libanés; “Hace unos años, había muy pocas películas. La mayoría de los estudiantes a los que solía frecuentar querían trabajar en un pub y ahora trabajan en Dubai. Ya no es mala palabra querer hacer cine, aunque siempre falte dinero. Recién estamos empezando «.

Waves ’98 se desarrolla en torno a un joven, Omar, que vaga por las afueras de Beirut hasta que se topa con un mundo de ensueño, una metáfora de la burbuja en la que un sector de la juventud libanesa crece.

Como la mayoría de los jóvenes cineastas de su generación, Ely Dagher hizo varias idas y vueltas entre el Líbano y Occidente. Estudió en Londres y ahora vive entre Bruselas y Beirut, una doble pertenencia que alimenta sus películas y sus reflexiones sobre su país.

“En Beirut, tenemos una tendencia a desconectarnos de lo que sucede a nuestro alrededor. Curiosamente, cuando estoy en el extranjero es cuando más sigo lo que está sucediendo en el Líbano. Pero debido a estas idas y venidas, hay momentos en los que tengo dificultades para reconectarme. Vas a tomar unas copas con amigos y al mismo tiempo hay una guerra que acaba de comenzar de nuevo en Siria, el ejército está en todas partes… Esta película nace de un enfoque personal a través del cual estoy tratando de encontrar mi lugar en la ciudad.»

En el cortometraje In White, Dania Bdeir, que vive entre Nueva York y Beirut, se basa en una experiencia personal, la muerte de su padre y su funeral en el Líbano, para hacerse preguntas sobre el regreso a los orígenes y el impacto que este genera.

“El Líbano es un país progresista en muchos aspectos, pero hay momentos culturales, como los matrimonios y funerales, donde todo se inclina en una dirección tradicional”.

“De repente, es como si hubiera un código de conducta que salió de la nada y que se supone que debemos conocer a la perfección”, observa sentada en un café en la acera. «Este sentimiento de no pertenecer realmente a ninguna de las dos sociedades y a la vez estar un poco entre ambas, es algo que siento muy fuerte».

Melancolía libanesa

Para comprender el cine libanés de hoy, debemos retroceder en el tiempo. Antes de 1975, la sociedad libanesa, así como su cine, vivía su época dorada. Bajo el pulso de Gamal Abdel Nasser, el cine egipcio, que tuvo su propia época dorada hasta la década de 1960, fue nacionalizado en 1963. Después de eso, muchos cineastas y estrellas de la gran pantalla se fueron de Egipto hacia el Líbano.

En Beirut, los estudios se desarrollaron y las salas de cine se multiplicaron. Sin embargo, dista mucho de ser el período más interesante del cine libanés.

“Fue una época dorada en cuanto a cantidad, pero catastrófica en cuanto a calidad, una mala copia de lo que se hacía en Egipto hasta entonces”, explica Haddy Zaccak, director de numerosos documentales, profesor de cine en la Universidad Saint Joseph (USJ) de Beirut y autor del libro reconocido Le cinéma libanais: itinéraire d’un cinéma vers l’inconnu -Cine libanés: el camino del cine hacia lo desconocido-.

Paradójicamente, fue con la guerra que el cine libanés encontró su identidad, liderado por una nueva generación de cineastas como Maroun Baghdadi, Jocelyne Saab y Jean Chamoun, cada uno impulsado por una urgente necesidad de narrar.

La posguerra dio paso entonces a una atormentada generación de directores en una ciudad en reconstrucción. Es lo que Dima El Horr, director de la película Everyday is a Holiday (Todos los días son vacaciones) (2009) y autor del libro Mélancolie libanaise: le cinéma après la guerre civile (Melancolía libanesa: el cine después de la guerra civil) califica como ‘cine errante’.

“Durante la guerra, los personajes de las películas todavía tenían un objetivo. Estaban planeando su futuro. No encontramos esta dimensión después de la guerra: es el cine errante, como en la película A Perfect Day (Un día perfecto) de Joana Hadjithomas y Khalil Joreige, y las de Ghassan Salhab”. [N.d.T.: Pronto se publicará un ensayo sobre Un día perfecto en Hummus For Thought].

Ely Dagher tiene solo vagos recuerdos de la guerra: su madre embarazada arrastrándolo al sótano de un edificio durante los bombardeos y juegos de cartas a la luz de las velas.

Según él, la nueva generación de cineastas evoca la guerra de una manera más contextual. “Pero los clichés tienen la piel gruesa. Durante una proyección de mi cortometraje el año pasado en Bruselas una mujer se acercó a mí para decirme que le gusta mi película pero que no había ‘suficiente guerra’. Es lo que la gente espera. Le dije que la guerra había terminado hacía veinte años. Pero para ella, el Líbano son los ‘80. La historia se detiene ahí». Si en el mundo exterior la guerra civil sigue fascinando a la gente, en el Líbano sigue siendo tabú.

‘La guerra es vida’

En el documental Trêve (Tregua) (2015), la joven directora Myriam El Hajj sigue a su tío Riad, dueño de una tienda de caza. Sus viajes están marcados por las idas y vueltas de sus amigos, ex compañeros de armas, y las discusiones de estos en sus últimos 25 años.

Es raro en este país escuchar que se evoque a los fantasmas del pasado, se hace a menudo a regañadientes. Trêve se estrenó por primera vez en Francia, en varios festivales, antes de ser proyectada en Beirut un año y medio después, fecha que Myriam El Hajj seguía posponiendo y que esperaba ansiosa.

Durante la primera sesión, seguida de un debate en presencia de los distintos protagonistas de la película, la discusión se transformó rápidamente en un enfrentamiento. Un sector de la habitación, el más viejo, tomó el lado de Riad, mientras que el otro, más joven, lo culpó por su pasado agresivo.

«¿Volvería a tomar las armas si la situación lo exigiera?» preguntó un joven. “Sin duda”, respondió Riad, una de cuyas primeras líneas en el documental es “la guerra es vida”.

https://youtu.be/7Mefgiw7i9s

“Eso demuestra que este tipo de debates aún no se pueden llevar a cabo en el Líbano”, reflexionó Myriam El Hajj algunos meses después. Hay una brecha entre los niños de la guerra y los excombatientes, y no hay discusiones en el ámbito del hogar. De hecho, mis padres tampoco me hablan nunca de la guerra. Y sin embargo, mi padre tomó las armas y conoció a mi madre en un campo de batalla. Vivís en un país del que no podés apropiarte, que no se parece a vos».

Desde su oficina en la Universidad Saint Joseph, ubicada en la infame línea verde que separaba los barrios musulmanes de los cristianos durante la guerra civil, Hady Zaccak vio un cambio generacional. Cuando empezó a enseñar cine, a sus alumnos no les interesaba la guerra. Querían pasar página.

“Pero el conflicto israelí-libanés de 2006 despertó en ellos la pregunta de ‘¿qué es una guerra?’. Sólo duró 33 días, entonces, ¿qué pasa con una de quince años? Esta generación también se dio cuenta de que la última guerra no terminó realmente. Especialmente con el regreso de personalidades y símbolos del conflicto libanés, que resurgieron en nuestro escenario político actual. Es como una nueva versión. No podemos decir que no a las películas de guerra mientras la guerra está en todas partes.»

¿Está condenado el cine libanés a seguir siendo un cine de la memoria sobre el que los fantasmas de la guerra civil seguirán deambulando sin fin? Ya no es el caso. Con el éxito internacional de la comedia Caramel (Caramelo) (2007) de Nadine Labaki, se abrieron otras puertas y, con ellas, otros temas.

El estreno del primer largometraje de Nadim Tabet el 12 de abril, One of these days (Uno de estos días), que explora la sexualidad de la juventud libanesa, ya se anuncia como una de las sensaciones de este año. El año pasado, fue el absurdo largometraje de Wissam Charaf, Tombé du ciel (Caído del cielo), que fue visto como una especie de ovni cinematográfico.

A sus 28 años, Mounia Akl es una de las principales figuras de esta nueva generación. Su último cortometraje, Submarine (Submarino), proyectado en festivales de todo el mundo, muestra la evacuación de Beirut durante la crisis de residuos de 2015. Un puñado de beirutíes se encuentra regularmente en un bar, ‘el Submarine’, en el que la vida continúa. [Mounia Akl también fue entrevistada en Hummus For Thought].

“Elegí un submarino porque está enterrado en un espacio sin oxígeno, siendo una burbuja de aire en medio de la nada. A menudo tenemos la sensación en el Líbano de estar viviendo en una burbuja. Con frecuencia nos ahogamos en problemas, pero siempre logramos crear un poco de vida y esperanza. El Líbano es una película con un humor absurdo ”.

La crisis de los residuos, que alcanzó su punto álgido en 2015, movilizó fuertemente a la juventud de un país que vio un punto de no retorno, así como una metáfora de la situación política en un país ‘gobernado por la basura’, como se escuchó a menudo durante las protestas en la plaza Riad El Solh.

La mayoría de estos jóvenes directores participaron en las protestas y apoyaron al movimiento Beirut Madinati (Beirut es mi ciudad), una plataforma ciudadana apolítica y no sectaria que logró un resultado honorable en las elecciones municipales de 2016 en un sistema político muy cerrado.

Esta crisis contribuyó a que esta generación se cimentara en torno a batallas comunes y le permitió renovar una conciencia política propia que alimenta sutilmente las producciones actuales. No obstante, tendrían que crear esquivando las tijeras de la censura, que no dudarán en aplastar los proyectos más ambiciosos.

Submarine fue censurada cuando salió, así como otras dos películas desde el comienzo del año (ambas películas debut): Heaven Without People (El cielo sin gente), del director Lucien Bourjeily, premiado en el festival de Dubai, y Panoptic (Panóptico), de Rana Eid.

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Joey Ayub es Doctor en Cine Libanés en la Universidad de Zurich e investigador doctoral asociado del equipo Narrativas Disonantes de la misma universidad. También es miembro de la Asociación de Estudios de Medio Oriente (MESA) y la Asociación de Estudios Libaneses (LSA), entre otras. Además de colaborar como columnista en varios medios, encabeza el blog Hummus for Thought y conduce el podcast The Fire These Times.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Hummus for Thought el 19 de julio de 2018.