Los dilemas de practicar la medicina humanitaria en Gaza

Por Osama Tanous para Middle East Research and Information Project (MERIP)

Osama Tanous examinando a pacientes y formando a médicos en Gaza durante un viaje de ayuda médica humanitaria en enero de 2020. [Centro Palestino de Derechos Humanos].

Como médico palestino radicado en Haifa, estuve esperando con entusiasmo la oportunidad de ayudar al personal médico de la Franja de Gaza asistiendo a sus compatriotas que viven en condiciones de absoluta privación. [1] Por lo tanto, agradecí la oportunidad de unirme a la delegación de Médicos por los Derechos Humanos – Israel (PHRI, por sus siglas en inglés) durante dos viajes a Gaza, en diciembre de 2019 y enero de 2020. PHRI es una organización israelí de derechos humanos fundada en 1988 que promueve la igualdad en el derecho a la salud para todas las personas de Israel y para quienes viven bajo la ocupación israelí. Proporciona ayuda humanitaria a través de clínicas gratuitas y móviles, gestiona un departamento jurídico para ayudar a los pacientes gazatíes a conseguir permisos para salir de Gaza para recibir tratamiento médico y aboga por cambios políticos. Es una de las únicas organizaciones israelíes a las que se les permite ingresar regularmente a Gaza, lo que hacen con su clínica móvil, trayendo médicos y personal, constituido por ciudadanos palestinos de Israel, junto con medicamentos y equipos.

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Existe una lógica básica en toda la medicina humanitaria y es la siguiente: la guerra y el asedio provocan una crisis humanitaria que da lugar a la escasez de médicos y medicamentos. Las delegaciones médicas que están fuera de la zona de guerra entregan medicamentos para aliviar el sufrimiento y brindar ayuda humanitaria. Esta lógica se rompió durante mis visitas.

Los ataques israelíes contra Gaza tienden a llenar los medios de comunicación con imágenes de cadáveres, familias heridas, edificios destrozados y calles con cráteres. Así, la mayoría de las imágenes de la ayuda médica en Gaza están también ligadas a estas escenas bélicas y revelan hospitales bombardeados, heridas de guerra como quemaduras o miembros amputados y niños con desnutrición severa. En cambio, la vida cotidiana bajo el asedio, con sus toxicidades, su rabia, su frustración y sus cortes de electricidad, junto con la asfixia de los sueños, las aspiraciones y la movilidad – por no hablar de la idea paralizante de que se puede vivir y morir sin salir nunca de Gaza – ocupa muy poco de la concepción que el mundo exterior tiene de la vida en el territorio.

Para preparar mi viaje, investigué los posibles desafíos médicos con los que podría encontrarme. Me pregunté qué material debería revisar y releer, qué equipo o medicamentos podría llevar. Sin embargo, me sorprendió descubrir que cuando Israel detiene sus bombardeos, las causas directas de mortalidad relacionadas con la guerra caen del primer lugar al 35, mientras que la diabetes, la hipertensión y las enfermedades cardíacas pasan a encabezar la lista.

Una vez que los ataques cesan, la gente vuelve a morir – en un número mucho mayor -, por las habituales ‘enfermedades de clase media’ crónicas que los médicos no podemos tratar o curar en una visita de fin de semana. Se trata de enfermedades que requieren tratamiento continuo y atención de seguimiento en un sistema de salud bien equipado. El continuo asedio israelí y el ‘des-desarrollo’ de Gaza dificultan mucho la prevención, el tratamiento y la gestión de estas enfermedades crónicas y provocan muertes y discapacidades evitables. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la tasa de mortalidad neonatal, que es siete veces más alta en Gaza que en Israel y casi cuatro veces más alta que la tasa de los palestinos dentro de Israel, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esta trágica realidad está marcada en gran medida por el desplazamiento, la ocupación, el asedio y las condiciones de vida resultantes.

Mi experiencia durante las misiones me generó dudas sobre la práctica de la asistencia médica en Gaza y en Palestina en general. Por ejemplo, ¿cuáles son las repercusiones del marco médico humanitario tradicional que hace posibles estas delegaciones? ¿Cómo podemos evaluar y criticar las narrativas que promueven, ya que no existen herramientas médicas para medir sus efectos? Estas preguntas no pretenden descartar las buenas intenciones de las delegaciones médicas que ayudan a los pacientes de Gaza. Al final del día, esa labor es una respuesta intuitiva e instintiva al sufrimiento de los demás. Sin embargo, es necesario examinar críticamente las hipótesis de trabajo del marco de la ayuda humanitaria y los discursos que produce.

La Franja de Gaza como prisión al aire libre

La Franja de Gaza, cuando no está bajo ataque directo, es significativamente diferente de otras zonas de guerra, áreas de conflicto o regiones geográficas donde se originó la tradición de la medicina humanitaria intervencionista. No es un campo de batalla entre dos ejércitos, o un anfitrión temporal para una población de migrantes que huyen de la guerra en otros lugares. Es lo contrario: Gaza es el hogar permanente de una población sitiada compuesta principalmente por refugiados que fueron expulsados de sus hogares originales y aldeas, cercanas a Gaza, en 1948. De una población de 1,9 millones de habitantes, 1,4 millones de sus residentes son refugiados, y el 75 por ciento de la población sufre pobreza y desempleo. A pesar de esto, no se trata de una zona rural con desnutrición y epidemias.

Es una pequeña franja urbana y suburbana de unos 345 kilómetros cuadrados, sometida a un cierre estrictamente controlado por Israel desde 2007. En esta atestada cárcel al aire libre, las intensas presiones para que continúe la vida y la reconstrucción de viviendas, junto con la necesidad de los donantes de financiar la reconstrucción, no dejan lugar para que las ruinas del conflicto permanezcan como evidencia de los crímenes de guerra. La Franja de Gaza fue reconstruida varias veces, y ahora se parece a cualquier barrio empobrecido de megaciudades como El Cairo o Delhi, con viviendas densamente pobladas e infraestructura decrépita y en ruinas.

La única forma de ingresar a esta prisión al aire libre desde Israel es a través del puesto de control de Erez, en el norte de Gaza. Es uno de los puntos de control más seguros de Israel. Las personas con un permiso especial, como las delegaciones médicas, pueden utilizarlo para ingresar desde el lado israelí. Ni siquiera aquellos con familiares o cónyuges en Gaza pueden ingresar a la Franja. Salir de Gaza por Erez, siendo palestino, es una misión imposible. Los permisos se otorgan únicamente por razones específicas y limitadas, como para tratamientos médicos, lo que Israel define como ‘excepciones humanitarias’. Por lo tanto, el término ‘cruce’ utilizado por el gobierno israelí suena a una broma sarcástica. Más bien, la entrada de Erez normalmente funciona como una puerta de prisión de un solo sentido.

Durante mis estudios médicos me ofrecí como voluntario en la clínica gratuita de PHRI en Jaffa. Allí atendí a pacientes indocumentados, principalmente palestinos y solicitantes de asilo africanos. Más tarde, como médico, me uní a su clínica móvil en Cisjordania ocupada, trabajando principalmente en aldeas remotas que carecen de un buen acceso a la atención médica. En el momento en que supe que estaban activando la clínica móvil en Gaza, presenté mi solicitud con entusiasmo. Para mi sorpresa, las solicitudes se aprobaron en su totalidad solo un día antes de la fecha de viaje programada. Gaza es un destino para el cual no se puede planificar completamente de antemano con ningún tipo de certeza. Cuando escuché la noticia, traté de conectarme de inmediato con amigos y familiares de amigos en Gaza que estuvieron aislados del mundo exterior durante años. La pregunta en mi cabeza – ‘¿Qué puedo llevarles?’ – ya sonaba absurda. ¿Una botella de vino? No es una buena idea al pasar por el control de Hamas dentro de Gaza. ¿Una caja de chocolates? Demasiado patético para una visita a una prisión. Cerámica de Jerusalén, ¿un regalo que normalmente llevaría a mis amigos en el extranjero? Pero no me voy al extranjero, voy a reunirme con mi gente.

Poner el puesto de control de Erez en el sistema de navegación y hacer el viaje de una hora y media desde Haifa fue una experiencia extremadamente extraña. Gaza siempre pareció estar fuera de su alcance, no es el tipo de lugar al que se pueda conducir. Pero aparentemente, como en cualquier otra prisión, se puede estacionar gratis en su puerta de entrada. Nuestro grupo de 20 médicos, fisioterapeutas y psicólogos, todos ciudadanos palestinos de Israel, se reunieron fuera del puesto de control.

Como nueva incorporación al personal, me impresionó el nivel de altruismo y organización de algunas personas en el equipo: una médica de familia me dijo que ya había comenzado a recolectar donaciones, medicamentos y dispositivos médicos entre su comunidad local en Jerusalén, un mes antes de nuestra visita. Un médico ortopédico de unos cuarenta años había recogido sobras de medicamentos y dispositivos de las familias de pacientes fallecidos en su ciudad, en el norte de Galilea. Los movía un fuerte impulso de brindar cualquier tipo de ayuda y alivio a sus hermanos y hermanas al otro lado del muro. Pero también hubo quienes lo trataron como un viaje escolar aventurero, emocionados y desprevenidos, con el teléfono celular en la mano listos para publicar sus actos heroicos en las redes sociales.

Allí estábamos, listos para cruzar. Nada habla más de lo que Hannah Arendt describió como la ‘banalidad del mal’ que el puesto de control de Erez. La única fachada de uno de los asedios más largos y brutales de la historia moderna es una sala de tránsito relativamente limpia y tranquila con carteles extraños que advierten a los visitantes sobre los miembros de Hamas y una simpática militar rubia que dice: “Oooh, estás con el equipo médico, por favor sígueme”. Sin drama, sin humillaciones y sin violencia manifiesta. Simplemente una joven militar en otro aburrido día de trabajo, asegurándose de que el asedio herméticamente sellado de 2 millones de personas no se interrumpa.

Después de pasar el control israelí, tuvimos que cruzar la barrera del puesto de control palestino. Nada habla más de la miseria del espíritu político palestino y de la fragmentación actual que los caóticos puntos de control de Fatah, el partido político gobernante de la Autoridad Palestina en Cisjordania, y luego el de Hamas, el partido que controla Gaza. Era la primera vez que veía un puesto de control palestino: no existe tal cosa cuando entras a Cisjordania. Aquí parece funcionar como un intento de reclamar algún control palestino limitado. Dado el estado actual de la política palestina, la inmadurez de los empleados y la falta de coordinación o poder real sobre el terreno, estos puestos de control son solo un recordatorio impotente de las divisiones internas.

Para nosotros, palestinos con pasaportes israelíes, la entrada a Gaza fue extrañamente tranquila. Salimos de la terminal y nos reunimos con los representantes del Centro Palestino de Derechos Humanos. Nos esperaban con un autobús para distribuirnos por las distintas clínicas y hospitales donde comenzaríamos nuestro trabajo en el terreno.

La realidad de la ayuda humanitaria en Gaza

Al mediodía estaba sentado en una clínica sencilla con paredes blancas y luz de neón, que forma parte de un complejo clínico más grande en el barrio de Al Shujaiyya, en la ciudad de Gaza. Fue escalofriante entrar a un lugar relacionado directamente con una masacre: en julio de 2014, un bombardeo israelí mató a más de 60 personas y dejó una destrucción masiva. Ese día, la fila de madres preocupadas con sus hijos era larga. Me sentía en un bucle interminable de repetición de uno de los tres escenarios. Primero: tranquilizar a las madres diciéndoles que su hijo tiene una enfermedad viral simple y que no necesita antibióticos. Segundo: proporcionar analgésicos gratuitos y otros medicamentos de venta libre. Tercero: disculparse con las familias de niños con afecciones complejas resultantes de un parto prematuro; con enfermedades genéticas y cirugía cardíaca diciéndoles que tales casos necesitan un panel de especialistas para crear un plan detallado de tratamiento y atención de seguimiento, lo cual no se puede realizar durante una visita médica de dos días.

Sentí que estaba haciendo muy poca o ninguna contribución real. Pero las decenas de pacientes que vi seguían siendo, sobre el papel, una medida de ayuda médica humanitaria exitosa. Me dirigí con frustración hacia un colega, un conocido cirujano cardíaco que normalmente ejerce en Rambam. Pensé que, después de todo, él trabaja con sus manos y realiza cirugías sofisticadas que realmente salvan vidas de acuerdo con nuestra medicina basada en la evidencia. Le dije con envidia: “Tienes suerte de estar contribuyendo realmente y modificando los resultados de la enfermedad. Si no hicieras una sustitución de válvula cardiaca o una operación a corazón abierto, simplemente no se produciría”. A pesar de esto, él me dijo que era inútil ya que los hospitales de Gaza carecen de la infraestructura completa de una unidad de cuidados intensivos cardíacos con personal capacitado las 24 horas del día y los costosos medicamentos necesarios. El seguimiento de los pacientes después de cirugías importantes requiere de una estructura completa de médicos, enfermeras, medicamentos y equipos para garantizar los resultados de salud que vemos en países con abundantes recursos, muchos de los cuales no tienen permitido el ingreso a Gaza por Israel.

Uno de los sentimientos más inquietantes durante mis visitas fue el de ser el ‘experto extranjero’. Dado que habíamos estudiado y nos capacitamos en hospitales israelíes, los pacientes nos otorgaban un estatus más alto. Creían que éramos más confiables que los médicos gazatíes que están relativamente aislados de las actualizaciones médicas, las formaciones, las conferencias y las opciones de desarrollo en constante cambio. Me repugnó la sensación de ser visto como el experto extranjero que salva al paciente del mal equipado médico de Gaza. Frantz Fanon escribió en A Dying Colonialism (N.d.T.: Un colonialismo moribundo) acerca de la “confusión orgánica” mediante la cual los colonizados perciben al médico europeo. Pero aquí fui testigo de una confusión más mutilada en la que un médico nativo – atrapado en la política de los colonos y formado en el sistema de los colonos -, es percibido como un médico europeizado, invocando una mezcla de envidia y respeto tanto del médico como del paciente colonizados. Fanon describió cómo el médico nativo argelino se sentía obligado a demostrar su admisión en el universo colonial racional. Sin embargo, aquí me sentí avergonzado de ser considerado parte del sistema de ayuda colonial, formado en el hospital colonial.

Después de ver a los pacientes y de sentir que mi presencia tenía muy poco valor, decidí prolongar mi estancia.. El puesto de control de Erez cierra por completo los sábados debido al sabbat. Por lo tanto, la delegación suele entrar los jueves y salir los viernes. Me quedé hasta el domingo y pasé mi tiempo viajando por la Franja. Me reuní con médicos y jefes de salas, hospitales y organizaciones de asistencia médica para comprender mejor los desafíos a los que se enfrenta el personal médico y la comunidad en general. De esta manera, esperaba desarrollar metas más realistas y formular una mejor estrategia de trabajo.

Un tema recurrente durante estas reuniones fue la agobiante falta de soberanía. En cierto modo, la creación del Estado judío en 1948 no solo expulsó a los palestinos de sus hogares y tierras, sino que también los expulsó de la historia hacia un tiempo liminal. Como Ghassan Hage señaló: “una vida viable presupone una forma de movilidad imaginaria, la sensación de que uno va a alguna parte”. [2] En Gaza, nadie va a ninguna parte. Es una sala de espera entre una guerra anterior y una inminente. Entre las optimistas promesas de desarrollo de convertir a Gaza en un ‘Singapur en el Mediterráneo’ y las amenazas de ser bombardeada de nuevo a la edad de piedra. [3] En este tiempo liminal, impredecible, es imposible saber qué medicamentos o equipos podrán entrar en Gaza el próximo mes; o qué pacientes podrán viajar fuera de la Franja para recibir terapia. La incertidumbre constante hace que crear planes médicos estratégicos que requieran intervenciones parezca un lujo inalcanzable.

Por si los efectos catastróficos de la ocupación y el asedio no fueran suficientes, la lucha entre Fatah y Hamas fragmentó aún más el sistema de salud. Me sorprendió escuchar a los médicos sobre las dificultades que surgen cuando algunos puestos son designados por Fatah desde el Ministerio de Salud en Ramallah y otros por el Ministerio en Gaza bajo Hamas. Esta descoordinación crea confusión y tensión en la jerarquía laboral: no está claro quién supervisa el trabajo de quién y quién puede contratar o despedir trabajadores. Otro ejemplo que se cita con frecuencia, son las dificultades que se encuentran al intentar obtener permisos para que el personal médico salga de Gaza para recibir capacitación o talleres. Esto no solo requiere el permiso de Israel, sino también de un acuerdo entre Fatah y Hamas, tanto en el hospital como en los puestos de control fronterizos. Tristemente, este proceso a menudo se deteriora en una lucha infantil donde un lado intenta obstruir el trabajo del otro, sumando otra capa de frustración que fácilmente conduce a un sentimiento colectivo de odio hacia uno mismo.

Pasé las noches vagando por el puerto y las calles. Traté de absorber todo lo que pude de la ciudad, de los rostros y gestos de mis amigos mientras contaban sus brillantes historias de vida bajo la guerra y el asedio; de su capacidad para encontrar alegría, humor y amor, así como la fuerza para continuar.

Doctores adentro, pacientes afuera

Además de acercar profesionales y suministros médicos a Gaza, una parte importante de la medicina humanitaria consiste en obtener permiso para que los pacientes puedan recibir tratamiento en Israel, Jerusalén Oriental, Egipto o Jordania. Cuando era estudiante, me encontré con pacientes de Gaza en hospitales israelíes. A menudo me sorprendía escuchar a los médicos israelíes hablar de su tratamiento sin abordar el contexto más amplio ¿Cómo pudo pasar desapercibida para los médicos la masacre de hombres, mujeres y niños? Por ejemplo, parecían desconocer lo absurdo de la situación en la que un paciente con cáncer o anomalías cardíacas sea trasladado a Israel para un tratamiento costoso y sofisticado – que a menudo requiere una atención de seguimiento prolongada y costosa – sólo para ser enviado de vuelta a Gaza para posiblemente morir por otra temporada de bombardeos o por los efectos del asedio.

Durante mis visitas fui testigo de la poca confianza que tienen los habitantes de Gaza en su sistema de salud. Observé cómo cada simple diagnóstico médico va seguido de un esfuerzo maratónico para obtener una segunda opinión y un tratamiento en el exterior. No obstante, esta no es una opción para todos. Las organizaciones de ayuda crearon, tal vez sin saberlo, una clase de receptores que se consideran los más dignos de los servicios humanitarios, haciendo hincapié en un aura de inocencia para ‘provocar la simpatía y contrarrestar la mezcla habitual de miedo y hostilidad’ hacia los gazatíes. [4] Estas víctimas inocentes ideales son principalmente mujeres y niños y, a menudo, pacientes con cáncer. El icono de la víctima definitiva es, generalmente, un menor palestino, preferiblemente una niña, que espera recibir quimioterapia. Las campañas de los grupos de ayuda humanitaria que se centran en su inocencia y miseria dividen involuntariamente a los habitantes de Gaza en pacientes dignos e indignos. Aquellos que sean lo suficientemente inocentes y estén lo suficientemente enfermos podrían recibir permiso para salir de Gaza y recibir el tratamiento que les salve la vida.

Este énfasis excesivo en la inocencia se plasmó vívidamente en una petición de Gisha, el centro legal israelí para la libertad de movimiento. Junto a otros grupos de derechos humanos se dirigieron ante la Corte Suprema israelí, en julio de 2018, luego de que el gobierno israelí le negara el permiso a siete pacientes con cáncer de Gaza para que reciban un tratamiento que les salve la vida en hospitales de la Jerusalén Oriental ocupada. El argumento oficial consistió en que eran familiares en primer grado de miembros de Hamas. Esta decisión fue parte de los esfuerzos para presionar a Hamas para que devuelva los cuerpos de dos soldados israelíes, así como dos civiles desaparecidos y presuntamente retenidos en Gaza. Durante la audiencia, las organizaciones de derechos humanos enfatizaron dos puntos principales: las mujeres eran inocentes de cualquier participación en lo que el Estado percibe como actividades prohibidas. Su único ‘crimen’ era estar relacionadas con un miembro de Hamas. El otro argumento era que, a menos que recibieran el tratamiento, que no está disponible en Gaza, estas mujeres probablemente morirían. Este énfasis en la inocencia, aunque pragmático y a veces eficiente, crea un espacio cada vez más pequeño para aquellos considerados dignos de tratamiento.

Este encuadre de ciertos pacientes como víctimas inocentes dignas y necesitadas de atención para salvar su vida, fomenta entre los médicos israelíes la sensación de ser doctores salvadores con conocimientos y poder superiores. Para los médicos israelíes que tratan a niños palestinos en hospitales israelíes, los pacientes simplemente vienen de un ‘lugar menos privilegiado’ a un ‘país desarrollado’. [5] Los pacientes son tratados por un personal bien intencionado, ‘ciego’ a su nacionalidad pero no a su sufrimiento, mientras se asegura de que no se sientan discriminados. [6] Este tipo de humanitarismo no sólo proporciona a los médicos experiencia y publicaciones académicas, sino que les permite estar fuera de la historia, en un lugar de neutralidad, donde pueden ignorar las circunstancias políticas e históricas que crearon las víctimas que están salvando. Les permite eludir la política e intervenir sólo lo suficiente para detener el sufrimiento que tienen frente a ellos.

Los límites de la medicina humanitaria

Tras cada regreso de Gaza, no dejaba de pensar en la puerta giratoria de la medicina humanitaria, cuyo objetivo es permitir la entrada del mayor número posible de médicos y medicamentos y la salida del mayor número posible de pacientes. De esta manera se reúne una enorme matriz de rúbricas detalladas: la edad, el sexo y la identidad de los pacientes, su inocencia, la urgencia de la condición médica, la capacidad para obtener permisos y tratamiento, el número de delegaciones, medicamentos o equipos que ingresan a Gaza. La información se contabiliza y los éxitos se celebran como victorias. Sin embargo, este enfoque evita las cuestiones fundamentales de la ocupación, la justicia y el derecho al retorno de los refugiados. Incluso, cuando la beca conecta la mala salud de los habitantes de Gaza con la ocupación israelí, su publicación en revistas médicas resulta bloqueada por sofisticadas acciones de presión. Mientras tanto, continúan las celebraciones de colaboración en los circuitos de asistencia entre el ocupante y el ocupado, revelando los límites del marco de ayuda humanitaria.

El asedio israelí creó una realidad y una situación de salud únicas y extremadamente complicadas en Gaza. Es significativamente diferente de las zonas de conflicto en otras partes del mundo. Cuando las personas sufren principalmente de enfermedades crónicas, una visita rápida de un médico tiene muy poca utilidad, si es que la tiene. El marco obsoleto para tal intervención médica debe ser reevaluado y revisado significativamente para permitir otros tipos de ayuda médica que sean sostenibles para una población que enfrenta condiciones de vida difíciles y cambiantes, desde bombardeos hasta asedios. Por ejemplo, los avances tecnológicos, como el uso de la telemedicina – como se ve en Siria -, podrían eludir las regulaciones israelíes y socavar el asedio al permitir que los médicos se capaciten y consulten junto a trabajadores de la salud en Gaza. Al descuidar el contexto político más amplio de la ocupación, mientras se protegen con una neutralidad autoproclamada, las organizaciones israelíes y todo el sistema médico humanitario siguen siendo participantes activos en – y de alguna manera, beneficiarios – del ciclo cruel y repetitivo de destrucción y reconstrucción.

[Se prohíbe expresamente la reproducción total o parcial, por cualquier medio, del contenido de esta web sin autorización expresa y por escrito de El Intérprete Digital]

Osama Tanous es un pediatra que vive en Haifa y es un estudioso de la salud pública. Actualmente es becario Fulbright Humphrey en la Escuela de Salud Pública Rollins de la Universidad Emory, Atlanta.

Referencias

 [1] El autor quiere agradecer a Muna Haddad por su mirada y contribución esencial.

[2] Ghassan Hage, “Waiting Out the Crisis: On Stuckedness and Governmentality” en Ghassan Hage, ed. Waiting (Melbourne University Press, 2009) p. 97.

[3] Toufic Haddad, “From Singapore to the Stone Age” en Mandy Turner, ed. From the River to the Sea: Palestine and Israel in the Shadow of Peace (Lanham, MD: Lexington Books, 2019).

[4] Miriam Ticktin, “A World Without Innocence” American Ethnologist 44/4 (2017).

[5] Eldad Erez, et al, “Surgical Treatment of Palestinian Patients with Congenital Heart Disease in a Medical Center in Israel: Challenges and Outcome” EClinicalMedicine 10 (2019), pp. 42-48.

[6] Miri Nehari, Bella Bielorai and Amos Toren, “Palestinian Children in the Hemato-Oncology Ward of an Israeli Hospital” Clinical Medicine: Oncology 2 (2008).