El juego de ajedrez regional de Irán expone la confusión estadounidense

Por Nadim Shehadi para Arab News

Negociadores iraníes se enfrentan a seis potencias mundiales en una mesa en el histórico sótano del hotel Palais Coburg en Viena, 24 de abril de 2015. [Reuters]

El día en que el Mayor General iraní Qassem Soleimani fue asesinado en Bagdad en enero pasado, era un comandante de campo del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) desplazándose por las fronteras entre el Líbano, Siria e Irak, territorios que para él eran el mismo teatro de operaciones. 

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De hecho, los que parecen ser Estados fallidos en la región pueden ser consideradas operaciones exitosas del CGRI. En Palestina, Líbano, Siria, Irak y Yemen, lo que parecen organizaciones no relacionadas operan bajo la misma bandera. Obtienen el control utilizando métodos similares, incluidos asesinatos, estancamientos, colapso económico, un estado constante de crisis y violencia alimentada ideológicamente.

Al ignorar las acciones del CGRI en las negociaciones de Irán, Teherán puede ceñirse a acuerdos como el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), que negoció con Occidente mientras tenía las manos libres para perseguir una agenda desestabilizadora a través de sus representantes. Con esto, hacía  que Oriente Medio parezca una región fallida.

Hamas, Hezbollah, Al Hashd Al Shaabi y los hutíes siguen el mismo patrón de colapsar el Estado y reemplazarlo con instituciones paralelas. Hezbollah está activo en El Líbano, Siria, Irak y Yemen, y se coordina estrechamente con Hamas en Palestina. Los instrumentos utilizados incluyen reprimir la disidencia a través de asesinatos selectivos y mantener al Estado como rehén mediante el estancamiento.

En El Líbano, los asesinatos comenzaron tomando la disensión interna dentro de la comunidad chií, apuntando a personas como Daoud Daoud, Mahmoud Faqih y Hassan Sbayti, quienes eran líderes del rival Movimiento Amal. Tres años de luchas internas entre los dos grupos terminaron con la hegemonía de Hezbollah en 1990. Luego vinieron los asesinatos del ex primer ministro Rafik Hariri en 2005, periodistas como Gebran Tueni, políticos como Pierre Gemayel y Walid Eido, personal del Ejército y de seguridad como Wissam Eid y Francois Hajj, y activistas de la sociedad civil como Samir Kassir.

Lo mismo sucede todavía en Irak, donde el 2020 fue el año de los asesinatos, con víctimas como Hisham Al Hashimi, Reham Yaqoub, Tahseen Ali y Ludia Remon. En Yemen, también el año pasado, el homicidio del Ministro de Gobierno Hassan Zaid —y el de los destacados disidentes Ahmed Sharaf Al Din, Abdul Karim Jadban, Mohammed Abdul Malik Al Mutawakel y Abdul Karim Al Khaiwani— siguió el mismo patrón.

El control se gana en un país tras otro contribuyendo al colapso de las instituciones estatales y reemplazándolas por otras alternativas unidas a través de sus vínculos con Irán. La caja de herramientas iraní también incluye ganar tiempo a través de negociaciones, crear estancamientos y demandas como la integración en las instituciones estatales, así como también formalizar la inclusión de milicias en el Ejército a través de titulares como una “estrategia de defensa común o integrada” con el pretexto de que los Ejércitos oficiales son ineficaces.

En Gaza, Hamas mantiene a la población como rehén, bajo asedio, y mantiene el estado de guerra y pobreza, mientras que cualquier indulto sólo puede obtenerse mediante las propias negociaciones de Hamas con Israel. A través de la corrupción y el clientelismo, las milicias penetran en las instituciones estatales y las arruinan, al tiempo que potencian sus propias alternativas y constituyen así un Estado paralelo que se alimenta del cadáver de su víctima.

Estos representantes también pueden desempeñar un papel doble: uno como parte integral de las sociedades en las que se insertan y el otro como contingentes del CGRI. Por ejemplo, en Yemen, los hutíes negocian como un actor político pero al mismo tiempo se comportan como una milicia irresponsable: intensifican la violencia y trabajan fuera de los límites del Acuerdo de Estocolmo. En El Líbano, Hezbollah es parte del Gobierno y el Parlamento y, junto con sus aliados, tiene un poder de veto que puede generar estancamientos políticos durante meses.

En Irak, si bien hay cuatro actores principales que forman parte del comité de Tansiqiya (coordinación), también hay una proliferación de organizaciones desconocidas que surgen con diferentes nombres. La fragmentación también hace que el orden paralelo de las milicias sea ‘antifrágil’ y difícil de precisar. Esto le da a Irán y al CGRI una negación plausible sobre su papel en los diversos conflictos en la región.

Si bien Irán ve a toda la región como un escenario de operaciones, la imagen desde Washington se ve diferente, con cada contexto visto por separado y con conflictos desconectados. La región también parece caótica, desesperada y llena de problemas irresolubles y sociedades disfuncionales. Un ejemplo es el verano de 2006, cuando los representantes iraníes crearon el caos y la guerra en Gaza, Líbano e Irak al mismo tiempo. La reacción en Washington ante tal impresión es un consenso bipartidista sobre la necesidad de salir de la región puesto que es imposible de manejar.

Mientras que Irán ve la región como un tablero de ajedrez, Estados Unidos (EEUU) la ve más como una mesa de póquer. En un juego de ajedrez, cada movimiento está vinculado a movimientos futuros y el juego tiene un objetivo final preciso. Las piezas de ajedrez también se pueden sacrificar para lograr ese objetivo: pérdida a corto plazo con el fin de obtener ganancias con el paso del tiempo. Aquí el enemigo es claramente Estados Unidos y el objetivo es expulsarlo de la región.

En el juego de póquer estadounidense, cada mano se considera independiente. No hay un objetivo general ni un enemigo constante o identificable. EEUU siente que puede ganar y perder algo, y retirarse del juego en cualquier momento. El póquer de Washington también es débil y fragmentado y, a causa de la política interna, parece estar jugando con sus cartas expuestas.

Un acuerdo como el JCPOA, por ejemplo, fue visto como un éxito por ambas partes, pero por diferentes razones. Para Irán, fue un sacrificio temporal que le dio vía libre para perseguir objetivos regionales más amplios (en contra de los intereses estadounidenses). Estados Unidos lo vio como una negociación exitosa, independientemente de su efecto de empoderar al CGRI en el juego más amplio. Fue un éxito en una región donde todas las demás iniciativas fracasaban.

Los movimientos para abordar un panorama más amplio, como agregar a la Guardia Revolucionaria o cualquiera de sus representantes a la lista de organizaciones terroristas o imponer sanciones adicionales, se enredan en la política partidista interna, donde las partes en EEUU apuntan a sumar victorias entre sí y están alejadas del contexto original.

La combinación de todos estos factores le da una gran victoria a Irán. El CGRI, a través de sus apoderados, puede hacer estallar toda la región mientras hace que las diversas crisis parezcan incidentes separados y no relacionados entre sí. Esto confunde a Estados Unidos: le hace pensar que la región es endémicamente disfuncional e imposible de arreglar. Al mismo tiempo, puede parecer que Irán está cumpliendo con acuerdos como el JCPOA y dar cierta apariencia de que es un actor estable y confiable.

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Nadim Shehadi es el director ejecutivo de la sede y el centro académico de LAU en Nueva York y miembro asociado de Chatham House en Londres.

N.d.T.: El artículo original fue publicado por Arab News el 27 de enero de 2021.