Una década de protestas árabes culmina un siglo de estatalidad irregular: Parte I

Por Rami G. Khouri para The New Arab

Los regímenes de Túnez, Egipto, Libia y Yemen cayeron durante la Primavera Árabe [TNA Illustration/Getty]

Diez años de juventud: Las protestas revolucionarias árabes

Cuando se cumple una década de las protestas árabes que exigieron reemplazar sistemas de gobierno enteros por otros más eficientes, democráticos y transparentes, el balance general de los levantamientos parece escaso. 

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Sólo Túnez hizo la transición a una democracia constitucional, y Sudán está inmerso en una frágil conversión hace 3 años. Las principales protestas nacionales siguen definiendo a Líbano, Sudán, Irak y Argelia, mientras que Libia, Siria, Irak y Yemen sufren graves enfrentamientos entre fuerzas locales y extranjeras. La mayoría de los restantes países árabes regresaron a un régimen autocrático más estricto que debilita las libertades personales.

Luego de una década de protestas, esta visión convencional de la región árabe es incompleta. Un análisis más exhaustivo reconocería que los cambios importantes que afectarán a la gobernanza futura, continúan ocurriendo en toda la región. Diez años no es tiempo suficiente para evaluar de forma creíble estos levantamientos revolucionarios árabes. “Levantamientos” porque son protestas civiles espontáneas, y “revolucionarios” porque tienen como objetivo cambiar totalmente el sistema de gobierno y las relaciones ciudadano-Estado, incluyendo los valores y acciones de los ciudadanos, tomados individualmente. 

Para empezar, es importante captar dos marcos de tiempo que llevaron al levantamiento árabe: primero, los 50 años transcurridos desde 1970, durante los cuales los gobernantes militares que tomaron el poder en toda la región utilizaron la riqueza petrolera para institucionalizar sistemas autocráticos, mayormente corruptos e ineficientes; y segundo, los 100 años desde la Primera Guerra Mundial que dieron origen al sistema estatal árabe moderno, que experimenta en gran medida un Estado errático y una soberanía débil, especialmente en las últimas décadas.

Los levantamientos árabes son un reflejo de los movimientos Black Lives Matter (Las vidas negras importan) y #MeToo (Yo también) de los Estados Unidos, que tampoco estallaron  del vacío. Por el contrario, surgieron de un legado frustrado de repetidas protestas en los Estados Unidos durante el siglo pasado, y se encendieron después de los recientes actos atroces de brutalidad física y socioeconómica persistentes. Las revueltas árabes, también se producen tras décadas de protestas fallidas de menor envergadura por parte de ciudadanos indefensos políticamente contra la discriminación, la desigualdad y el aumento de la pobreza y la desesperación.

En su amplitud, profundidad, longevidad, demandas y acción política, los levantamientos árabes son parte del proceso largamente negado de autodeterminación nacional y construcción del Estado que las ciudadanías árabes anhelan y que ahora intentan aprovechar -con resultados dispares- en esta primera etapa de acción colectiva en la calle.

Nuevas alianzas y aspiraciones: el pueblo como actor político

Esta década de levantamientos es históricamente significativa por varios aspectos únicos que la región nunca había experimentado en una escala tan grande y sostenida. Lo más llamativo es su continuidad. Las protestas contra el gobierno estatal se produjeron, desde 2010, en la mitad de los 22 países de la Liga Árabe, incluidas algunas monarquías y Estados ricos en petróleo. La propagación regional se corresponde con las quejas a nivel nacional de una mayoría de ciudadanos dentro de cada país.

Esto fue evidente en Líbano, Argelia, Irak y Sudán recientemente, donde diferentes grupos sectarios, étnicos, ideológicos y regionales que, ocasionalmente, demandaban por separado, ahora se unieron en protestas nacionales únicas y coordinadas. Aprendieron que todos sufren las mismas tensiones y desigualdades: la falta de empleo, salarios bajos, sistemas de educación y servicios de salud deficientes, el aumento de la inflación y la pobreza, economías en implosión, la corrupción desenfrenada y una cultura general de funcionarios indiferentes y / o incompetentes.

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Las preocupaciones comunes de los manifestantes que buscan un sistema de gobierno totalmente nuevo, se hacen evidentes en las demandas idénticas que plantean en cada país. A diferencia de las protestas espontáneas de 2010, que pedían nociones amplias de dignidad y justicia social, las demandas de hoy buscan una serie de pasos transformadores específicos para crear gobiernos más eficientes, democráticos y responsables bajo el estado de derecho. Estos incluyen: la renuncia de todos los altos funcionarios gobernantes, un gobierno de transición para celebrar nuevas elecciones parlamentarias y presidenciales, una nueva constitución que garantice los derechos de los ciudadanos, un poder judicial independiente y mecanismos de anticorrupción, y el enjuiciamiento de ex funcionarios que devastaron a la sociedad y a la economía que se enriquecieron en el proceso.

Las protestas actuales son llamativas también, por reunir a diferentes grupos con una amplia gama de quejas que anteriormente habían planteado por separado y, casi siempre, sin éxito. Ambientalistas, activistas por la justicia social, los derechos de  género y de las minorías, y el estado de derecho democrático, entre otros, se unieron durante meses para presionar por una gobernanza que los tratara a todos de manera equitativa.

Individuos y grupos organizados trabajaron juntos en plazas públicas para expresar sus quejas y trazar soluciones para los nuevos Estados que buscaban construir. Esto generó dos nuevos fenómenos importantes: muchas personas que nunca se expresaron en público se unieron a las protestas y se convirtieron en actores políticos – como estudiantes, maestros y residentes de provincias remotas -; y, la mayoría de ellos, por primera vez en sus vidas, experimentaron la contribución a la configuración de su nuevo gobierno anticipado y a las nuevas políticas nacionales.

Los ciudadanos activistas, también crearon nuevas organizaciones para reemplazar a las instituciones estatales moribundas y corruptas, como organizaciones de medios de comunicación, sindicatos profesionales y centros comunitarios de autoayuda.

Sin embargo, junto a estos y otros signos del lento nacimiento de un nuevo ciudadano árabe, los últimos años también vieron la respuesta brutal de regímenes y grupos sectarios que se niegan a compartir o ceder el poder. En todas partes, en el Líbano, Siria, Jordania, Irak, Argelia, Sudán, Marruecos y otros, regímenes arraigados durante mucho tiempo reaccionaron a los levantamientos iniciales con promesas de reformas limitadas, incluido un nuevo primer ministro, nuevas elecciones o más gasto social.

Los manifestantes los rechazaron y tildaron de insultos que perpetuaban la estructura de poder y sus políticas fallidas, y continuaron manifestándose para derrocar a todo el gobierno. La élite del poder y sus matones y las milicias sectarias reaccionaron con brutal fuerza política o militar. Dispararon y mataron a cientos de manifestantes, encarcelaron o acusaron a referentes, quemaron campamentos de protesta y permitieron que las economías moribundas avanzaran aún más, lo que llevó a más familias a la pobreza y la desesperación. 

Las duras respuestas del Estado no sofocaron las protestas, pero la pandemia del coronavirus de marzo de 2020, sí lo hizo. Durante la mayor parte de 2020, la ira y el miedo de los ciudadanos no lograron forzar nuevas políticas estatales, ya que la presión pública de las protestas callejeras se disipó.

Cuando la ralentización económica inducida por la pandemia de COVID-19 y la preocupación por la salud acabaron por detener la mayoría de las protestas, algunos gobiernos intentaron utilizar sus respuestas al coronavirus para generar una nueva legitimidad entre los antiguos partidarios que, a menudo se habían unido a las protestas, y que veían cómo sus propias perspectivas de vida se iban reduciendo mes a mes.

Los manifestantes de toda la región árabe están hoy en pausa, esperando el fin de la amenaza del coronavirus y aprovechando el tiempo para reevaluar sus estrategias, fortalezas y debilidades, de modo que estén mejor preparados cuando se reanuden las protestas políticas, lo que ocurrirá, en algunas formas que quizá no comprendamos hoy.

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Rami G. Khouri es Director de Compromiso Global y miembro Senior de políticas públicas en la Universidad Americana de Beirut. Asimismo es miembro senior no residente en la Harvard Kennedy School.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por The New Arab el 15 de Diciembre de 2020. Este artículo es parte de una serie especial sobre el décimo aniversario de la Primavera Árabe. Se puede acceder al resto de la serie en este portal actualizado periódicamente. 

La parte II se puede leer en el siguiente link:  https://english.alaraby.co.uk/english/comment/2020/12/16/arab-protest-and-erratic-statehood-part-ii