La crisis de liderazgo en Irak sigue sin resolverse a un año del estallido de las protestas

Por Alaa Kadhem para Iraqi Thoughts

[Manifestantes agitan la bandera de Sistani, figura política con alto rango en el clero chií duodecimano. Alaa al-Marjani/Reuters]

A medida que se acerca el primer aniversario de las protestas de octubre de 2019, se hace más evidente la necesidad de un liderazgo creíble. Es probable que la débil gestión de la crisis por el COVID-19 del Primer Ministro, Mustafa Al Kadhimi, recuerde a los manifestantes un agravio subyacente más allá de sus reclamos de empleo. Algunos manifestantes expresaron su deseo de reformar el sistema político, para pasar de un sistema parlamentario a uno presidencial. No es la primera vez que los iraquíes exigen una forma más directa de elegir al jefe de gobierno. 

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Los dos últimos primeros ministros de Irak no se presentaron a las elecciones que les llevaron al cargo. Antes de eso, el Primer Ministro, Haider Al Abadi, fue electo bajo presiones políticas e internacionales, no por decisión de la gente. La pugna política por el cargo de primer ministro en 2010 desencadenó un debate sobre si los iraquíes debían o no elegir directamente a su líder. En esos comicios, la Coalición Al Iraqiya de Ayad Alaui obtuvo 91 escaños frente a la Coalición Estado de Derecho de Nouri Al Maliki, que obtuvo 89 escaños, aunque Maliki obtuvo, en Bagdad, una ventaja de más de 50 puntos sobre Alaui. El camino hacia la presidencia nunca ha sido a través de elecciones directas, pero esto no es exclusivo de Irak.

En muchas democracias consolidadas, independientemente de si son sistemas presidenciales o parlamentarios, el candidato con más votos no necesariamente gana. Algunos ejemplos recientes son el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que ganó en el colegio electoral pero perdió el voto popular – y no fue el primer presidente en hacerlo -, y el Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, cuyo partido ganó el mayor número de escaños en las elecciones parlamentarias, pero también perdió el voto popular en general, y  no fue la primera vez en la historia de Canadá. Estas victorias no quitan legitimidad a sus triunfos electorales, pero se traducen en pérdida de credibilidad pública. En 1969, algunos congresistas estadounidenses intentaron legislar una enmienda constitucional para sustituir el colegio electoral por un voto popular nacional.

A medida que Irak experimenta su transición democrática, debe lidiar con el problema de los líderes elegidos indirectamente. Sin embargo, este no es un concepto extraño para los iraquíes, que tuvieron gobernantes impuestos desde la creación moderna del Estado iraquí, cuando los británicos eligieron al rey Faisal I del Hiyaz como jefe de Estado. Aunque los iraquíes votaron en un plebiscito, sus opciones fueron definidas por los británicos, lo que puso en duda la representatividad y la credibilidad del voto. Tras esto, Irak mantiene un legado de concentración de poder en un solo hombre.

Este historial de hombres fuertes tiene un impacto devastador en el país, hecho que no olvidaron los representantes elegidos para redactar la constitución de Irak de 2005. Los redactores se aseguraron de que se promulgue un sistema de contrapesos con múltiples puestos de liderazgo, como se ve en otros sistemas parlamentarios republicanos.

A pesar de contar con este sistema, Irak sigue sufriendo las consecuencias de décadas de guerra y autoritarismo. La decadencia de sus instituciones gubernamentales, así como la falta de un liderazgo centralizado, dificultan la capacidad del Estado para reconstruirse y desarrollarse al ritmo que muchos esperaban tras la caída del régimen de Saddam Hussein. Irak fue testigo de múltiples transiciones de poder, incluso entre partidos políticos y hacia candidatos independientes, y mantiene así su trayectoria general de democratización. Sin embargo, esto se produjo a costa de una gobernanza competente, para frustración de muchos de sus ciudadanos. Éste es también uno de los principales factores que empujaron a la juventud iraquí hacia la nostalgia autoritaria, sin darse cuenta de que la mala gobernanza y la corrupción tienen su origen en la época del Baas.

Debido a la creciente marea de nostalgia autoritaria, el deseo de un liderazgo creíble no debe dejarse de lado ni ignorarse. Hacerlo conduciría casi con toda seguridad a la continuación de las protestas en todo el país. Los líderes iraquíes deben guiar al país para resolver los problemas heredados, algunos de los cuales se remontan a la década de 1950. Por ejemplo, el a menudo citado sector público iraquí es una reliquia de las políticas socialistas promulgadas en la década de 1970 y no un desarrollo reciente. En lugar de arreglar este sistema, se ha exacerbado después de 2003.

A pesar de los reclamos de manifestantes por un estado civil y por la separación de las instituciones religiosas y estatales, muchos continúan mirando al Gran Ayatolá, Ali Al Sistani, en busca de orientación y aprobación. Sistani es visto como un líder creíble debido a los mecanismos de selección de la élite religiosa, que tienen en cuenta la popularidad de un clérigo entre sus seguidores. Este mecanismo no existe en el sistema político iraquí, donde los diputados elegidos seleccionan al Primer Ministro y al Presidente.

Pero la elección directa del jefe de gobierno plantea varios riesgos. En primer lugar, puede conducir a una centralización poco sana del poder, particularmente indeseable en un sistema federal. De hecho, la protección del federalismo es una razón clave por la que Estados Unidos mantiene el colegio electoral. En segundo lugar, el voto directo puede aumentar los incentivos para la retórica populista durante la campaña electoral. El actual Primer Ministro, Mustafa Al-Kadhimi, nunca se presentó en elecciones, pero recurrió a una retórica simbólica que puede desembocar en populismo, lo que demuestra lo atractiva e intuitiva que puede ser como herramienta política.

Para evitar el riesgo doble del populismo y el autoritarismo, los iraquíes deberían aprovechar la oportunidad del aniversario de las protestas de octubre para mantener una conversación nacional sobre las instituciones electorales en las que deberían invertir para garantizar un liderazgo político creíble en el futuro.

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Alaa Kadhem es abogado y consultor de liderazgo con experiencia en Medio Oriente.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Iraqi Thoughts el 27 de septiembre de 2020.